La columna de Ramón
Carta a José López Rodríguez (I)
Si un hombre con tanto dinero se mata en Cuba, qué le depararía el destino a uno que tiene el lavamanos tupido y una nevera sin siquiera cucarachitas alemanas.
Suicidario, gallegancio y potajero José López Rodríguez, Pote:
Pocas personas en este mundo son alérgicas a las vacas. Si descontamos unos cuantos millones de hindúes, ciertos vegetarianos empedernidos, al capitán Nemo y a algunos miembros del antiguo Directorio Revolucionario 13 de marzo, a los demás terrestres la onda vacuna nos cae de maravillas. Sin embargo, usted murió de ellas.
Claro que no eran cuadrúpedos mugidores, pastoriles, con tarros y la piel alejada del taburete, sino aquellas Vacas Flacas metafóricas, que fue cómo se conoció la crisis económica de los años veinte, cuando bajó el precio del azúcar cubano en el mercado mundial y comenzó a salarse nuestra vida. Se podría inferir que usted falleció por propia mano a causa de la diabetes, pero no soy entendido en glucosas, y no entiendo cuándo se tiene el azúcar baja o alta. No he pasado de la guarachita de Rolando Laserie Tiene la azúcar abajo.
Seguramente hubo cientos de cubanos que ñampiaron en aquel desastre. Unos de estupor, otros de lenta inanición, y hasta a quienes ayudó amablemente el gobierno de Gerardo Machado a ver a Caronte cara a cara. Pero en su caso fue relevante por causas varias, comenzando porque en su caso particular y peculiar, era dueño, o lo había sido, de una extensa fortuna, amasada —no sé por qué siempre se dice "amasada", como si los millonarios vivieran en la bóveda de un banco tocando billetes las 24 horas— con esfuerzo y picardía asturiana, porque ahora mismo no está muy claro si había llegado usted de la fría y suspicaz Galicia o de la verde y mineral Asturias, paaaatriaaa queriiidaaa.
En efecto, era usted un hombre rico, muy rico. Y cuando afirmo esto no quiero que nadie confunda rico por sabroso, aunque parece ser que usted tenía un modo de ver la vida más sabroso que rico, una manera de hacer de lo difícil una absoluta gozancia, y eso lo llevó a la fortuna, y al verbo amasar. Lo que muchos ven ahora como un defecto o una falla de su moral —hacer dinero— lo entiendo yo como una virtud. Pudo haber sido un agresor sexual, un militante comunista o un asesino en serie, pero no; se puso para las cosas con ese hobby de juntar billete sobre billete, y había que ver cómo se esmeró para legarnos edificios y entidades que ni el tiempo ni la precisión destructiva del actual gobierno han podido derribar.
Todo comenzó por lo que en la Madre Patria se denomina "braguetazo", y que Antonio Machado versificó espléndidamente de esta guisa: "que fue casarse con una/ doncella de gran fortuna". Las malas lenguas —que para eso son malas lenguas— le fustigaron por ese detalle nimio, que no era más que un peldaño en su superación personal, y que es también para mí el verdadero amor puro.
Si uno arma la vida con una muchacha, por muy bonita que sea, con tantos problemas económicos que hasta podría asegurarse que es pobre, cuando pasan los dos o tres meses de pasión y ella empieza a no lavarse el pelo por falta de champú, o a quejarse de lo cara que está la vida, y a jugar a ese juego macabro que es la frialdad en los calderos, todo se va a bolina, que es como se dice en rumano irse a la mierda.
En cambio, una muchacha con medios económicos y tiempo para la peluquería, con propiedades y responsabilidades, que le arrime a uno esa generosa ternura monetaria, ya es garantía de largos y fructíferos años de pasión renovada. Cada vez que firma un cheque, nuestro corazón se inflama y la testosterona se pega al techo.
Si eso no es amor, que mueran los románticos (es curioso que todos los que proclaman ser románticos tienen en común síntomas como desnutrición, alcoholismo, drogadicción, tuberculosis, piorrea, falta de higiene, intemperismo, vagabundeo, esquizofrenia, nocturnidad, alevosía, chancros, sarcomas, atrofia genital, bronconeumonía, delirios de grandeza, desamparo textil y calcificaciones cervicales), esos seres inflamados y extraños que suelen no rebasar la pubertad.
Y para que no le acusaran de interesado, casóse usted con dama tendiente a lo cultural. Una viuda propietaria de La Moderna Poesía, empresa fundada en 1890, y de nombre Ana Luisa Serrano. Así que, para aplacar malos pensamientos, comenzó usted a levantar presión a través de la poética, y mejor si era moderna. Como a la viuda le faltaban ciertas cosas, nocturnas y diurnas, le tocó ponerle iniciativa a la serranía.
Casualmente era usted amigo de José Miguel Gómez, que llegó a presidente de la República, y con él consiguió una deferencia que le aceitaría las alas económicas: el contrato exclusivo para imprimir los billetes de la Lotería Nacional. Ahí empezaron nuevamente los envidiosos con su maledicencia, olvidando que nada hay más grande que la amistad. Estoy seguro que usted le ponía arte e imaginación a los impresos, y que le quedaban como a nadie.
Dos factores jugaban a su favor: usted había ayudado a la causa de la independencia cubana, y en esa época cualquiera podía llegar a presidente. Hoy las cosas se han puesto muy complicadas en ese aspecto. En Cuba nos hemos vuelto muy rigurosos para elegir al primer magistrado, ese ser que rige nuestros destinos. Y el que está hace la burdajada de años, no suelta prenda, y siempre saca a colación que para él es un sacrificio personal, y marea a la gente con lo de su entrega a la causa, sus desvelos, etc. Es la primera vez en la historia de la medicina que los desvelos de una persona tienen a todo un pueblo insomne.
Pero en aquellos primeros y arrebatadores años de fundación, los generales y los doctores hacían cola para sentarse en el sillón presidencial, y la política era verdaderamente cómica. Luego se puso dramática. A nadie se le había ocurrido desembarcar con el discurso del mesianismo, a pesar de que no hay ser como el cubano para que le explique a los demás cómo haría él las cosas si pudiera. Luego, en pudiendo, le entra como un pudor y una anemia cerebral que hace todo lo contrario. Pero, oralmente, es inimitable.
Sin embargo, llegó uno —casualmente, el mismo que está a la cabeza desde hace casi cincuenta años— y dijo que venía a redimir, o eso entendieron nuestros padres y abuelos. Antes de él la gente votaba al que le parecía la opción menos peor, sospechando que detrás del dril cien se escondía un sinvergüenza, así que no había, en el fondo, tanto misterio, y mucho menos sorpresas. Se le soportaba cuatro años, porque se sabía que iba a quedarse cesante. Era divertido y hasta renovador. Nada comparable a levantarse durante cuatro décadas y ver que quien habla es el mismo de cuando uno empezó a afeitarse y a fumar escondido.
Con aquel favor que le hiciera su amigo presidente —los roñosos le llaman a eso prebenda— fue capeando temporales y dando vía libre a su iniciativa, que era privada, literal y textualmente, sin que nadie lo privara de ella. Así fue vicepresidente, director del Banco Nacional de Cuba, propietario de los centrales matanceros Reglita y España, presidente de la Compañía Nacional de Azúcares de Cuba, y dueño de empresas varias como la que construía el reparto Miramar, la fábrica de cemento El Almendares —que era cemento verdadero a pesar de su nombre, que inclina a los detritus— y la Compañía de Seguros de Cuba, institución que desapareció cuando más la necesitábamos, pues ahora es cuando menos seguro está un nativo en la isla natal.
Ya en 1912 había comprado hasta los intereses de la casa Morgan en Cuba, y era el primer accionista del Banco Nacional, fundado en 1901. Mire lo que da la inteligencia y la contención. Si se hubiera puesto a imprimir banderitas, a cruzar vacas de distinto calibre o a aventurarse por un continente oscuro y lejano a cambiar cenizas por diamantes, le hubiera quedado una triste calderilla de los 190 millones que tenía en depósito para sus inversiones en ese negocio.
Le faltaban nueve años para la soga y el fantasma de las escuálidas vacas que le matarían el 17 de marzo de 1921. Cuando descubrí que se había ahorcado pensando que estaba en la ruina cuando le quedaban doce millones, sentí un estremecimiento y el síndrome del avión en todo mi cuerpo. Fue el detonante que me hizo abandonar mi condición isleña. Si un hombre con tanto dinero se mata en Cuba, qué le depararía el destino a uno que tiene el lavamanos tupido y una nevera de la que emigraron hasta las cucarachitas alemanas.
Postergo ahora mi monólogo, invitándole a que no se me cuelgue hasta la segunda cartuja, donde hablaremos en caliente delante de un humeante plato de potaje, un pote de granos cocidos, ese manjar que le diera apodo, renombre y calorías.
Queda suspendido y en tendedera,
Ramón
© cubaencuentro
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