La columna de Ramón
Carta a Manuel Fernández Supervielle
Si usted promete agua a una ciudad, no se le ocurra construir un acueducto: ponga a disposición de la plebe un centenar de pipas.
He visto ayer una exposición de grabados de Rembrandt. Pequeños, certeros, minuciosos, con un manejo magistral de luces y sombras, y una economía de recursos impresionante. Mi cerebro putrefacto se disparó. Me he preguntado cómo pudo este holandés de gorda nariz dejarnos esas imágenes deslumbrantes, trabajando a la luz de una vela, sin imaginar siquiera que podía pintar mejor con un grupo electrógeno. A pesar de todo, a golpe de punta seca, tuve ante mis picarones ojos una galería de rostros inolvidables. Le supo sacar a cada cual los destellos secretos del alma.
Un grabado se me quedó grabado: El cerdo. Un magnífico ejemplar de cerdo muerto, crudo aún, tendido sobre la tierra. Lo realizó en 1643. Un puerco cazado tal vez para un casorio. ¡Qué expresión! ¡Qué delicadas maneras de parecer vivo, en reposo, con las patas traseras todavía atadas!
Era la misma expresión de satisfecha laxitud que he vuelto a ver en el canciller Pérez Roque —el Rocoso— hace unos días. Idénticas circunstancias, salvando el detalle de que el ejemplar grabado por Rembrandt vivió —si a eso se le llama vivir— hace tres siglos; y de que toda aquella carne apetitosa reposaba sobre suelo holandés: ancas atadas, mondonguito inane. Patica y mondonguito. Y unos ojos sin luz, como de encefalograma plano.
Y luego dicen que el arte nada tiene que ver con la política. El puerco de Pérez Roque, perdón, de Rembrandt, reflejaba ya, en 1643, una actitud postmoderna, una expresividad de siglo XXI, una explicitud casi ideológica que me hizo pensar en la vocación política, o la disposición de esos seres que quieren dedicarse a la política como modus vivendis. La vocación política de aquel cerdo me hizo la voca agua. Dos cerdos. Ambos fabricados sobre una herida placa de metal. Uno eterno, que acabo de ver, y el otro, solamente perdurable por la satisfecha expresión que da el poder. El poder de la palabra ajena. La política, bah, la política. La bien pagá.
¿Y usted se preguntará qué demonios tiene todo esto que ver con su nombre y su vida? Más allá de alguna que otra reflexión mía, envenenada y personal, sobre la política, y de que posiblemente ingirió algunas toneladas de cerdos felices, nada. ¿O sí? No sé si a esta altura fue usted un político, un místico al servicio de algo o un servidor público —esa especie extinguida— lisa y llanamente.
La mente humana es extraña. Es inexplicable. Intrincable y humana. Hace unas asociaciones clandestinas que ningún poder puede prohibir y ninguna policía perseguir. He ahí la enigmática fórmula que me llevó a recordarle: un cerdo, otro cerdo ligeramente humano, el arte de la política y una ciudad. Ya está: usted fue alcalde de La Habana, que ha logrado tener el aroma inexpugnable de la peste porcina, mire por dónde iba yo.
Lo pongo aquí alto y claro: usted ejerció como alcalde capitalino —¿alcalino?— del 10 de septiembre de 1946 al 4 de mayo de 1947. Se pegó un tiro en el corazón por falta de agua, es decir, por no cumplir su promesa de abastecer de agua a la ciudad. Lo acosaban, lo hostilizaban, lo perseguían, se mofaban, lo presionaban. Y ya se sabe cómo era el cubano de la época ejerciendo uno de los más elementales derechos de la libertad de expresión: la burlita.
Claro que toda la culpa la tuvo usted, por hacer tamaña promesa. Todo por falta de cálculo, por brindar quizá un imposible. Las quimeras se pagan caro. La Habana sigue sin agua y usted se ha perdido hasta las películas de Sara Montiel que continúan poniendo como estrenos.
Construir un nuevo acueducto fue la base de su campaña electoral. La Habana crecía de manera natural, sin invasiones bárbaras, y proliferaban los carritos de granizado, así que el problema del agua era una necesidad auténticamente acuática. Casi podría decirse que el problema del agua era un problema.
El cubano, derrochador por naturaleza, osaba bañarse hasta dos veces diarias, y todos los 31 de diciembre lanzaba cubos a la calle. Ninguno de sus predecesores tuvo la brillante idea de represar el líquido elemento en esos útiles baches que ahora han instalado en cada esquina. Hizo mal los cálculos del presupuesto con que contaba su Ayuntamiento. Cometió otro error: pensó que el presidente Grau era su yunta.
Error tras error, lo llevaron al Flynn. Un Error Flynn, por aventurarse a realizar lo que nadie hizo en cuarenta años de alegría republicana. Y eso que se le daban bien los números a pesar de su demostrada honestidad. Para eso había sido ministro de Hacienda y realizado una profunda, seria y científica reforma tributaria. Una reforma tributaria es organizar bien los atributos para que se tributen bien, y no se derrochen en gastos de tribuna. He ahí el meollo que lleva al arroz con pollo. Si uno administra bien, por mucho que roben los demás, siempre quedan doblones en las arcas.
Le perdió su honestidad política. Era usted un hombre hecho a sí mismo, pajita a pajita, vértebra a vértebra, neurona a neurona. Se pagó los estudios trabajando en un comercio, sin que hubiera faltantes a su paso, y luego entró en el circo de eso que suelen llamar la política, que es la parte cómica de los hombres públicos, o tal vez la sección impúdica de algunos cómicos. Erró también en los inicios. Su voluntad de servir no ligaba con los imprescindibles tejemanejes, ocultaciones y tabarras hipnóticas que ha de tener cualquier político en su arsenal.
No de balde la política es, en el fondo, el arte de pactar a tiempo con cualquiera y dondequiera, sin enseñar los calzoncillos, sin que se vean parches o hilvanes; sin que la lupa pública hurgue la zona raída del traje. Es decir algo en que no cree, de manera que los demás se lo crean y le crean. Así crea algo: la confusión.
Un reciente estudio pedagógico ha demostrado que los niños que demuestran ser más listos a la hora de la merienda, que tienen un avanzado dominio del lenguaje, apetito desmesurado y control facial, son candidatos a líderes. Y cuando se es un líder, se quiere demostrar su habilidad con los intereses públicos, bien disfrazados de ideales o aspiraciones de la masa.
De un centenar de niños estudiados, novecientos setenta y ocho se dejaban mangar la merienda con promesas, o la compartían creyendo que era un deber moral. Cuatro eran soñadores e inapetentes, candidatos a la poesía y la prisión, y el resto poseía el suficiente talento para ser genuinos hijos de puta bajo una máscara impenetrable de nobleza.
Pero su época no estaba hecha para su persona. La integridad se pierde. Navegó entre dos grandes corrientes, que no eran precisamente de agua. La conservadora y la liberal —magníficamente analizada en el filme Liberal a Willy, la historia de un pro yanqui—. Los liberales son conservadores que quieren que no ganen los conservadores. Y entre estos hay dos grupos: conservadores y conversadores
Los conversadores casi siempre terminan prometiendo liberal a la nación de algún mal que ellos mismos se encargarán de ampliar si agarran la batuta. Aparentar preocupación por los demás y padecer de una labia imparable, termina en prócer, o en dictador si se dura mucho. Se asume la historia como creación personal y se raciona la alegría. Ya lo pintó Francisco Goya en aquella serie titulada: El sueño de la ración pare monstruos.
Usted no era, realmente, un ejemplar de esa especie. Sospecho que lo mandaron al cadalso político. No lo defenestraron, pero le abrieron la ventana y le pulieron el piso. Y tuvo sentidas carencias en sus recursos oratorios, además de demostrar un profundo desconocimiento del cubano en sí y del habanero en no. Tampoco tuvo a mano el irrebatible pretexto del criminal bloqueo norteamericano, ni del terrorismo internacional que boicoteaba sus proyectos de enjuagar La Habana. No pudo denunciar a potencias extranjeras, ni a solapados traidores ideológicos. Ya ve, no le dio agua ni al dominó.
Si usted promete agua a una ciudad, no se le ocurra jamás construir un acueducto: meta preso al director del que ya se usaba, y ponga a disposición de la plebe un centenar de pipas de agua o burros con latones. Garantice alguna para el cuerpo de bomberos, y si la derrochan, que apaguen el fuego soplando.
El golpe maestro sería utilizar la mitad de las pipas para repartir cerveza a granel, con lo que todo el mundo estará contento, no importa que haya un genio que mezcle en idénticas proporciones los dos líquidos. Eso ya no está en sus manos. Y si en verdad puede construirlo, con donaciones extranjeras, publicite el hecho a biombo y platino. Diga que es la obra más grande jamás emprendida, aunque luego solamente salga un chorrito para que los vecinos de Arroyo Apolo puedan afeitarse por turnos. Eso es política a lo grande, y lo demás es suicidio.
Pienso de nuevo en aquel grabado de Rembrandt, el plácido cerdo muerto un domingo, y la expresión ecográfica o de gráfico eco, que tiene Pérez Roque en las tribunas cuando tributa. El segundo cerdo solamente repite las ideas del lobo, y se queda tan marrano, sin pensar en suicidarse. Por supuesto que no promete agua, sino ese líquido impalpable que llaman ahora dignidad y socialismo, aceite y vinagre en el frasco de la ensalada. Esos discursos inflamados y erráticos nos dejan como grabados del genial holandés: con la punta seca.
Muy apolítico y diversionado,
Ramón
© cubaencuentro
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