CON OJOS DE LECTOR
Un duende maligno y solapado (II)
Para el escritor y crítico Norge Espinosa Mendoza, enviar a imprenta el libro lo mejor compuesto posible es la garantía para no tener que sufrir las erratas.
Como cualquier otra, nuestra literatura cuenta con muchísimos ejemplos de errores tipográficos. Me limitaré, no obstante, a mencionar unos pocos. En una muestra de poesía joven que publicó décadas atrás el suplemento cultural El Caimán Barbudo, el título de un poema de Nancy Morejón, Presente Brígida Loyola, apareció como Presente Brigada Loyola, con lo cual la autora parecía estar rindiendo homenaje a un grupo de macheteros o algo parecido. A comienzos de la década de los ochenta, la revista Revolución y Cultura reprodujo una serie de postales antiguas, cada una de las cuales iba acompañada por un breve texto que redactó Miguel Barnet. En uno de éstos, el duende travieso de las erratas hizo de las suyas, y donde debió leerse "las carnes tiemblan" decía, ¡ay!, "las carnes tiemplan" (también en ello hay su poco de temblor, pero no precisamente por causa del miedo o el frío).
En una charla que ofreció en la Asociación del Arte de Imprimir, de Madrid, Alfonso Hernández Catá recordó que en una ocasión fue a quejarse en una imprenta, propiedad de un amigo, pues un error introducido en un texto suyo lo hizo expresar que "había regalado un monasterio" a una persona, cuando lo que escribió fue que la "había relegado a un monasterio". Hernández Catá escuchó de su amigo este comentario: "No se asuste usted. ¡Si viera lo que nos ocurrió la semana pasada! ¿Qué dirá usted que le pusimos a la Purísima Concepción?".
En su libro Para nacer he nacido, Pablo Neruda cuenta que un amigo suyo, el poeta español Manuel Altolaguirre, fundó durante su exilio cubano la imprenta La Verónica, en la que "procreaba erratas y erratones, y hasta llegó a colocarlas en las propias portadas". Hay una muy famosa que Neruda recoge: "Se trataba de un rimbombante y melifluo rimador cubano, jacarandoso como él solo, para quien y en muy pocos ejemplares imprimió mi amigo una pequeña muestra tipográfica". Al preguntar el susodicho si había errores, Altolaguirre le respondió que ninguno. Y finaliza Neruda la anécdota: "Pero al abrir el elegantísimo impreso, se descubrió que allí donde el versista había escrito: 'Yo siento un fuego atroz que me devora', el impresor había colocado su erratón: 'Yo siento un fuego atrás que me devora'. El escándalo fue de los que hacen época dadas las muy especiales aficiones del vate".
Al acucioso investigador Jorge Domingo Cuadriello, se debe el hallazgo de dos errores muy significativos. Uno de ellos le tocó sufrirlo al entonces novel narrador Sergio Chaple, de quien La Gaceta de Cuba publicó en 1964 el cuento A las 3:20 p.m. Mas ocurrió que en el proceso de impresión el nombre del autor desapareció. Loló de la Torriente trató de enmendarlo, y en una sección que tenía en el diario El Mundo precisó que el texto había sido escrito por Sergio Chávez. Por su parte, Leonel López Nussa quiso identificar correctamente el nombre y desde las páginas de Revolución aclaró que el nombre era en realidad Sergio Chaplin. Y cuenta Cuadriello que espantado ante tantos desaciertos, Sergio Chaple pidió entonces que lo dejasen en el anonimato. El otro caso apareció en el índice de un número de 1983 de la revista Unión, y quien recibió el arañazo de la errata fue Pablo Armando Fernández. El poema suyo que se incluía, titulado Su nombre para siempre…, estaba firmado por Pabla Armando Fernández.
Un libro al cual afectaron sensiblemente estos errores es Un oficio del siglo XX, de Guillermo Cabrera Infante, en la edición de Seix Barral de 1973. En el llamado Índice Geraldiano ("Caín encargó a su amigo y confidente Chori Geraldino la composición de un 'índice exhaustivo' de sus 'críticas completas'"), muchas de las indicaciones sobre las páginas donde se mencionan a actores, directores y películas son erróneas, por lo cual la búsqueda constituye una verdadera tortura para el lector.
Y añado un par de ejemplos que me tocó padecer. Cuando ya todos los cuadernillos de mi Cercanía de Lezama Lima estaban impresos (era aún la época en que los libros se paraban en plomo), en la editorial descubrieron un error que hacía imposible su salida. El título del poema de Pablo Armando Fernández Del ábaco a la ceniza se convirtió, ¿lo adivinan?, en Del tabaco a la ceniza, que al linotipista debió parecerle —con toda razón— mucho más lógico. El otro afectó el título de un artículo mío sobre la novela Cumbres borrascosas que publiqué en el diario Juventud Rebelde. Donde debió decir Una irrepetible e imperecedera historia de amor, apareció U na irrebatible e imperecedera historia de amor.
Nicolás Guillén contó en una entrevista una anécdota protagonizada por él, que ilustra un ejemplo de errata oral. Esto fue lo que expresó: "En 1963 o 1965, no recuerdo bien, estando yo en San Pablo, Brasil, fui invitado a hablar por la televisión en un programa muy popular al mediodía. Al comenzar la transmisión, y con el consabido énfasis de este género, el locutor me presentó dirigiéndose a la invisible audiencia, más o menos así: 'Queridos televidentes, esta tarde tenemos entre nosotros al poeta cubano A…rís…ti…des Gui…llén, que acaba de llegar a nuestra ciudad y amablemente ha accedido a presentarse ante ustedes'. Luego, volviéndose hacia mí, me dijo marcando sabrosamente cada palabra (en español, que hablaba muy bien): '¿No es cierto, poeta, que su apellido se pronuncia así, Gui…llén?'. Sonriéndome, le contesté lentamente: 'Sí, mi querido amigo, Guillén se pronuncia Guillén; pero Arístides se pronuncia Nicolás'".
Se ha discutido mucho si el verso de José Martí "cardo ni oruga cultivo" no es en realidad "cardo ni ortiga cultivo", atendiendo a que las orugas no se cultivan, sino que se crían. El problema sería sencillo si no fuera porque esa palabra tiene más de un significado. Uno de ellos es, en efecto, "larva de los insectos lepidópteros que es vermiforme, con doce anillos casi iguales y de colores muy variados". Pero también posee otro, relacionado con la botánica: "planta herbácea anual, de la familia de las crucíferas, con flores axilares y fruto en vainilla". Sí constituye un error, en cambio, hacer decir a Martí que "nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino", cuando lo que él escribió es "nuestro vino, de plátano, y si sale agrio es nuestro vino".
En ese libro encantador que es De las pequeñas cosas (en su primera edición el título era Las pequeñas cosas. ¿Acaso la "de" que se omite se debió a un error?), Antón Arrufat dedica un trabajo a "la insidiosa errata". Recuerda en esas páginas que descubrió la existencia de esa palabra en sus años de estudiante, cuando tuvo que leer en voz alta un texto donde se hablaba de "las viejas de Cristóbal Colón". "Donde dice viejas debe decir viajes. Rectifiquen la errata", expresó la maestra. Arrufat comenta su reacción ante aquel hecho: "El cambio resultó simple y el significado, sin embargo, diametralmente diverso. Operación tan sencilla me produjo no obstante una impresión extraña: intervenía en la composición del libro, rectificaba con mi mano inexperta un texto respetable. A la vez me impresionaba como un juego. De ahora en adelante, si me lo proponía, podría cambiar el significado de las palabras deslizando voluntarias erratas. Total, una letrica por otra".
Errores debidos a los autores
Antes de que empezaran a usarse las nuevas tecnologías y se introdujese la edición digital, la culpa de las erratas era atribuida por lo general a linotipistas y tipógrafos distraídos o extenuados, o bien al mal trabajo de los correctores. Mas no siempre era ésa la causa de que una tilde inoportuna convirtiese en esdrújula una palabra llana, o de que un anónimo pasara a ser un ano nimio. En ocasiones, se trata de errores debidos a quienes firman el libro o el artículo. Nunca lo he leído escrito, pero en más de una oportunidad he escuchado comentar acerca de lo descuidado que era José Lezama Lima en sus escritos. Recuerdo una de sus "Sucesivas o Coordenadas habaneras", la serie que publicó en el Diario de la Marina y recopiló en Tratados en La Habana, en donde habla indistintamente de La mucurita de barro y La múcura de barro, para referirse a la misma canción popular. En otra acerca de nuestro deporte nacional, emplea por igual los términos baseball, béisbol y beisbol.
En el tomo II de su Antología de la poesía cubana, en las páginas que sirven para presentar la selección correspondiente a Luisa Pérez de Zambrana, Lezama Lima cita un par de versos que pertenecen a Dolor supremo, incluido por él en el volumen: "¿o en que playas de luto y de silencio / me encuentro, con las manos extendidas". Quien se tome el trabajo de buscar el poema, comprobará que lo que la autora escribió es: "¡y en qué playas de luto y de silencio / me encuentro, con las manos extendidas". Y acerca de la primera edición de Paradiso, Julio Cortázar apuntó que "estaba plagada de errores tipográficos, sin contar algunos descuidos casi increíbles de Lezama, que iba cambiando alegremente la ortografía de los nombres de algunos de sus personajes, con lo que Alberto Olaya se convertía en Olalla, y no hablemos de otras fantasías parecidas".
Por último, incluyo los textos que generosamente escribieron para esta ojeada a las erratas dos autores muy respetados por mí. Uno es el poeta Orlando González Esteva, para quien "las erratas saben más que las bibijaguas, y existen para bajar los humos. De ahí que sean, en cierta medida, necesarias. Ratifican, risueñas o feroces, que somos falibles. Por más que uno se empeñe en erradicarlas, más tarde o más temprano descubre que le han tomado el pelo, que son más vivas que uno".
Ilustra sus palabras con un ejemplo propio: "Durante más de veinte años di por un hecho que la primera edición de Mañas de la poesía era, desde el punto de vista tipográfico, impecable. Fue una edición de autor, diseñada y revisada una y mil veces por una excelente amiga, María Madruga, cuya meticulosidad y cuyo talento van de la mano. No escatimó esfuerzos. El librito era nuestro orgullo. Hasta que hace dos o tres años descubrí en él un contratiempo musical, una errata bailadora: donde debió decir "guaguancó" dice "guagancó"… Aún me esfuerzo por encajar el golpe. Y yo mismo vuelvo a veces al libro con la esperanza de que la errata, piadosa, haya desaparecido, de que la "u" que falta haya vuelto a ocupar su lugar como, en una décima de Ballagas, la imagen de la Virgen de la Caridad que aprovechaba la noche para abandonar el altar y regresar al amanecer. Pero hasta hoy, esa "u" brilla por su ausencia".
El otro texto lo firma el escritor y crítico Norge Espinosa Mendoza, quien además es editor de revistas. Lo reproduzco a continuación:
Erratas, laberintos, pistas falsas
"Ganándome la vida, entre otras cosas, como aprendiz de editor (digo aprendiz porque en un país donde se mantienen en activo Ana María Muñoz Bachs y Esteban Llorach, entre algunos pocos, el oficio tiene aún ciertos nombres de respeto), las erratas son una suerte de pesadilla que me persigue infinitamente. Si la literatura es un laberinto de palabras, no pocas de las pistas falsas de ese dédalo verbal están compuestas por el cambio inesperado de una letra por otra, que ya se sabe a qué malos pasos de lectura pueden conducirnos. Recuerdo, en el mundo editorial cubano, una famosa, que adornó la mismísima portada de una célebre novela. Ediciones Huracán publicó La dama de las camelias, y desde aquella carátula en la que nos miraba Margarita Gautier-Greta Garbo, aparecía el nombre riguroso del autor: Alejando Dumas. La calidad remota y distanciada de ese imposible autor le valió a los editores una deliciosa estrofa en la que Raúl Hernández Novás echaba carcajadas ante el descalabro. Y recuerdo otra errata, esta vez enteramente gráfica: una edición del Diario de Amor de Gertrudis Gómez de Avellaneda en cuya cubierta lucía sus mejores galas el rostro de… Luisa Pérez de Zambrana. ¡Ay, Alejandro, hay Tula?
"Antón Arrufat dedicó una de sus mejores crónicas en su libro De las pequeñas cosas a esa obsesión que pueden ser las erratas, y evoca algunas memorables. En un índice de Lunes de Revolución que apareció en el propio semanario, recuerdo yo ahora, leí el nombre de un importante dramaturgo transformado de forma maliciosa: una errata que dada la sexualidad del autor y sus enemigos, acaso sea intencional: Virgilia Piñera. Tal vez la más terrible de cuantas recuerde se deba a Ediciones Capiro, que editó una novela de Alberto Anido en una cuidada impresión, a la que sin embargo le faltaba, nada más y nada menos, que la última línea del último párrafo del capítulo final. No era, por suerte, una novela policíaca, en cuyas palabras finales se revelase el nombre del asesino; pero al buen Alberto eso debe haberle costado más de una angustia. Y Delfín Prats se puede anotar, junto al mérito de ser uno de los mejores poetas de Cuba, el del asombroso récord de más de ochenta erratas advertidas que suma la edición de su poemario Abrirse las constelaciones, que presentó Ediciones Unión, por puro milagro no retitulado Abrirse las consternaciones; que muchas ha de haberle provocado tal cosa al pobre autor.
"En mi caso particular, trato de enviar a imprenta el libro lo mejor compuesto que se pueda. Para que el trabajo editorial no sea mínimo, pero sí conlleve la menor manipulación del texto tecleado. Es la garantía que me permite culparme de las erratas y salvar la amistad con mis editores. Aunque siempre alguna estará al acecho. Y puede llevarnos a la muerte: en una cartelera teatral que tuve en mis menos se anunciaba el estreno de una pieza de Abelardo Estorino no en la sala Hubert de Blanck, sita en Calzada y A, el Vedado, sino en Calzada y K. Los habaneros saben muy bien qué representación pudo haber sido ésa. Para los que no lo saben, aclaro cuán imposible pudo ser que El baile, drama de tan querido autor, haya podido aplaudirse en la famosa funeraria a la que fue "trasladado". A Dios gracias, Estorino sobrevivió a semejante errata mortuoria. Yo también, aunque tal vez, quién sabe si la muerte no sea una errata, en ese libro que dicen, escribe sin cesar, sin parar, y sin correctores, el mismísimo Dios".
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