LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta al manjuarí

Tienes esa higiénica expresión de no pensar en nada, que te asemeja a ratos al ministro de Relaciones Exteriores.

Antediluvioso, prehistérico y ejemplar manjuarí:

Digo ejemplar como podría decir vanguardia, o patriota. Eso, un modelo de comportamiento. Si alguien pudiera ser premiado, diplomado, reconocido como patriota, y de paso también como puro y autóctono, ese eres tú: el único cubano que jamás se ha ido en millones de años. El único ser vivo sin familiares en el extranjero. El único organismo que ha funcionado por los siglos de los siglos sin ayuda del exterior, echando mano a lo que le rodea, sin malas influencias, ni nocivas referencias. Amén.

Lo entiendo y no. Lo entiendo poco, como me voy desentendiendo de discursos cada vez más rabiosos y repetitivos, teques soberbios y argumentos soserbios. Por un lado, comprendo con respeto que te has ganado el derecho de admisión, la atención científica y popular por tu afán de permanencia entre nosotros, único testigo del parnaso taíno —viste a Hatuey crujiente y adobado—; y aplaudo el empeño que has puesto contra el tiempo implacable, con tu diseño pasado de moda para burlarte de la extinción y agarrar el diploma de antediluviano, que nos honra. Ni el socialismo ha logrado desaparecerte, y eso que te han tirado con ganas.

Pero miremos por debajo del agua y razonemos nadando plácidamente. ¿Pez o reptil? ¿Saurio o anfibio? ¿Cine o sardina? Dicen que tu carne es sabrosa, y tal vez haya un indio, allá en el caney celestial, a quien se le haga la boca agua pensando en la vez que merendó contigo. Pero tus huevos son venenosos. Alguien con veneno en los huevos no es de fiar.

Y si hago una lista de utilidades, descalificas: No nadas nada. No tienes colores atractivos como para que cada cubano te tenga en una pecera. No tienes líneas voluptuosas. No desprendes esa fragancia que traen a la orilla pargos, chernas y doradas. No cantas. No comes fruta. No imagino que algún empresario cuentapropista decida enlatarte en trozos aceitosos. No tienes depredadores. No cambias las escamas en primavera. No te bañas en el malecón. No tienes virtudes afrodisíacas. No se te puede utilizar para collares y abalorios. Eres como un esturión, pero más bruto y menos romano. No muges, no ruges, no chillas, no bramas, no berreas. Y no se te ve nunca.

¡No se te ve nunca! He ahí la razón de tu trascendencia, de tu invicta presencia, de tu supervivencia en el agujero del tiempo, que derrota ampliamente a los integrantes del Buenavista Social Club. Estás, pero no andas por ahí diciéndolo, proclamando tu victoria contra etapas geológicas, la aplastante derrota que ha dado al imperialismo tu coraza.

Andas en las profundidades de lagunas y riachuelos, allí donde no llegan las orientaciones de la ANAP, poniendo cara de bobo sumergible, pero jamás se te ha visto en actos patrióticos ni conferencias científicas. Te conformas con que digan por ahí que eres un fósil viviente, evadiendo distinciones y condecoraciones, o que pueda recibirte en privado —alto honor que muchos descerebrados reclaman— el otro fósil que nos queda.

Tiene que haber algo más que tu empeño en no dejarte abatir, en traspasar los siglos. Debe existir un método, un sistema que te hizo evadir el empanizado con yuca en los areítos y asimismo pasar elástico y prehistórico, incólume, por las abismales aguas del período especial. Algo que te haya alejado de los programas alimentarios, y de los brillantes planes que surgen en ese otro pozo insondable y oscuro que es el cerebro del dinosaurio que dice encabezar a la patria. Un sistema lógico, un truco no estudiado, una capacidad para la cabronada que te ha mantenido fuera de cruces genéticos, empresas de piscicultura o renglones exportables.

Qué puñetero eres, querido e invencible manjuarí, alias atractosteus tristoechus. Qué complicadito y vivo me has resultado. Qué brillante y tozudo me has salido, que incluso saboteándole los criaderos de truchas y tilapias al Brontosaurio Mayor, a nadie se le ha ocurrido lanzar campañas contra ti, ni movilizar a cientos de miles de cubanos a fumigar lagunas y rellenarlas con abate, ese arsénico lupin de dudosa modernidad, improbada efectividad y pésima moralidad.

Debes ser sabio. Aunque si se le mira con acuático interés filosófico, resultas muy dañino para la creación del hombre nuevo, y para la estampa revolucionaria del cubano de a pie —en los últimos 40 años casi todos los cubanos verdaderos son cubanos de a pie, los motorizados se empeñan en extinguirlos—. Mirándolo desde el más plausible, frío y sereno raciocinio, la clave de tu sistema vivencial es la quietud: permanecer sin pertenecer. Eres suavemente insistente, y abnegada e irrenunciablemente, de agua dulce.

Eso da qué pensar. Si eres un habitante del interior, donde nada cambia o lo hace con lentitud armoniosa, tienes más posibilidades de difuminarte de cualquier batalla, incluyendo la de ideas. Tu morfología es otro acierto: entre caimán con dolores de ovarios y bate de béisbol, nadie sabe en qué familia ubicarte, y así nadie puede dividir tu familia, con lo desgarrador que resulta. Tienes esa higiénica expresión de no pensar en nada, que te asemeja a ratos al ministro de Relaciones Exteriores, pero sin afán de señalarte, y ha sido efectivo, mira tú.

No existe ni un mal chiste contigo, de esos que comienzan diciendo: "¿qué le dijo un manjuarí a otro? ¡No te muevas, que mañana se acaba el pleistoceno!". Ninguna frágil ama de casa ha estremecido los cimientos de la ciudad al grito eufórico de "Llegó el manjuarí para los números bajitos". A eso ha contribuido no poco el socialismo: como se perdieron hachas, sierras, serruchos, llaves inglesas, taladros y demás instrumental cercenador, salvaste tu pellejo. Te la jugaste con la consistencia de la jicotea, pero sin exponerte a la guanajada de salir a coger sol.

Tu arribo al segundo milenio, en esa isla experimental y siquiátrica, tiene además, mucho de azar. Tu inutilidad en todo sentido te ha salvado de ser ejemplo para la construcción del hombre nuevo. ¿Queremos que el hombre nuevo esté ahí en el fondo de un charco, casi sin moverse, con el único fin de durar? No. El hombre nuevo tiene que buscar una salida, aunque sea a Bolivia, y de ahí a las pancartas y pulóveres.

Lo que me asusta es que el Saurio mayor comience a fijarse en ti y de pronto coja majomía con tu ejemplo, y te desmenucen concienzudamente para ver cuál es la flor de tu secreto. O que te claven en el escudo nacional, debajo de la palma real, con lo cual vivirías eternamente, pero sólo en los cuños del Estado. O lo más diabólico: que seas el sustrato ideológico del sistema esquizoide de la Isla. En definitiva, nunca evolucionaste pero sigues vivo.

Yo me pregunto. Y como me pregunto yo mismo, me respondo si me da la gana. Pero me pregunto: ¿qué hemos hecho para merecer ese destino biológico donde lo que más ha durado es un guajacón con escamas férreas? Ser el precursor de anfibios y batracios y pasarse 135 millones de años sin cambiar siquiera el peinado o la manera de sonreír me da mala espina. Tú saltaste el Paleozoico y yo el Período Especial, donde había menos caza.

También me pregunto, y tengo derecho a preguntarme, por qué mi pueblo es un pueblo alegre y sonriente. ¿De qué nos ufanamos? Ah, sí, es que somos un muestrario. En la Isla vive el pájaro más pequeño del mundo: el zunzuncito o pájaro mosca; también el anfibio más pequeño: la rana pigmeo o sapito, y el murciélago más diminuto: el murciélago mariposa. Y de ñapa, también baila y goza en tierra cubana la jutía enana, la de menor tamaño de su especie.

Entonces me respondo la sospecha, porque también sospecho. Tal vez no existan muchos manjuaríes o manjuarises, o manchuarís, como decían los pobres indios, sino uno solo, que la prensa y el Saurio Mayor multiplican, haciendo el milagro. Quizá ese solito ejemplar ande cautivo, victimizado por no evolucionar, u objeto de estudios, ahora que el Prehistórico Verde quiere llegar a los 120 años. No sé, tal vez sea así, y a lo mejor logre vivir tanto, si acepta sumergirse en la Laguna del Tesoro y decida no continuar jorobando.

Pero me queda una duda profunda como un cenagal: se dice que la esperanza de vida en el país se ha logrado estirar hasta los 79 años. No sé para qué. Es posible que la gente espere llegar a verte adornando fuentes y riachuelos. Acaso todo sea más sencillamente macabro: les ha dado por esperar que el murciélago mariposa, la rana pigmeo y el zunzuncito crezcan algún día.

Paleozoico y pleistocénico,
Ramón

© cubaencuentro

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