CON OJOS DE LECTOR
Elogio y vindicación del chisme
Donde se hace un elogio de una de las costumbres humanas más placenteras, necesarias, terapéuticas y baratas.
"El chisme es como una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, mejor que no te metas con ella". (Georg Bernard Shaw)
En 1987, el español Eduardo Mendicutti se dio a conocer con Siete contra Georgia, una divertidísima novela que es además un verdadero ejercicio de estilo. En la misma, siete mariquitas se han reunido para grabar cada una un casete que tendrá como destinatario el jefe de la policía del estado norteamericano de Georgia. La razón que las ha movido a ello es que se han enterado que allí se considera que el homosexualismo va contra la ley y, por tanto, hay que castigarlo. Y a Georgia envían las siete sus protestas grabadas, como quien manda una bomba por paquete postal certificado.
Que yo sepa, a nadie se le ha ocurrido hacer algo similar con el alcalde del municipio colombiano de Icononzo, localizado en el sureño departamento del Tolima. Y no digo yo si lo merece. Meses atrás se divulgó la noticia de que este señor ha decretado que penalizará a todos los habitantes del lugar que se dediquen a chismear. Declaró tenerle "tanto miedo a los guerrilleros o a los paramilitares como a la lengua de los chismosos", y afirma que sus habladurías "atentan contra la convivencia y la honra ciudadana". De acuerdo al decreto aprobado por él, en Icononzo se prohíbe el chisme y a aquellas personas que incumplan esto se les aplicarán penas de uno a cuatro años de cárcel y multas que pueden llegar hasta los mil seiscientos dólares. El argumento que utiliza es que en la cárcel de Ibagué hay unos ocho campesinos detenidos por las habladurías de algún ciudadano, que los acusó de colaborar con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.
Aparte de que, como se dice en España, el señor alcalde de Icononzo confunde el culo con las témporas (la diferencia entre chismear y delatar es abismal), estamos ante un ejemplo más —extremo, por añadidura— de la mala fama que entre algunas personas tiene una de las costumbres humanas más placenteras, necesarias y terapéuticas, que no por gusto ha sobrevivido a lo largo de varios siglos en todas las civilizaciones y razas.
En ese sentido puede decirse que es universal, además de democrático, pues como comenta la escritora argentina Liliana Hecker, "nadie es inmune a él. Y nadie de interesarse por alguna de sus formas tal vez porque esos episodios breves, y más que nada curiosos, de gente de la que, por un rato, sólo vemos —sólo queremos ver— la superficie, nos rescatan, al menos durante unos minutos, de este tembladeral incesante que es la vida". Asimismo sirve para unir generaciones. Recuérdese, por ejemplo, el escándalo de sexo oral protagonizados por el presidente norteamericano Bill Clinton y Monica Lewinski, que fue comentado por jóvenes, adultos y viejos y que, como apuntó alguien, hizo que toda la nación se sintiera más compenetrada.
Alrededor del chisme existe toda una actitud que se basa en la hipocresía. De dientes para fuera, muchos lo censuran y desaprueban, pero cuando se les presenta la oportunidad de practicarlo se entregan al mismo con auténtico goce. Joseph Conrad ya se refirió a ello, al expresar que "el chisme es algo que nadie dice que le gusta, pero todos disfrutan". A esa koljosiana soviética (¿o es una obrera?) que por orden del PCUS nos conmina a dejarnos de murmuraciones, en el cartel que ilustra estas páginas, seguramente le chiflaba comentar con sus amigas que el marido de la maestra de su hijo menor era un borracho incorregible o que la vecina se acostaba con el tractorista de la granja.
En esa satanización del chisme, se suele olvidar, ante todo, que quien se dedica al mismo es un trabajador de la lengua, al que debemos agradecer que se ocupe de nosotros y nos dedique parte de su tiempo. En el prólogo a la antología El Regañón y el Nuevo Regañón, Lezama Lima cita intencionadamente un artículo aparecido en la segunda de esas revistas, donde se hace un elogio de los chismosos. Allí se habla de éstos como unos "hombres magnánimos que descuidando sus propios negocios, desatendiendo sus casas y aun sus mismas personas, se emplean caritativa y generosamente en buscar y publicar las faltas de las ajenas, parece que este noble desprendimiento de sus cuidados, este olvido de sí mismo, esta heroica oficiosidad en que pasan los días y aun parte de la noche averiguando secretos que nada les interesan, lejos de atraerles el odio público, debía excitar la estimación y aun la gratitud de todos aquellos a quienes prestan sus útiles servicios".
Como se expresa en el artículo, el suyo es un mérito que debiera acabar de serles reconocido y recompensado con algún tipo de galardón. Pudiera instituirse el premio de Chismoso de Avanzada, o el de Mejor Chismoso del Trimestre, y hasta crearse, por qué no, la Orden por el Chisme Nacional, para reconocer el aporte de los más sobresalientes. En uno de los muchísimos blogs que ahora existen, leí que alguien escribe sobre "El arte del chisme y su contribución en nuestra sociedad". Y sugiere que éste debería estar aceptado y valorado como una gran función social, y hasta dedicar una calle, con su placa correspondiente, y una estatua a ese gran músculo que es la lengua del chismoso.
Parte integrante de la vida contemporánea
Emilia Pardo Bazán dedicó al asunto que aquí trato uno de los artículos de la serie La Vida Contemporánea, que publicó en el periódico semanal de Barcelona La Ilustración Artística (la Hemeroteca de Madrid ha recopilado esos textos en una hermosa edición). Está fechado en agosto 25 de 1902, y empieza por anotar que "la murmuración forma parte integrante de la vida contemporánea. Es el dato más revelador, más psicológico; descubre los pensamientos, las pretensiones, las aspiraciones, como un aparato de rayos Roentgen la estructura de los huesos; y es además el pasatiempo general y barato, lo mismo ahora, en casinos, hoteles, playas, balnearios, fiestas campestres y giras, que será luego, cuando el invierno reconcentre la vida en las grandes ciudades y apriete la malla floja de la murmuración convirtiéndola en fina red semipolicíaca".
Señala que a cada instante se escuchan ingeniosidades y mordacidades, que ningún daño pueden causar si se toman como se dicen; si se comprende su sentido cómico, de caricatura. "Os dirán, por ejemplo, de un avaro, que a sus criados 'los mata de hambre' y que recoge del suelo las colillas para fumar: descontaréis lo descontable, y resultará que el susodicho Harpagón les da a sus servidores poca carne y mucho arroz y garbanzo, y que fuma un tabaco nada selecto". Tales exageraciones para caracterizar una figura, insiste Pardo Bazán, ningún efecto perjudicial producen cuando se quedan entre los iniciados.
Prueba de lo inofensivo que es "ese puñal relumbrante y mortífero cuando se ve de lejos", es que los esgrimidores no temen usarlo contra ellos mismos. "Pónense, pues, a sí mismos de hoja de perejil, a menudo, los que al prójimo ponen de cogollo de escarola, y demuestran así que no hay fondo de verdadero veneno en cuanto chismorrean. Hablan también, libre y desembarazadamente, de su parentela y de su familia, y no dejan títere con cabeza en su retablo. Y estos murmuradores aun perjudican menos. Son como cierto linaje de críticos literarios o artísticos, que a todo el mundo ponen reparos y defectos; igualando así, ante la censura y la trituración, a las diferentes categorías, donde resulta que viene a quedar cada cual en su sitio y a nadie se le quita ni se le pone una línea respecto de su altura. Y es que todo lo que extrema pierde fuerza, y ática moderación, que Horacio recomendaba a todo lo aplicable".
Sostiene que la murmuración no es difamación cuando versa sobre defectos y faltas particulares muy conocidos de todos. Y escribe: "Podrá, en tal caso, ser pesadez, carecer de novedad y de gracia; y casi siempre se incurre en estos defectos al insistir en algo excesivamente notorio (…) Pero ¿conciben ustedes que quepa robarle a alguien lo que ya no tiene, y que desacreditan las hablillas al que ya envió su crédito a hacer compañía, en las regiones de la luna, a la razón del paladín Astolfo?".
Se refiere a otro error, muy peregrino y común, que se conoce como "día de las alabanzas", es decir, la tregua de la murmuración ante el fenómeno, previsto y natural, de la muerte. Al respecto, Pardo Bazán anota: "¿Qué patente de virtud da el morirse? ¿Qué delitos borra, en qué puede modificar el juicio que nos merece un hombre?". Dice repugnar menos una murmuración ajustada y medida, que "ese panegírico embustero y abofeteador del sentido común, que leemos o escuchamos cuando sale la papeleta con orla en la cuarta plana. En día tal, mientras la iglesia, muy lógica, sólo a la misericordia divina atribuye el perdón y a la justicia el castigo, nosotros en vez de rezar por el alma del muerto, que eso ya sería harina de otro costal y nos calificaría de cristianos, le soltamos un pestífero botafumeirazo de mentiras, que sólo nos califica de embusteros solemnes o desmemoriados lelos".
Finalmente, Pardo Bazán se pregunta si, bien mirado, la historia no es sino "un extracto de murmuración, un confuso rumor de arroyuelo". Y concluye: "Dejemos, pues, que corran esos arroyuelos tal vez fangosos. Sepamos filtrar sus aguas y sacar de ellas arena dorada. Oír murmurar, ¡qué estudio tan interesante! Si sólo se escuchasen elogios, encomios, panegíricos; si no resollase por la murmuración la verdad asfixiada, ¿quién toleraría la relación con seres humanos? Y en cuanto a los efectos de la murmuración, recordemos la frase de una persona muy genial: 'Dos venenos conozco que ni matan ni corroen, ni manchan siquiera: la saliva y la tinta'".
© cubaencuentro
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