CON OJOS DE LECTOR
Los hombres mueren, el chisme es inmortal
Varias investigaciones científicas recientes han revelado que lejos de resultar dañino, ser chismoso e indiscreto es bueno para la salud.
"Cierta vez una niña argentina proclamó que aborrecía los chismes y que prefería el estudio de Marcel Proust; alguien le hizo notar que las novelas de Marcel Proust eran chismes, o sea (aclaro yo, tardíamente) noticias particulares humanas" (Jorge Luis Borges).
A estas alturas, se impone hacer una precisión que me parece muy pertinente. Como bien apunta Emilia Pardo Bazán, cuando hablamos de chisme nos referimos a comentar sucesos que ya forman parte del dominio público. Otra cosa bien distinta es poner en circulación calumnias, inventar infundios sobre alguien, expresar cosas como las que se escuchan en muchos de los programas de televisión conocidos como talk shows. Nada de eso, repito, tiene que ver con ese pequeño remanso, ese recreo en el que uno se permite tomar los hechos de la vida con liviandad, que para Liliana Hecker es el legítimo chisme.
Y no me resisto a copiar aquí otro fragmento del texto suyo que publicó el diario bonaerense Página/ 12: "Premeditadamente, no suelo llevar libros a la peluquería. Nada más placentero, mientras espero el corte de pelo, que sumergirme sin culpa en intrigas palaciegas que, transitoriamente, me resguardan de toda inquietud. O sea que de ninguna manera soy indiferente a los chismes. Lo que pasa es que, de la especie de los chismosos, yo pertenezco a la subespecie de los escuchas, no a la de los propagadores, que vendrían a ser los chismosos más evidentes. Sin embargo, no hay que engañarse: no existe el escucha puro, ya que todo buen chisme oído debe ser contado a su vez para que no pierda su razón de ser. Pero el escucha decide a quién contárselo: justamente a aquel que lo puede disfrutar en el mismo sentido que él, duplicando así el propio placer. El escucha, digamos, es un egoísta del chisme, un discriminador".
Cuando se desaprueba y denigra el chisme, se olvida que existe una larga tradición de chismosos profesionales. Benjamin Franklin, a quien los norteamericanos consideran uno de sus próceres, a partir de 1730 empezó a escribir una columna de chismes en la Pennsylvania Gazette. Michael Farquhar, autor del libro A Treasury of Royal Scandals, ha comentado al respecto que la prensa de los padres de la patria de Estados Unidos hace que un periódico amarillista como The National Enquirer parezca inocente. Recientemente se divulgó que Gabriel García Márquez, además de admirador confeso del Innombrable, todos los días a las seis de la tarde se sienta con su esposa Mercedes frente a la caja tonta para ver La Oreja, un programa de cotilleos y espectáculo del canal Televisa. Ni siquiera el Premio Nobel colombiano puede escapar a la seducción de esta fuente viva de disfrute y descanso.
Esto último, sin embargo, no debe extrañarnos, pues la literatura, en particular, la narrativa, tradicionalmente ha tenido en el chisme su principal combustible. Piénsese qué serían sin éste Cervantes, Chamfort, Balzac, Henry James, Proust. Para el autor de En busca del tiempo perdido, el chisme "impide que la atención se adormezca sobre la visión falsa que se tiene de lo que son las cosas y que sólo es su apariencia, y con la destreza de un filósofo idealista, da la vuelta a esa apariencia y nos presenta rápidamente un aspecto insospechado del revés de la trama". En tono más humorístico, nuestro Virgilio Piñera comentó: "Uno de mis caballos de batalla ha sido el combate contra la discreción. Lo cual equivale a confesar que me encanta el chisme. Ahora que ya tengo muchos años, que el chisme no paga, por cuanto uno no vive en un pueblo de provincia, no practico tan noble arte. Ahora lo escribo. La literatura no es otra cosa que un chisme colosal".
El año pasado el argentino Edgardo Cozarinsky publicó el libro Museo del chisme (Emecé, Buenos Aires, 144 páginas). Incluye en el mismo un ensayo suyo, El relato indefendible, en donde sostiene que el chisme es ante todo un relato trasmitido en el que se narra una trivialidad de alguien famoso o bien algo insólito de una persona desconocida. En la segunda parte, Cuadros de una exposición, reúne sesenta y nueve relatos que le contaron o que escuchó contar a otros, así como reescrituras y traducciones de anécdotas ya escritas por otros. Una de ellas la recordó Alfonso Reyes, a quien Gisèle Freund le contó que cuando Victoria Ocampo recibió en su casa al ensayista francés Roger Caillois, tuvo que obligarlo a que se bañara diariamente. Un día, la criada abrió sin darse cuenta la puerta del baño y descubrió que Caillois estaba sentado en la bañera leyendo un libro, mientras con la otra mano agitaba el agua para hacer creer que se estaba bañando. Si alguien siguiera entre nosotros el ejemplo de Cozarinsky, qué cantidad de revelaciones fascinantes nos depararía.
Esencial para la existencia de la sociedad
Pero para que no me reprochen que baso mi defensa del chisme en argumentos librescos y poco sólidos, a continuación paso a resumir algunas investigaciones recientes que vienen avaladas por su carácter científico. La primera se llevó a cabo durante dieciocho meses y fue conducida por los antropólogos Kevin Kniffin (Universidad de Wisconsin) y David S. Wilson (Universidad Estatal de Nueva York). Ambos concluyeron que ser chismoso e indiscreto es bueno para la salud, pues contribuye a elevar el ánimo, ayuda a establecer relaciones amistosas, previene la mala conducta y hace circular información importante. De ahí que califiquen ese hábito como esencial para la existencia de la sociedad.
El estudio arrojó que dedicamos al chisme entre el 20 y el 65 por ciento de nuestras conversaciones diarias. Esas charlas se extienden a todos los grupos sociales y tienen lugar tanto en la casa como en el trabajo. La investigación reveló también una concepción que hasta ahora se tenía y que se relaciona con algo que la periodista argentina ha tratado con mucho cachondeo: "El chisme nos ha sido dado a las mujeres como el pelo largo y las ideas cortas, y no solamente el chiste: sobre todo su disfrute, su desgloce, su epifanía. Tanto como nos debe irritar el pelo crecido en las axilas, así nos debe lubricar un buen chisme. Y, si se me permite, diré que esa lubricación, acompañada por palpitaciones, grititos, carcajadas y gestos sobreactuados, debe ser compartida con otra mujer (…) Chicas: durante siglos nos habrán privado de muchos privilegios y beneficios, pero no podemos negar que los chismes nos han sido reservados como una potestad tan específica que, automáticamente, feminiza al varón que se le atreva". Craso error: según Kniffin y Wilson, los hombres chismeamos tanto como las mujeres, aunque ocupamos más tiempo hablando de nosotros mismos.
Otra investigación similar fue realizada en la Escuela de Enfermería de la Universidad de Londres, por Kathryn Waddington y Jennifer Drapkin. Según ellas, aunque chismear es visto como algo trivial, es muy terapéutico y hace a la gente sentirse feliz. De acuerdo a los resultados de su estudio, emplear un rato en departir con los compañeros de trabajo puede redundar en una mayor creatividad de los empleados. "El cotilleo es visto normalmente con suspicacia por los empresarios, pero tiene efectos potencialmente positivos para ellos y para su personal en las profesiones estresantes", expresó Waddington en el congreso de psicología donde presentó el estudio. De esto ya se habían ocupado los psicólogos laborales, al advertir a los jefes que no sean demasiado duros con los subalternos que los critican: hablar mal del jefe une al colectivo. Es famoso el caso de Herb Brooks, entrenador del equipo norteamericano de jockey que participó en las olimpiadas de 1980. Brooks logró que sus inexpertos jugadores ganasen la medalla de oro, haciendo que lo odiaran. Como ha comentado, el desprecio de éstos consiguió que se olvidaran de sus diferencias y trabajaran juntos. Por otro lado, Robin Dunbar, de la Universidad de Liverpool, sostiene que el chisme pudiera ser la causa principal de que el homo sapiens desarrollara el lenguaje.
Quien dude de la excelente salud que mantiene hoy el arte de cotillear sólo tiene que hacer una prueba: averigüe entre familiares y desconocidos, entre propios y extraños, quién ganó las elecciones presidenciales en Perú; o cómo se llaman los protagonistas de Brokeback Mountain; o cuántas mujeres en Latinoamérica son actualmente presidentas de su país. Seguramente el número de respuestas correctas ha de ser bajo. Interróguelos, en cambio, sobre el divorcio de Jennifer Aniston y Brad Pitt y los amores de éste con la mosquita muerta de Angelina Jolie. Ese tema sí que les parecerá interesante. Le hablarán sobre él con un lujo de detalles y una excitación que lo han de dejar alucinado.
Y tras esos argumentos científicos, finalizo con uno musical. Hay una cantante cubana llamada Graciela cuyas grabaciones yo disfruto mucho, sobre todo porque son muy simpáticas. Disfrutó de su momento de gloria en las décadas de los cuarenta y los cincuenta, y su carrera estuvo ligada a las orquestas de Mario Bauzá y Machito. A esa etapa pertenece un número llamado La bochinchera, en el cual no canta, sino que conversa. El estribillo que canta el coro dice: "Graciela la bochinchera, si no le cuentan mete un berrinche", y en la segunda parte Graciela le contesta de este modo: "No digo yo si meto berrinche y todo. Tú no ves que a to el mundo le gusta el chisme, mi hermano, y yo cargo la culpa. A mí el chisme me alimenta, y me entretiene a la vez. Tú no ves que yo siempre ando por ahí caminando, a ver lo que me puedo llevar (…) Hijo, y dondequiera que estamos nosotros existe el chisme, porque fíjate, que se van del barrio y lo llevan para cualquier lugar y sigue el chisme en su apogeo, porque eso es bueno y alimenta. ¿Cómo te gusta?". Pues eso mismo, Graciela: el chisme es bueno y alimenta.
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