La Columna de Ramón

Carta a Pedro Antonio Santacilia Palacio

Aunque Santacilia y Lafargue fueron pioneros, la exportación de yernos en Cuba no alcanzaría su esplendor hasta bien entrado el siglo XX.

Casi cuate y yernísimo vate Pedro Antonio Santacilia Palacio, Don Santa:

Qué vida tan activa y mexicana tuvo usted. Qué maravilla. No llego a imaginar la profunda satisfacción que sentiría, al ser de los poquísimos cubanos que recibía cartas de Don Benito Juárez, el Benemérito. Que fuera su yerno, no ensombrece el detalle, porque de todos modos tener comunicación con un benemérito es algo extraordinario: sentarse a su mesa, ser su secretario particular, dormir con una de sus hijas. Esto último debió darle una como secreta satisfacción. Pocas veces podemos darle a un prócer donde más le duele en su decencia, y goza más su descendencia.

Cuba ha sido, es y será, no solamente un bastión inexpugnable —de afuera hacia adentro y viceversa; es inexpugnable incluso de adentro para adentro—, sino una exportadora de yernos, renglón económico poco estudiado y nada difundido. Cierto es que durante el siglo XIX no se explotó ese filón al máximo, tal vez porque nuestros morenos estaban en una especie de limbo legal que algunos llaman esclavitud; aunque hubo sus experimentos satisfactorios.

Ahí están, para demostrarlo, dos santiagueros de sangres volatineras: usted en el plano americano, y Pablo Lafargue en el alemán, que logró ubicarse de yerno del mismísimo Carlos Marx, a pesar de su caótico capital. Si comparamos, a ojo de buen cubero, Pablo tuvo un poco más de suerte, teniendo mujer teutona y marxista.

La exportación de yernos, sin embargo, no alcanzaría su esplendor hasta bien entrado el siglo XX. Cuando entró a La Habana un hombre empeñado en darnos la felicidad al coste que fuese, los machos varones salieron disparados a enyernarse en cualquier familia, decididos a ser infelices por sí mismos, sin ayuda ajena. Y los parámetros para ser yerno exportable bajaron.

Se pide poco. Muy poco. Basta con que la dama aparente serlo, demuestre ser lo suficientemente extranjera como para garantizar otra futura nacionalidad que se contagie y posea un nombre satisfactoriamente femenino, aunque no sea el real. Ni siquiera se miran mucho sus carnes, sino la carne en sí, la carne que sea, sin pescado concebida. Porque la profesión va de capa caída. Si antes importaba el nombre del suegro, ahora basta con salir de los muros patrios a labrarse la infelicidad leyendo el Granma en lontananza.

Pero nos alejémonos de usted, con esa vida tan movida, subversiva y poética, que comenzara en Santiago de Cuba un 26 de junio de 1826 —siempre me he preguntado por qué hay idiotas que dicen eso de "nacido un", como si hubiera existido otro día igual—. Diez años más tarde, junto a su señor padre que había sido expulsado por Tacón, inauguró su carrera itinerante. Otros tacones le perseguirían y expulsarían en lo adelante, aunque todavía, a esa tierna edad, no tenía muy claro lo de ser yerno de nadie.

Es posible que el taconazo en la infancia le impulsara a volver en 1845 para dedicarse al magisterio. Entonces se podía regresar por decisión propia, y dedicarse uno, también por gandinga personal, al oficio, faena o tarea que le impeliese el albedrío. El albedrío fue algo muy bonito y pernicioso que extirparon más tarde, pues siempre tiraba para lo libre.

Que alguien declarase que daba rienda suelta a su libre albedrío era algo intolerable, digno de tolete. No de balde, uno de los puntos vitales para que fuéramos felices fue represarlo todo, empezando por el agua. Con tanta presa en derredor, no hay libre albedrío. Si el albedrío se estanca, se pudre y se gangrena.

En territorio nacional se puso a fundar cosas y colaborar con periódicos y revistas —ya lo dije, ese fatal libre albedrío, cará— como la publicación Ensayos literarios —al que le sirva el ensayo, que se lo ponga—. Su pluma retozona colaboraba con El Redactor, Semanario Cubano, El Colibrí, El Artista, El Almendares —que era una publicación contaminada, tal vez financiada por la CIA—, El Orden, La Semana Literaria y otra cosa cuyo título me sugiere que tenía que ver con la economía cubana: La Piragua.

Y claro, tanto pensar por sí mismo, tanto exponer sus puntos de vista, tenían que terminar mal, conspirando con Narciso López, que le valió cárcel y deportación, esta vez ya en su nombre, expulsado de suelo patrio, lanzado a ese inmoral mundo extranjero y capitalista.

El destierro le produjo un gran dolor, un dolor inexplicable, un dolor acerbo. Nunca he estudiado medicina, pero presiento que un "dolor acerbo" debe ser de los dolores grandes y graves. Usted mismo lo escribió en unos versos que también pudo garrapatear José Tejedor, cuando dijo: "No más, Cuba hermosa, veré tus montañas,/ tus límpidas aguas, tu fúlgido sol...".

Y luego comienza a quejarse de lo que le esperaba, que usted no veía como placer o turismo, sino como una desgracia: "que pronto vagando por tierras extrañas/ ni habrá quien escuche mi lúgubre ¡adiós!". Ahí fue que me enteré que, además de dolores de muela, oído, estomacales y cerebrales, existían otros, cuando plasmó: "Por eso abatida mi frente altanera/ la nube oscurece de acerbo dolor".

Durante algún tiempo esos versos me produjeron cierta confusión. Yo me fui de lo que suelen llamar territorio nacional precisamente para estar abatido. A batido en la mañana —de mamey o mango—, a batido al mediodía —¿guanábana?— y cerrar la jordania con otro de trigo, eran mi sublime aspiración gastronómica. Pero, ver para creer, en su caso fue a abatirse por los rincones, quejándose de lo que yo creo una gran suerte.

Ese poema, titulado certeramente Adiós, no se queda ahí, sino que se hincha hacia el final cuando menciona su "voz postrimera", que es otro tipo de voz, entre nasal y ronca, y le echa la culpa al destino ("quiere el destino que lejos sucumba/ del suelo adorado que vida me dio") y de su final vegetal.

A mi modo de entender los tropos, elige usted un cierre como de boniato, por esa alusión a que el suelo de la Isla le dio vida. Solamente le faltó indicarnos el surco en que lo plantaron y el tipo de tierra utilizado, con su PH, su granulación y la temporada en que lo hicieron.

Mas, he ahí el detalle más relevante, la causa de su dolor acerbo: "Mi triste familia que gime angustiada/ al cielo elevando ferviente oración". La familia que queda atrapada en ese islamismo nacional hace siempre la misma gracia: gime angustiada. Y no vea cómo piden auxilios electrónicos y ayudas económicas, mientras anda el desterrado batiéndose con los batidos. Como si ingerir un triturado de mamey con lácteo fuese símbolo de riquezas.

Años más tarde, tras una espectacular fuga de Gibraltar, llegó a Norteamérica. Ya había rodado lo que consideró suficiente por Sevilla, Córdova, y Granada. De manera que le dio por completar el mapa, y apareció por Baltimore, Nueva Orleáns y Nueva York, no al unísono, por supuesto, sino con la tina de Paula, que es como se le llama al paso del tiempo en los espacios.

Y en uno de esos espacios, precisamente junto al Mississippi, conoció a quien iba a darle contrato de yerno: el Benemérito Juárez. He de hacer aquí una precisión lingüística. El apellido Juárez es el mismo apellido Suárez, pero soplando con la nariz, expeliendo el aire como un colombiano eufórico, o como un fañoso que se esmera en la pronunciación.

No dudo de la atractiva personalidad del Benemérito. Era un hombre recio, hecho a sí mismo, decidido a traspasar limitaciones de raza o tamaño, y con un sueño en la mira —o una mira en el sueño— que en la mayoría de los casos se convierte en obstinación u obsesión peligrosa: construir un nuevo México.

Teniendo en cuenta que ya Nuevo México había sido construido y anexado por USA, no entiendo mucho ese propósito de Don Benito. Eso puede explicar su admiración y la creciente amistad que les fue uniendo. Lo que sí nadie ha podido hacerme potable es que se casara más tarde con la mayor de sus hijas. Empezando porque nunca me enteré cuán mayor era.

Si uno analiza con seriedad y optometría el estalaje del Benemérito, y traslada luego esa posible herencia genética a sus vástagos y vástagas, no hay mucho para entusiasmar, abrir apetitos sensuales o alebrestar las glándulas del ñakañaka.

Tal vez Manuela, su esposa juarezca, era una excepción, o estaba en ese minuto deslumbrante que suelen tener ciertas damas antes de desbarrancarse hacia la denominación de gargajo. No lo sé. Pero en mirando el modelo sobre el que fuera construida, me daba dos opciones: o usted le metía al mezcal en la misma costura, o padecía una de esas secretas deformaciones freudianas que le hacía complacerse abrazando a Toro Sentado en las noches.

No lo juzgo. Era simple curiosidad insana. A fin de cuentas usted era un poeta que jamás regresaría a aquel terruño cuya ausencia le causaba metafóricos y metafísicos acervos dolores. Tal vez vio el filón de nacionalizarse en otro territorio e idiosincrasia, y ya se sabe que la legalidad es importantísima.

Quizá le ganó el rastrero interés de que su señor suegro viajaba. Porque, he de exponerlo, Don Benito Juárez, lo que se dice viajar viajar en el término cubano, no viajó, pero el kilometraje acumulado encima de un carromato, fue enorme. Es posible que en aquella época usted considerara que trashumar por territorio nacional era lo que ahora cualquier criollo llama, alegre y agradecido, un fasten. Aunque la pacotilla coleccionada sea de facturación nacional.

Allá quedóse, en México. Allí pudo tirarle salvadores cabos a Juan Clemente Zenea y más tarde a nuestro Martí, que andaba ya despejándose la frente para morirse de cara al sol. Y cuando su suegro alcanzó la presidencia, ejerció, más que de yerno, de secretario personal. Y fue hasta diputado en siete ocasiones. En esa nación dejó usted su impronta. Aunque, ya sabe, deformaciones mentales mías, hubiera sido preferible una imprenta.

Más siciliano que santo,

Ramón que sigue esperanto.

© cubaencuentro

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