CON OJOS DE LECTOR
Los libros negados y malqueridos (II)
En otras ocasiones, los escritores se distancian de algunos de sus libros debido a la evolución de sus ideas políticas.
Pero si hablamos de los motivos que conducen a que algunos libros sean rechazados por quienes los escribieron, no podemos olvidar los que tienen que ver con las ideas políticas. El año pasado se presentó en Madrid el primer volumen de las Obras Completas de Juan Goytisolo. Aparte de la novela El circo, que hoy considera francamente mala, el narrador español no incluirá dentro de ese proyecto Pueblo en marcha, un librito de ciento setenta páginas que publicó en París en 1963 y que originalmente apareció en 1962, en varias entregas, en el periódico habanero Revolución. En él narra el viaje que realizó a la Isla, a donde un bisabuelo suyo llegó un siglo atrás en busca de mejor vida. Goytisolo arribó a La Habana en diciembre de 1961, cuando acababa de divulgarse la noticia del asesinato del joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech, y entonces le impresionó el inmenso gentío que inundaba la calle 23. Durante los dos meses que permaneció en Cuba, recorrió el país de un extremo a otro, y apunta que en todas partes apreció que los cubanos vivían "con igual entusiasmo el proceso de la Revolución y sus hombres poseen las mismas cualidades de nobleza y dignidad de quienes he intentado retratar en estas páginas".
Al final de su libro, Goytisolo señala que el fracaso de la Revolución en España significó un retroceso de cinco lustros no sólo para su país, sino también para los pueblos de América Latina. Por eso, afirma, "el aniquilamiento de la de Cuba alejaría nuestras esperanzas durante otro tanto tiempo (…) Al defender su Revolución, los cubanos nos defienden a nosotros. Si deben morir, muramos también con ellos". Sin embargo, reeditar hoy Pueblo en marcha no tiene sentido para el autor de Señas de identidad, pues lo que allí se dice nada tiene que ver con lo que piensa actualmente sobre el proceso revolucionario cubano. Como él mismo ha expresado en numerosos artículos, aquel apoyo inicial al régimen fue perdiendo convicción y entusiasmo y tras el conocido caso Padilla pasó a ser un crítico implacable del castrismo. Esa evolución obedece, ha apuntado Goytisolo, a que se dio cuenta de que "el proyecto de sociedad más justa e igualitaria, pero democrática y libre preconizado en sus orígenes por el 26 de Julio había sido reemplazado con un esquema que conocía muy bien desde mis viajes a los países del bloque soviético: ese 'socialismo real' en el que como dijo en una ocasión el líder estudiantil berlinés Rudi Dutschke, todo es real excepto el socialismo".
Entre la abundante producción teatral de Virgilio Piñera (1912-1979), figura una pieza, Los Siervos, que apareció en 1955 en la revista Ciclón y que expresa con claridad la postura anticomunista de su autor. Algunos años después, Piñera renegó de ella, y en una entrevista imaginaria con Jean Paul Sartre en la que éste le pide cuentas por aquella obra, responde: "Comenzaré por desacreditarla, y con ello no haré sino seguir a aquellos que, con harta razón, la desacreditarán. A pesar de ser un hijo de la miseria, me daba el vano lujo de vivir en una nube (…) Cuando los estudiantes dicen que la mayoría de los intelectuales no nos comprometimos, tengo que bajar la cabeza; cuando los comunistas ponen Los Siervos en la picota, la bajo igualmente. Pero no crea… todo escritor tiene un Roquentin más o menos". Así pensaba Piñera en 1960, lo cual no autoriza a asegurar que mantuviera esa misma opinión cuando murió, tras haber sufrido una década de muerte civil como escritor. En todo caso, no resulta un criterio serio el aplicado por Rine Leal al excluir Los Siervos de la edición del 2002 del Teatro Completo de Piñera, con el único argumento de que había sido "eliminada por el autor".
Una ideología con la cual ya no se identifican
Están, por otro lado, quienes no explican ni justifican, sino que sencillamente pasan a eliminar de su bibliografía aquellos libros con los que ideológicamente ya no se identifican. Ése es el caso de César Leante (1928), quien tras su salida al exilio ha dejado de ser el autor de Con las milicias, el título con el cual las Ediciones Unión iniciaron su andadura en 1962. Esa operación de limpieza Leante la aplicó también a Los guerrilleros negros, novela galardonada en 1975 con el Premio UNEAC. Al reeditarla en España en 1982 le cambió el título por el de Capitán de cimarrones.
Entonces, Roberto Madrigal dedicó a Leante un artículo, "De funcionario a disidente", que apareció en la revista Término. Allí comenta la salida de la segunda edición de la citada novela en estos términos: "Ahora, para su reedición española (…) Leante realizó cambios sustanciales de contenido a la obra (quizás sobre un ejemplar de los que tiró la UNEAC) y ajustó su título al gusto de su nuevo público y lo cambió por Capitán de cimarrones (las palabras 'guerrillero' y 'negro' no son del buen gusto burgués y menos salidas de la pluma de un cubano). Hubiera elegido mejor si lo cambiara por Capitán de camajanes o Capitán de camaleones".
También Francisco Garzón Céspedes (1947) prefiere no citar en su bibliografía Cantos a la revolución, al pueblo y al amor, un poemario que publicó en Cuba en 1985. El título es ya suficientemente expresivo de su contenido, y en el libro se pueden encontrar textos como éste: "revolución/ me siento crecer/ porque me reconozco/ en ti y dentro de ti,/ soy mejor porque existes,/ por tenerte como relámpago que no se agota,/ que conforma la primavera/ y ese fuego que no cesa,/ yo te amo/ como sólo puedo amar a quien me ama". Evidentemente el autor dejó de reconocerse "en" y "dentro" de la revolución, pues unos años después de que el libro viera la luz pasó a residir "fuera" de la misma, esto es, en el extranjero. Se explica pues que ahora ya no se identifique con lo que expresaba en aquellos cantos.
Y aunque no tengo noticias de que haya incluido en su testamento una cláusula que lo especifique, estoy seguro de que Magaly Muguercia (1945) no aceptaría bajo ninguna circunstancia que se reedite su primer libro, Teatro: en busca de una expresión socialista. Posiblemente hasta siga el ejemplo de mi admirado Borges, y niegue con vehemencia que tal texto exista y mucho menos que sea de su autoría. Mas la obra de marras existe, vaya si existe, y puedo dar fe de ello porque poseo un ejemplar. En sus ciento cuarenta y ocho páginas, la autora se dedica esforzadamente a convencernos de que el camino de nuestro movimiento teatral no era el que los artistas habían seguido entre 1965 y 1970, "lustro en el que se produce en nuestra escena el alarmante predominio del irrealismo, la neurosis, el individualismo morboso, las contorsiones histéricas, la remisión permanente al clima pequeño burgués, con su sofocante atmósfera de vacilación, despolitización e inercia". De acuerdo a su criterio, todo ello era consecuencia, entre otros factores, de la ausencia casi absoluta del repertorio de los grupos del "renglón de la dramaturgia de los países socialistas, y muy marcadamente de la soviética". Vaya por Dios.
Hace apenitas unos días leí este verso de un poema hasta entonces inédito del argentino Mario Merlino: "los libros desaparecen en patios de no sé quién son presa de fogatas que prendemos al emprender la fuga". Afortunados los poetas, que siempre saben decir con palabras hermosas lo que nosotros, humildes mortales, expresamos con tanta torpeza.
© cubaencuentro
En esta sección
Extraños en un tren
, Aranjuez | 29/04/2022
Perfil de una valiosa ejecutoria
, Aranjuez | 22/04/2022
Mujeres detrás de la cámara (II)
, Aranjuez | 08/04/2022