Medio Oriente

De tribus, democracia, religión y petróleo (II)

La única alternativa en Irak para detener la guerra civil es la partición controlada en Estados autónomos.

La democracia, aparte de los derechos humanos y políticos, implica la apertura de la sociedad a la información y las oportunidades económicas, puntos casi imposibles de coincidir en el mundo islámico. Sólo un 1,6% de la población tiene acceso a internet; y ningún país de Oriente Medio alcanza la consideración de sociedad libre, ya que todos están organizados alrededor del Islam.

Habría que considerar qué sentido tiene promover la democracia en Irak, o en cualquier otro país del Medio Oriente, si la misma engendra un gobierno hostil antiamericano; o si es mejor olvidar el nation-building y "dejar hacer" a las dictaduras leales como Arabia Saudita.

No se puede olvidar el fracaso del esfuerzo democratizador del presidente Bill Clinton en Somalia. A estas alturas, los estrategas políticos en Washington saben que es imposible el nation-building en Irak, sin el respaldo de los líderes religiosos chiítas. La cristiandad no detenta el monopolio de la vía justa, del modelo apropiado para evolucionar hacia un régimen democrático, o un régimen más humano que el despotismo islámico, tal y como demostró Japón —después de 1945— cuando fundó una sociedad democrática, con características propias, a partir de un arquetipo no Occidental.

No deja de tener razón Zbigniew Brzezinski cuando señala que el Islam no es más hostil a la democracia de lo que fueron el cristianismo o el judaísmo en su momento.

¿Más o menos tropas?

Ya es criterio común que la rebelión iraquí no puede ser vencida por la fuerza de las armas. No es nuevo que las guerras engendran guerras civiles e insurgencias. El general norteamericano Donald Alston se refirió a tal situación en los términos siguientes: "Esta insurgencia no va a ser calmada, los terroristas y el terrorismo en Irak no van a ser aplacados a través de opciones militares o de operaciones militares".

No se puede negar el caos en Irak y la obstinación norteamericana por implementar una pauta rechazada por todos. El entrenamiento de una fuerza militar y policial nacional ha chocado con la realidad de que se termina adiestrando a unidades que al final luchan en la guerra civil por su bando religioso-étnico, no por su país, y actúan como escuadrones de la muerte, como el caso de los chiítas contra los sunitas.

Henry Kissinger ha defendido la actual política norteamericana en Irak, argumentando que cualquier disminución de tropas desataría una presión pública que obligaría al retiro de todos los efectivos. Pero Kissinger olvida que esta es una guerra fundamentalmente política y que el aniquilamiento de una mayor cantidad de guerrilleros sunitas o milicianos chiítas no concede la victoria.

Estados Unidos no puede aplacar la violencia con las fuerzas existentes. Es notorio que altos oficiales norteamericanos sobre el terreno se inclinan por la retirada de sus 140.000 efectivos, ante el fracaso de instaurar la democracia en una sociedad fragmentada y carente de toda experiencia o cultura democrática previa; conocedores, además, de que el aumento de efectivos no es sustentable a largo plazo, tanto en lo militar como en lo político.

La Comisión Baker (dirigida por el ex secretario de Estado James Baker), además del ex secretario de Estado Colin Powell y el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld, han abogado por modificar el curso de la estrategia en Irak y minimizar las expectativas ante la realidad de que no está resultando. Incluso, el senador John McCain ha sostenido la necesidad de más tropas para lograr una rápida victoria y evitar una guerra que se torna impopular.

De igual manera se han pronunciado el general William Odom, ex director de la Agencia Nacional de Seguridad, y el general John Abizaid, quien fuera jefe del CENTCOM, que dirige la campaña de Irak.

Tres Estados étnicos

Con candidez ignorante se pensó en Washington que el derrocamiento de Sadam Husein, la eventual transferencia del poder a un gobierno interino iraquí altamente centralizado y la presencia militar norteamericana, pondrían fin a la violencia y al terrorismo. Estados Unidos perdió la oportunidad de coronar su relampagueante victoria militar con un rápido desmantelamiento, y dejar el país pacificado con la creación de tres Estados étnicos.

Washington, por doctrina wilsoniana, no cree en la partición. La administración de Bill Clinton, a su vez, no quiso hacerlo en la multiétnica Bosnia, lo que ha obligado a mantener en ese polvorín una presencia militar permanente. Sin embargo, una descentralización del gobierno y una coparticipación de los ingresos petroleros fue parte del acuerdo que terminó con la guerra civil sudanesa, que sumó millones de víctimas.

Occidente está sordo al creciente clamor iraquí en favor de la partición, a la idea de volver a trazar el mapa de Irak, justificado en el criterio de que una separación conduce al incremento de la violencia y la exclusión sectaria. Los críticos de la remodelación destacan que los milicianos chiítas con lazos con los partidos políticos en el gobierno, son tan responsables del terror como los insurgentes sunitas.

La Comisión Baker descartó la idea de dividir Irak en regiones autónomas y distribuir la riqueza petrolera por igual entre kurdos, chiítas y árabes sunitas, sosteniendo que ello incitaría la guerra civil. Sin embargo, el senador Joseph R. Biden Jr., de Delaware, una de las voces líderes en materia de política exterior del Partido Demócrata, miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, ha apoyado la solución de separar Irak en tres Estados autónomos.

Los iraquíes sí reconocen que se encuentran envueltos en una guerra civil no declarada, y que, de facto, existe una partición. Irak se encamina aceleradamente a su desmembramiento: cada una de las tres étnicas busca eliminar drásticamente el gobierno central para que no sea instrumento de opresión a quienes no estén en el poder.

Irak ya se encuentra desunido, pues los kurdos no desean ser parte de él. Los gobiernos locales y sus milicias étnicas y religiosas, controlan las diferentes regiones.

Limitar la influencia iraní

Una parcelación de Irak con los kurdos al norte, los sunitas al centro y los chiítas al sur, limitaría al menos la influencia iraní sobre la parte sur. Al reconocer la plena autonomía de sus tres componentes étnicos, podrían desarrollarse bolsones de libertad política y económica más duraderos. En Kurdistán se agruparon tres zonas en un enclave autónomo con sus propias fuerzas armadas, su aparato de inteligencia, primer ministro y ministro del petróleo. Los peshmergo o milicianos kurdos constituyen el corazón de las fuerzas de seguridad de Kurdistán.

El experimento kurdo ha inspirado a muchos dirigentes chiítas. Los kurdos tendrían la mejor posibilidad de crear una sociedad relativamente libre en su área, pues en la actualidad están inseguros de que su actual autonomía pueda preservarse tras la salida norteamericana. Quizás lo más inquietante es que Turquía rechaza una autonomía kurda por el efecto negativo sobre la población kurda que habita en su territorio. Por eso, varias veces ha amenazado con intervenir militarmente, de proclamarse un Kurdistán independiente.

Pero la independencia o la autonomía estatal dentro de una federación, apoyada por los kurdos y los chiítas, son rechazadas por los sunitas, debido a que el territorio que pueblan, el central, carece de petróleo. La Constitución otorga a los kurdos y a los chiítas una mayor proporción de los ingresos petroleros que a los sunitas.

Otro de los temores infundados es que los chiítas iraquíes (árabes) sean asimilados por los chiítas iraníes (persas). El diferendo árabe-persa es tan profundo que supera la coincidencia de secta islámica, aparte del desacuerdo sobre la separación o no de la religión y el Estado. Además, los clérigos chiítas iraquíes se consideran con más prestigio y autoridad que los iraníes, pues los lugares sagrados del chiísmo se encuentran precisamente en la región sur de Irak.

Los chiítas y los kurdos fueron brutalmente reprimidos bajo los regímenes sunitas de Karim Kassem y Sadam Husein, razón por la cual una vez llegados al poder han logrado debilitar al gobierno con una Constitución que incluye la opción de la descentralización.

Petróleo de por medio

Los chiítas, defensores históricos de la autonomía sureña, al igual que los kurdos del norte, poseen sus fuerzas de defensa y el control sobre la explotación petrolera. La lucha sanguinaria de facciones envuelve a sunitas versus chiítas y sunitas versus kurdos, y también a sectas chiítas. Las tres comunidades cuentan con arsenales de armamentos que nunca se confiscaron.

Los sunitas son los únicos que desean un territorio unificado (pero no el actual, dominado por chiítas y kurdos), debido a que en una confederación libre, de Estados autónomos, o una partición, obtendrían poco petróleo. Una de las razones por las cuales los insurgentes sunitas están luchando: temen ser dejados en un área pobre de recursos. El oeste y noroeste dominado por los sunitas es un desolado desierto, desprovisto de petróleo y gas.

Los líderes sunitas no reciben los beneficios de la democracia y sólo ven que los chiítas están sacando ventaja de la escalada de violencia para lograr apoderarse del petróleo. "El control de estas áreas generará una enorme fortuna que pueden explotar", sostuvo Adnan Dulaimi, destacado político árabe sunita. "Su motivación es que están sedientos de control y poder".

La única alternativa en Irak para evitar la actual guerra civil, u otra que englobe todas las etnias, es una partición controlada, en la cual los sunitas se gobiernen a sí mismos y se negocie un acuerdo de coparticipación petrolera viable.

© cubaencuentro

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