Alemania
Rebelión en la socialdemocracia
La inestabilidad en el seno de la centro-izquierda complica aún más el ascenso al poder de la democristiana Angela Merkel.
Cuando las organizaciones patronales y sindicales, y hasta la bolsa de Francfort del Meno, ya se habían habituado (resignado en el caso de la oposición) a la idea de una Gran Coalición (CDU/CSU-SPD) encabezada por Angela Merkel y Franz Münterfering como única opción con perspectivas de lograr la cuadratura del círculo, consistente en conciliar las dolorosas reformas pendientes sin sacrificar la esencia del Estado del bienestar, he aquí que un estridente ruido en el sistema proveniente de la sede central del SPD (Partido Socialdemócrata) ha vuelto a sumir al país en la zozobra.
El presidente del SPD y futuro vicecanciller, Franz Münterfering, acaba de arrojar la toalla. Renuncia que, sumada a la de Gerhard Schroeder a la cancillería federal hace apenas un mes, abre el camino a un prematuro cambio generacional dentro del SPD que presagia un retorno a la ortodoxia socialdemócrata.
"Münter", como le llaman cariñosamente sus leales, anunció su firme intención de colgar los hábitos de jefe del partido. He aquí la causa: Kajo Wasserhövel, actual encargado de negocios y candidato de Müntefering a la Secretaría Federal, perdió la votación en la Presidencia Federal del SPD. Contra la voluntad expresa del número uno de la socialdemocracia alemana después de la salida de escena de Gerhard Schroeder, 23 de los 45 miembros del cónclave optaron por la joven Andrea Nahles (35 años).
Todo habría quedado entre familia si no fuera porque el "corazoncito" de la Nahles, representante del ala izquierda del SPD, "late a la izquierda". La chica de Renania-Palatinado, que representa el cambio generacional en las filas del SPD, ya dio que hacer con su rechazo a las reformas del canciller saliente y se opone tanto más a los drásticos pero ineludibles recortes pactados en estos días con la democracia cristiana.
La Nahles hace hincapié en la "arista social" del SPD y cuestiona el ahorro como vía para crear empleos. En compensación, propone equilibrar el presupuesto reintroduciendo las contribuciones patrimoniales y aumentando el impuesto a los bienes hereditarios. En fin, el programa del renegado Oskar Lafontaine y el comunista reciclado Gregor Gysi, líderes de La Izquierda en toda la línea. En este sentido, algunos políticos socialdemócratas de vieja guardia hablan de "triunfo de la mediocridad".
De ser confirmada por el congreso del SPD a mediados de noviembre, la Nahles ocuparía un cargo clave desde el que, de proponérselo, podría hacer una eficaz labor de zapa contra el gobierno de coalición. Y esto porque, según los estatutos, entre otras atribuciones compartidas, nombraría al encargado de negocios y dirigiría la burocracia del partido "en correspondencia con las resoluciones de la presidencia".
Los de presidente y secretario general son, por ende, dos cargos que deben ser uña y carne, bisagra bien concertada entre la militancia, la fracción parlamentaria y sus ministros en el gobierno. Se supone que el secretario general sea un incondicional del presidente, que en puridad es su Chef (jefe) y así se le suele llamar en los medios. De lo contrario, el ejecutivo federal estaría expuesto a las intrigas del mandamás del aparato del partido, que en una democracia parlamentaria puede hacer caer el gobierno tan pronto no cuadre a sus intereses o puntos de vista.
Por si fuera poco, no asistimos sólo a una rebelión del ala izquierda y los Jusos (abreviatura de jóvenes socialistas), los cuales ya antes habían exigido en vano una mayor presencia juvenil en el gobierno de coalición. Lo grave es que Münterfering —nadie mejor que él para calibrar el talante de la Nahles y sus promotores— ha perdido como por encanto el favor de la presidencia del partido y tiene todas las papeletas para irse con la de trapo también en el congreso. Y si bien de momento su renuncia no es extensiva a la vicecancillería federal, no es menos cierto que sus aspiraciones cuelgan de un hilo. "Si estaré o no en el gabinete después del congreso del partido, es asunto que deseo dejar abierto", declaró el jefe de los socialdemócratas en dramática conferencia de prensa a la salida de la reunión.
Estupor general
En realidad, nadie en Alemania esperaba semejante desajuste del SPD en pleno proceso de negociación con la CDU/CSU. Menos aún provocado por la caída de un hombre que no hace mucho fue ratificado por más del 90 por ciento de sus correligionarios. Estupor general en Alemania, ya que todos daban por sentado que, una vez fuera de la ecuación el tozudo Schroeder (el poder parece pegársele, porque tendrá que seguir de canciller en funciones hasta la elección de su sustituto) y despejado el camino hacia la Gran Coalición, la socialdemocracia se había estabilizado definitivamente.
Más bien se esperaba que en cualquier momento los barones de la CDU (Democracia Cristiana), descontentos con el brusco descenso en las urnas de la democracia cristiana con respecto a las intenciones de voto en las encuestas que achacan a la jefa del partido, le pasarían la cuenta sin piedad a Angela Merkel. Pero, apretado o no, un triunfo es un triunfo y se impuso la cordura. La Merkel logró una vez más capear el temporal, ganó en aplomo mediático y recientemente deslumbró con una disertación magistral sin guión escrito a los jerarcas de la economía y las finanzas alemanas en Dusseldorf, amén de convencer a tirios y troyanos de que es una estadista a la altura de la tarea gubernamental.
Pero en política no hay nada escrito, y la Merkel en particular no gana para sorpresas desagradables. Por lo pronto, Edmund Stoiber, jefe de la Unión Social Cristiana (CSU), quien tras largas vacilaciones parecía decidido a ocupar la importante cartera de Economía, ha vuelto a poner sobre el tapete en público la posibilidad de renunciar a un rol en la capital y refugiarse en su feudo bávaro. Primera señal de contagio en las filas democristianas. A la que pueden seguir otras si los próximos días no traen una solución de la crisis interna del SPD.
El rollo es mayúsculo, puesto que un cambio de personas, por lo visto probablemente aparejado a un replanteamiento radical de exigencias como el que supone la posible ratificación de la Nahles en el congreso del SPD, daría al traste con unas negociaciones ya de por sí cuesta arriba entre los dos grandes partidos populares alemanes. De paso, habría que postergar indefinidamente la elección de la Merkel, si es que consigue retener el apoyo compacto de su partido, a la cancillería federal y la toma de posesión de la Gran Coalición. Eso en el mejor de los casos.
Que lo más probable es que también esta gestión negociadora acabe en fiasco lo demuestra el hecho de que entre los partidos opositores, terceros sonrientes en este nuevo desbarajuste político alemán, ya se alzan voces que agitan el fantasma de las llamadas coaliciones "Semáforo" (rojo-amarillo-verde: socialdemócratas, liberales y verdes) y "Jamaica" (negro-amarillo-verde: democristianos, liberales y verdes). Tampoco podría descartarse, en el supuesto de que el ala izquierda de la socialdemocracia se lleve en efecto el pato al agua en el congreso de este mes, una esperpéntica coalición rojo-rojo-verde, integrada por el SPD, La Izquierda y Alianza 90/Los Verdes. Espanto y tiempo perdido. La sombra de Marx en versión progre, es decir, "vacilable", planea sobre la República Federal.
Una última alternativa
Ahora bien, bromas aparte, las coaliciones "Semáforo" y "Jamaica", aunque numéricamente viables, fracasaron por manifiesta incompatibilidad programática ya durante los primeros sondeos posteriores a las elecciones de septiembre. Serían ollas de grillos de corta duración, incapaces de sacar al país de la crisis. Con la tercera alternativa, la tremenda, se corre además el riesgo de ahondar el foso psicológico entre Alemania Occidental (antigua RFA) y Oriental (antigua RDA) y provocar una implosión de la Alemania reunificada. Cuando menos, marcaría el fin o la disolución de la socialdemocracia, ya debilitada por la defección de Oskar Lafontaine y sus tránsfugas de La Izquierda.
Quedaría una última alternativa no menos desagradable: convocar a nuevos comicios federales. Eventualidad fuerte, plausible. Desde luego, además de aumentar la apatía política de la ciudadanía, la nueva convocatoria a las urnas reiniciaría casi al seguro el actual círculo vicioso con otro escrutinio ambiguo. Habida cuenta de que no hay razones para pensar en el cambio repentino de una opinión pública profundamente dividida ante una agenda que promete mayores sacrificios sin garantías de éxito en un mundo globalizado.
Todo parecía indicar que, apagada la rebelión dentro de las filas democristianas, repartido a partes iguales el pastel ministerial en Berlín, la conquista del poder por la primera mujer en toda la historia del parlamentarismo alemán desde Bismarck era ya sólo una cuestión de trámite. Por rocambolesca carambola, se cumple aquí el refrán de que no hay peor astilla que la del mismo palo: sin proponérselo, ha sido otra fémina, la Nahles, quien a última hora le ha puesto malo el dado a la Merkel.
De todos modos, dadas las circunstancias, la "Dama de Hierro" alemana, quien en el fondo tiene un corazón tan pragmático como tierno en el centro de un pecho científico, pero igual es ducha en cabalgar tigres, sigue siendo candidata de fuerza a la cancillería federal; y la Gran Coalición, la fórmula óptima para modernizar el país sin desmontar el Estado del bienestar. Su investidura como canciller federal el próximo 18 de noviembre sería también la mejor noticia posible para la oposición cubana.
Cualquier otra solución del dilema alemán equivaldría al estancamiento de la República Federal con consecuencias igualmente nefastas para una Unión Europea acéfala, cuyos países miembros acentuarían su tendencia a decidir cada cual por su cuenta en materia diplomática. Por lo que nos atañe, el resultado de la prolongación de la crisis política alemana sería el mantenimiento del actual statu quo en detrimento de una diplomacia comunitaria coordinada con centro en la defensa de la democracia en la Isla y el apoyo consecuente a la disidencia interna.
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