Opinión
Contra la valla
La 'Guerra de los Carteles': Un enfrentamiento verbal que enmascara la realidad.
Lo que tiene de singular la presente "Guerra de los Carteles" entre La Habana y Washington es que ambos contendientes han decidido a enfrentarse apelando a recursos similares. Por un momento, Estados Unidos ha decidido olvidar que es la nación más poderosa del planeta: coloca una pizarra informativa en su sede consular en la Isla y se dedica a divulgar frases en favor de los derechos humanos.
Poco usual esa función en el terreno diplomático: funcionarios norteamericanos convertidos en miembros de un equipo de agit-prop. Pero la respuesta del régimen castrista —hasta estos momentos— tampoco cae en el terreno convencional. En vez de presentar un ultimátum ante una provocación indudable, Fidel Castro se limita a erigir un muro o a ampliar la tribuna desde la que realiza sus actos "antiimperialistas". Parece que ambos, Cuba y Estados Unidos, se sienten muy a gusto y con gran entusiasmo para continuar el juego.
¿Juego? ¿Pero hay realmente juego? ¿No estamos ante un estadio vacío, donde en lugar de los equipos sólo compiten dos vallas anunciadoras, proclamando cada una y al unísono la superioridad frente al contrario? Pura propaganda.
Un enfrentamiento verbal que enmascara la realidad: las pocas opciones disponibles para cada bando y la voluntad de desviar la atención de formas de enfrentamiento más eficaces. Aunque cuidado, no hay que tomar a la ligera esta escalada de consignas, porque detrás de ella se encuentran objetivos claves, tanto para la administración norteamericana como para el gobierno cubano.
Acciones de valor nulo
Lo que viene haciendo la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, desde la llegada de George W. Bush a la presidencia estadounidense —primero con James Cason y ahora con Michael Parmly,—es ofrecerle pretextos a Castro para el cierre de la sede diplomática.
Son acciones de un valor nulo, respecto al avance de la causa opositora, pero con un contenido propagandístico contraproducente para la labor de la disidencia. No es función de la diplomacia alimentar conflictos, sino apaciguarlos. Tradicionalmente, el lugar para colocar carteles de protesta es frente a las embajadas, no en sus edificios.
La forma de actuar de los embajadores se ha caracterizado siempre por la discreción. Esto no ha impedido a muchos actuar en favor de la libertad, pero de forma decidida y enérgica, sin recurrir a aspavientos. Es muy fácil protestar a gritos desde la seguridad de un recinto diplomático, pero hacerlo no facilita en nada la labor de los que no cuentan con una protección similar.
Es cierto que la Oficina de Intereses de EE UU en La Habana se ha limitado a colocar ideas y citas de carácter universal en favor de los derechos humanos, no consignas subversivas en un sentido estricto. No ha hecho un llamado en favor del derrocamiento del régimen castrista ni ha alentado la insurrección popular.
La ira de Castro obedece a que su gobierno totalitario no admite la menor expresión de libertad. Pero tampoco hay libertad en China, Pakistán, Arabia Saudí, Egipto y muchos otros países con los que Washington mantiene excelentes relaciones diplomáticas y comerciales. En las embajadas norteamericanas respectivas, no han aparecido informaciones alegóricas a los abusos que cometen los gobiernos nacionales.
¿Dónde están los carteles que denuncian los últimos actos represivos contra los campesinos chinos? ¿Quién ha visto informaciones en favor de la liberación de la mujer en un país árabe aliado de EE UU? ¿Cuántas pizarras denuncian los abusos del régimen pakistaní?
Objetivo electoral
Castro se ha limitado —repito que hasta el momento— a aceptar las reglas del juego impuestas por los norteamericanos: un muro o una tribuna más grande para tapar la pizarra informativa estadounidense. Es una apuesta para ver quién es el que primero pone contra la valla al contrario.
El gobierno de EE UU tiene que poco que ganar en este enfrentamiento verbal, pero menos aún que perder. Y el gobernante cubano lo sabe. La Habana tiene por política no romper relaciones diplomáticas, salvo en momentos en que esta ruptura le proporciona una ganancia política necesaria (lo hizo con Israel, cuando Castro aspiraba a la presidencia de los Países No Alineados).
Tampoco desea un rompimiento del pacto migratorio —que es la clásica válvula de escape para los que viven en la Isla— y persiste en utilizar las compras de alimentos a los agricultores estadounidenses como instrumento de presión política. Aunque todos estos factores tienen un valor relativo: si considera que para su reafirmación en el poder tiene que "subirle la parada a los yanquis", lo hará sin vacilaciones.
Washington quiere dar la impresión de que no le importa un rompimiento. Ese paso —que de producirse sería aplaudido en Miami— lo reduciría a la "opción cero" respecto a Cuba, pero en la actualidad se encuentra casi en este punto. No hay indicios de que pretenda continuar su política hostil por otros medios, que sería apelar a un enfrentamiento bélico. La ventaja para Bush y el Partido Republicano sería política, y con un objetivo electoral muy definido.
Este año hay elecciones legislativas en EE UU. Uno de los temas electorales primordiales para los republicanos —me atrevo a apostar que el primordial— es el de la inmigración. La carta de triunfo que estos esperan llevar en sus boletas es la restricción al máximo de la entrada de inmigrantes al país. Esta política, de amplia aceptación en el electorado republicano, necesita de una justificación ideológica para los cubanoamericanos. La ruptura de relaciones con La Habana estaría acompañada con el fin del pacto migratorio acordado por el gobierno del ex presidente Bill Clinton.
El exilio de "línea dura" —el sector clave del "voto cubano" para los republicanos— considera que quienes han llegado a este país en los últimos años son fundamentalmente "inmigrantes económicos". Cualquier medida que reduzca la cifra de nuevos refugiados no pondrá en peligro sus votos, sino todo lo contrario. Pero a la vez, ese mismo exilio favorece el carácter excepcional que brinda la Ley de Ajuste y una parte —aquí las actitudes están divididas— también se opone a la ley de "pies secos, pies mojados" establecida también por Clinton.
En la medida en que la Casa Blanca logre presentar una reducción de la inmigración procedente de la Isla como una necesidad política —perseguidos políticos con causa demostrada—, tiene ganado el apoyo de este sector de votantes, que entonces contará con la justificación perfecta para oponerse a la llegada de más cubanos: el cierre de las salidas serviría para aumentar la presión sobre Castro.
El pacto migratorio
El objetivo por parte de Washington de esta nueva fase de la "Guerra de los Carteles" no es acelerar el fin de Castro, sino propiciar el fin del pacto migratorio. El gobernante cubano lo sabe —lo ha denunciado— y a ello se debe su "cautela": alimentar la confrontación verbal con el "imperialismo", que siempre ha utilizado para justificar la represión, pero no romper con EE UU. La próxima jugada está a cargo de Bush.
El argumento de aumentar la presión sobre el régimen, mediante un cierre de las salidas, no sólo es inmoral cuando se esgrime desde el exilio. A través de los años ha resultado poco eficaz. Castro se encuentra en un momento de reafirmación, en que no mira al futuro sino al presente —el tan traído y llevado discurso del canciller Pérez Roque debe verse bajo esa óptica—, y dispuesto al aumento de la represión tanto como sea necesario.
Castro sabe que frente a la actual administración norteamericana no puede apelar a un éxodo masivo, y ya cuenta con una nueva fuerza represiva —los "trabajadores sociales"— para utilizarla contra la ciudadanía, e incluso contra los propios dirigentes, de ser necesario. Tampoco tiene ante él una situación fácil, porque el aumento de la tensión social puede degenerar en brotes de violencia.
La situación deja poco margen —mejor decir que ninguno— a la esperanza de que se produzcan condiciones propicias para evitar situaciones traumáticas. Castro no está contra la valla, pero desde hace meses está tomando medidas para evitar cualquier intento de acorralarlo.
Lo ha hecho siempre y lo continuará haciendo hasta su muerte. El error del exilio es dedicar tanta energía y pensamiento al futuro y a la posible transición. Como hombre, su fin es inevitable, pero como político y guerrillero, no hace más que prepararse para la batalla.
© cubaencuentro
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