Ir al menú | Ir al contenido

Actualizado: 23/09/2020 15:36

Cuba, EEUU, Exilio

De búsquedas y Encuentros (II)

Segunda y última parte del texto

Ante la actitud de Cristina Colás (estoy convencida de que si hubiera estado en su lugar Carmen Comella yo sí hubiera entrado en Cuba), decidí de inmediato dejar la congregación y regresar a Miami. Ante mi súbita decisión, las siete hermanas con las que convivía bajo el mismo techo en Santiago trataron de que no me fuera, recuerdo la reunión comunitaria que tuvimos enseguida, y las frases de ellas: “Nosotros somos también voz de Dios, no te vayas”; me conmovió enormemente. Yo no iba a Cuba con idea de unirme a la disidencia, mucho menos de ponerlas a ellas en conflicto con el gobierno, como parece que pensaba Colás, la superiora, sólo quería ir a servir en Cuba. Mi deseo era tan sencillo: ser el Corazón de Cristo, que es amor, en el corazón de Cuba.

Llegar aquí sin nada material, sin casa ni trabajo ni auto, ¿qué me importaba? Lo devastador, lo aplastante del golpe fue ver que mi proyecto no había sido el de Dios. ¿Me había abandonado Dios? ¿Había confundido el Sagrado Corazón de Jesús con la Sociedad del Sagrado Corazón? Las fundí en una misma espiritualidad, sin duda. La formación religiosa del noviciado es muy fuerte y en mí ardía una llama apasionada por pertenecer, por ser parte de esa luz de amor que brota del corazón herido de amor de Jesús, el Cristo. En estado de conmoción, en silencio y leyendo y rezando con la Biblia, fui a vivir a casa de mi hermana por dos semanas en lo que conseguía un apartamento y un carro para empezar a buscar trabajo.

Mi decisión de abandonar súbitamente la vida religiosa fue devastadora, pero también una gracia de Dios, que me hizo experimentar la desolación más honda. Fue cuando más cerca estuve de saber lo que se sentía en un corazón roto, como el de Jesucristo crucificado cuando fue atravesado por una lanza. Acaso solo para que pasara por esa experiencia me condujo Dios a esta loca aventura. Las hermanas cubanas que conocí en Chile —había otra pasando un tiempo en Santiago, además de la superiora que fue a visitarme— fueron mi peor encuentro. Sentí como si las residentes en Cuba estaban totalmente desinteresadas en una cubana de Miami que quería, deseaba fuertemente regresar a su patria. Pero para mí fue una aventura de amor a Cristo y a Cuba. Me bastaron pocos minutos de discernimiento interior para darme cuenta que yo sólo quería servir en Cuba. La superiora me dijo algo que fue cierto. Quedaba claro: Mi vocación no era ser religiosa. Lo que yo quería era regresar para siempre a Cuba. Y regresé a Miami, al exilio del cual tanto había anhelado irme. Aquí llegué a la intemperie. Partiendo de cero, habiendo quemado las naves, pero eso era para mí lo de menos.

Con los días se me fue revelando la verdad. Es que me había equivocado, los planes de Dios eran distintos a los míos. Muy superiores, por supuesto, lo pude ver después, con el paso del tiempo, cuando me fui recobrando lentamente. A los pocos meses de regresar, empecé a trabajar en la Arquidiócesis de Miami, dirigiendo el periódico La Voz Católica, y continué escribiendo columnas de opinión para El Nuevo Herald. En 2006 decidí dedicarme de lleno a trabajar como escritora, traductora y editora freelance, por mi cuenta y me fue bien hasta que me retiré en 2012.

Aunque sigo siendo una mujer de fe de tradición católica, ha cambiado radicalmente mi espiritualidad. Dejé de creer en la institución de la Iglesia, el clericalismo, el machismo, la misoginia arraigada en la jerarquía católica que vi desnuda en su más absoluta crueldad. Entonces estalló el escándalo de la pedofilia. Siendo yo la directora del periódico católico de la Arquidiócesis pude vivir muy de cerca la mentira, el disfraz, la hipocresía, la jerarquía. Lo que se formó cuando empezaron a salir a flote las denuncias de las víctimas fue horrendo. Pero ya todo eso pasó, han pasado muchos años de aquel 2002 en que en Estados Unidos el cardenal de Boston fue descubierto encubriendo a curas pedófilos para “proteger” a la Iglesia de escándalos, y así, miles de niños y niñas fueron violados y abusados sexualmente por curas y obispos, dejando a su paso las víctimas. Entonces, como una pandemia, se propagó por todo el mundo la misma fetidez: la pedofilia era un fenómeno cotidiano en la Iglesia católica universal.

Le doy gracias a Dios por mi liberación, que no se debió a esta infamia descubierta, sino a años de experiencia y contacto con otras tradiciones de fe —budista, hindú, ortodoxa, que me enriquecieron.

Han pasado 17 años del regreso a lo que he empezado a considerar, después de 56 años de exilio, mi país, Estados Unidos. Me he reconciliado amorosamente con Miami que es otra ciudad a la que conocí en las décadas del 80 y 90. Sigo yendo a misa y me considero cristiana, pero mucho más espiritual que religiosa, perdí la fe en la estructura y el clero. Aunque el papa Francisco ha salvado mi fe al tratar de reivindicar a la Iglesia que Jesús fundó, no la que hicieron de ella los cristianos a lo largo de los siglos. Francisco ha hecho renacer mi esperanza en que es posible una transformación radical, mucho más misericordiosa y menos jueza del cristianismo católico. El solo hecho de aceptar y abrir de par en par las puertas de la Iglesia a los homosexuales y acogerlos como hijos de Dios que son, participando en los sacramentos y haciéndolos sentir miembros amados del Cuerpo de Cristo es ya en sí una bendición en mi vida y en la de millones de gays católicos que se sintieron rechazados y condenados por siglos.

Me reencontré con Madeline Cámara, después de 20 años —la última vez que la vi fue cuando estaba ella en casa y casi llenamos el baúl de su auto con libros que eligió de la biblioteca—. Nos volvíamos a ver, con años y canas y experiencias que mostraban nuestra pertenencia ya a la tercera edad. Tiempo intensamente vivido por ambas, no hay duda. El reencuentro se dio en un restaurante de St. Petersburg, Florida, que daba por concluido un fin de semana precioso en Tampa. Había recorrido la ciudad, principalmente la martiana Ybor City, una noche de celebración de Halloween digna de la peor película de terror. Pero el viaje tuvo como motivo ver una iluminadora exhibición retrospectiva de Dalí en el museo que lleva el nombre de ese único pintor surrealista que nació del movimiento creado por André Breton en Francia en la década del 20 del siglo pasado. Excepcional exposición.

Aquellos días de museo, música y conversaciones no hubieran motivado estas meditaciones si no fuera porque Madeline me presentó un proyecto de publicación. Y con autoridad de editora, y también con la cercanía del afecto, me pidió que dejara correr la memoria, que contara de mi viaje hacia Dios y hacia Cuba. Recuerdo que ella llegó algo tarde al encuentro, pero qué alegría volver a verla y abrazarla. Imposible no recordar la última vez que nos habíamos visto. La biblioteca, mi desasimiento, su interés y asombro ante mis planes, y ahora esto.

Y este es el resultado de aquella invitación de Madeline en octubre de 2018. Escribo este final en mayo de 2020. He editado algo este recuento digamos que de un camino interior recorrido que me transformó. Hoy soy otra y la misma. Como dije me he acercado al budismo, al hinduismo y, algo muy importante, vivo en plena libertad mi orientación sexual gay. Un día muy lejano ya llegué a creer que la relación sexual homosexual era un pecado. Qué equivocada estaba, qué lejos de la verdad que hoy, guiada por los grandes teólogos, Richard Rohr, Ilia Delio y otros de gran actualidad, pero principalmente por las enseñanzas del papa Francisco y mi fe madura, educada, junto a una espiritualidad mucho más honda, seguidora del Cristo universal y de Teilhard de Chardin, he alcanzado la razón de ser de que lo que buscas creo haberlo encontrado. Me siento colmada, en paz conmigo y con el acontecer del mundo por más tenebroso que nos parezca. Hago lo que puedo. El resto está en manos de mi Dios.

Tengo 71 años, acojo feliz la vejez y la relativa pobreza en que vivo aquí en Miami, ciudad en la que se glorifica el éxito, que éste se evalúa y mide de acuerdo al dinero, el lujo de la casa (o casas) que posees, y muchos lujos materiales. La mía ha sido una vida aventurera, arriesgada, intensa, idealista y muy herida. Pero no creo que este aún al final de mi vida, me quedan años por vivir, pocos, pero quedan. He aprendido a valorar el ahora, como nos enseña Eckhard Tolle, como un tesoro. En eso estoy, aquí, ahora, llena del amor de Dios, de esperanza y de gratitud.

Versión ampliada del ensayo del mismo título publicado originalmente en la revista Surco Sur, de la Universidad de South Florida en septiembre de 2019. Vol. 9 > Iss. 12 (2019). https://scholarcommons.usf.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1276&context=surcosur

© cubaencuentro

Relacionados

De búsquedas y encuentros (I)

Dora Amador , Miami | 11/08/2020

Comentarios

Subir


En esta sección

Del discurso político mezquino, en Cuba y Miami

Alejandro Armengol , Miami | 13/08/2020

Comentarios


De búsquedas y encuentros (I)

Dora Amador , Miami | 11/08/2020

Comentarios


Eusebio Leal: ¿a qué era leal?

Haroldo Dilla Alfonso , Santiago de Chile | 04/08/2020


Eusebio Leal en la memoria

Jorge Dávila Miguel , Miami | 03/08/2020

Comentarios





Los cortocircuitos anticastristas en el asesinato de JFK

Arnaldo M. Fernández , Broward | 10/07/2020

Comentarios


Un acierto de Trump

Waldo Acebo Meireles , Miami | 08/07/2020

Comentarios


Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (IV)

Jacobo Machover , París | 08/07/2020


Subir