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Opinión

En clave cifrada (I)

Lecciones de la confesión del escritor alemán Günter Grass sobre su pasado en las SS nazis.

"...Y sin embargo me he negado durante décadas a confesarme la palabra y las dos runas [SS]. Lo que acepté con el estúpido orgullo de mis años mozos, quise callármelo después de la guerra por causa de una vergüenza creciente. Pero el lastre seguía ahí, y nadie podía aligerarlo".

Leyendo este conmovedor extracto de las recién publicadas memorias de Günter Grass (n. 1927, Gdansk/Danzig) Beim Häuten der Zwiebel ( Pelando la cebolla), se tiene la impresión de que no habría nada más que reprocharle. No ha sido así. El libro ha suscitado un gran escándalo.

En primer lugar, porque a partir de El tambor de hojalata (1959) Grass, que además de escritor es pintor y escultor, se convirtió en una especie de Lacoonte ético de la RFA al exhortar a tocar fondo en el ajuste de cuentas individual y colectivo con el pasado nazi, so pena de reincidir en el círculo vicioso que hizo posible el ascenso de Adolf Hitler. No tenía razón: ni el fantasma del Tercer Reich volvió a alzarse jamás en la antigua República Federal —más allá de unos cuantos cabezas rapadas—, ni la Alemania reunificada representa una amenaza para Europa y el mundo, ni siquiera en el deporte.

Francotirador implacable, Grass se ha visto a menudo expuesto al fuego cruzado de la izquierda, por sus discrepancias con la generación del 68, la RDA y el bloque soviético; y de la derecha, por sus ataques al bando demócrata-cristiano y a la Iglesia. Pero nunca antes el cuestionamiento de su rol como "instancia moral" había sido tan radical como ahora. Inerme ante las furiosas andanadas de sus adversarios, les ha imputado la torcida intención de reducirlo al status de "no persona".

Dos cargos veniales y una circunstancia agravante

¿De qué se acusa a Grass esta vez? En principio, de tres cargos, dos veniales y una circunstancia agravante. Primero, haber portado a los 17 años las infamantes runas de las SS-Waffen, que eran divisiones de tropas especiales encuadradas en las SS (Escuadrones de Protección a las órdenes de Himmler). Segundo, haber tardado más de 60 años en dar a conocer el dato; y tercero, la innegable doblez de haber sido inmisericorde con quienes no pudieron o jamás intentaron negar su pertenencia al aparato represivo nazi. Lo fue hasta con un ex disidente del nazismo como Konrad Adenauer, primer canciller federal de la RFA.

El tercer cargo es el más oneroso, puesto que conlleva una autodescalificación para juzgar conductas ajenas y pone en tela de juicio al núcleo de su poética, centrada en el leitmotiv de la rendición de cuentas. Por si fuera poco, frecuentes omisiones, lapsus y opacidades en pasajes claves del texto, han despertado suspicacias sobre el expediente del joven miembro de las SS-Waffen. A ello se suma un olvido aún más desconcertante: Grass admite desconocer los motivos de su largo silencio.

Con su tardía confesión del 12 de agosto al Frankfurter Allgemeine Zeitung, Grass ha clavado de paso la última puntilla en el féretro de la moribunda tesis sartreana del engagement intelectual. Víctima de su propio maniqueísmo, se halla, pues, contra la pared como intelectual comprometido. La controvertida entrevista en el canal ARD, si acaso, ahondó el foso bajo sus pies al no poder aportar él más datos concretos a su favor que la súplica de leer sus memorias.

Devorado el libro de 480 páginas por tirios y troyanos, leído su no menos vago mea culpa al alcalde de Danzig, ciudad que por iniciativa de Lev Walesa amenazaba con privarlo de la ciudadanía honoraria, el veredicto de incompetencia como homo politicus sigue en pie, al tiempo que han surgido nuevas evidencias en pugna con sus memorias. La crítica más acérrima ya había descartado de antemano su derecho a eximirse del juicio ajeno, mediante el recurso de erigirse en juez de su propia causa.

Pese a los tres años que Grass dedicó a redactarlo, el libro evade el nudo del relato. Se le hace además una objeción de estilo: en lugar del tono sobrio, objetivo, confidencial, propio del género, en Pelando la cebolla casi todo se dice en imágenes, metáforas y juegos de palabras, en esa bella prosa de abordaje oblicuo que es la marca de fábrica del estilo grassiano, pero que está fuera de lugar en una confesión autobiográfica.

Se ha dicho con razón que, más que ante el recuerdo de las peripecias del joven Grass hasta 1959, estamos en presencia de su última novela. Su curiosa amnesia parcial es comprensible en parte por el más de medio siglo transcurrido. No así el olvido de los pormenores de su tráfago por las SS-Waffen. Aquí —deducen sus adversarios— debe tener algo doloroso que ocultar. A falta de pruebas, se le ha concedido el beneficio de la duda: retendrá todos sus honores y premios, incluido el Nobel, como ya ha asegurado la academia sueca.

Con todo, muchos suponen que, en sentido freudiano, reprime aún por algún oscuro motivo datos desagradables de su subconsciente. De hecho, Grass, moralista compulsivo por naturaleza, reaccionó al complejo de culpa proyectando sistemáticamente su trauma personal sobre la sociedad en su conjunto. Ahora lo sabemos: ese leitmotiv oculto se extiende como un hilo conductor a lo largo de toda su obra. Visto desde esta óptica, el Oskar Matzerath de El tambor vendría a ser su alter ego ideal, el pilluelo ingenuamente lúcido y desvergonzado pero impoluto que Grass hubiera querido ser en su adolescencia.

Otra imagen significativa en este sentido es la del joven que se tapa la prominente manzana de Adán con una cruz de hierro en El gato y el ratón (1961). Es como si Grass no hubiera hecho en toda su obra de postguerra otra cosa que expiar en clave cifrada esa culpa parcialmente inconfesa. Parcialmente, porque lo esencial ya había sido confesado por él. Sólo faltaba un detalle. Pero aquí viene a cuento aquello de que "el diablo está en los detalles".

La peculiaridad alemana

A la luz de las actitudes adoptadas por no pocos exiliados cubanos que se limpian el plumaje declarando que ellos nunca fueron comunistas, no debe resultarnos extraño el motivo real de Grass para ocultar hasta la vejez su relación personal con las SS-Waffen. La peculiaridad alemana consiste en que el régimen nacionalsocialista fue un fenómeno totalitario sin resquicios, a diferencia del castrismo, más semejante al ambiente relajado bajo el fascio italiano. En la Italia de Mussolini, según Dario Fo en el Corriere della Sera a propósito de Grass, prevalecían "el oportunismo y la voluntad de sobrevivir".

La divisoria complaciente entre la maldad absoluta y la complicidad forzosa pasaba en el Tercer Reich justamente por la trocha imaginaria entre las SS, la Gestapo y el NSDAP (partido nazi) y los tribunales hitlerianos, a una orilla y, en la orilla opuesta la Wehrmacht, la Defensa Antiaérea (ennoblecida por su carácter defensivo), el Arbeitsdienst (homólogo de nuestro Ejército Juvenil del Trabajo), la Juventud Hitleriana (desliz juvenil), la baja burocracia, el arte, la literatura, el teatro y demás órganos de la densa red institucional del nacionalsocialismo (pecado venial).

De ahí la insistencia pasada de Grass —reflejo de la generalizada manía defensiva de simular lo que no se fue bajo Hitler— en rebajar su grado de involucramiento a las instituciones más "inocuas" del nacionalsocialismo. Al juzgar su desmemoria, el quid de la cuestión está en saber si el haber reconocido a tiempo su pertenencia a las SS-Waffen no lo hubiese vetado para el Nobel. Lo más probable es que, dada la enorme carga negativa del tabú de las SS en Europa, jamás se lo hubieran otorgado.

El invento sacramental más humano

Por lo demás, forzado a bajar el índice didáctico desde el principio, su poética de rendición de cuentas habría tenido que asumir un tono menos irreverente. Ese enfoque moderado habría congeniado mejor con su temprana adhesión a los postulados evolucionistas de Eduard Bernstein (1850-1932), uno de los fundadores de la socialdemocracia alemana (SPD).

Pero, pese a la genialidad literaria de Grass, le habría obstruido el tránsito al seductor oxímoron del socialismo democrático, al patronato de la amistad germano-polaca y, sobre todo, a esas posturas profetizantes, anticapitalistas y globalofóbicas que, junto con el antinortearicanismo, constituyen hoy el aval extraliterario más eficaz para merecer el Nobel.

En cambio, desde la publicación de El tambor, Grass se enganchó al tren socialdemócrata. Es probable que, a todo lo largo de su meteórico ascenso, se sintiera amenazado por aquella espada de Damocles pendiente sobre su cabeza y que a ratos se olvidara del asunto.

Lo cierto es que escurrió el bulto y, o no se le ocurrió, o dejó pasar varias ocasiones propicias a la catarsis, como cuando en 1969 uno se sus oyentes se suicidó en plena sala de conferencias enloquecido por una de sus lecturas, cuando explicaba el Holocausto a los escolares o cuando Kohl y Reagan visitaron un cementerio donde yacían compañeros de armas suyos de la división Frundsberg de las SS-Waffen y pudo haber estado enterrado él mismo, si las esquirlas que lo hirieron al final de guerra lo hubieran matado.

El suicidio de aquel pobre hombre debió haberle enseñado que, por monstruoso que sea su crimen, nunca se debe llevar a un individuo al borde la psicosis, muchos menos a un pueblo entero y las generaciones posteriores. En ese aspecto, Grass podía haber aprendido de la Iglesia Católica, cuyo invento sacramental más humano es la confesión con su perdón de los pecados humanos.

Sea que, como barruntan los más suspicaces, se adelantó a la apertura en 2007 de los archivos de la Wehrmacht en Berlín; sea que, una vez en posesión del Nobel, dejó pasar un lapso prudencial para sacarse esa espina del alma, lo cierto es que Grass encaja desde su adolescencia, como él mismo se regodea en describirse en Pelando la cebolla, en el estereotipo general del Emporkömmling en la literatura alemana (en inglés, diríamos self made man), esto es, del joven de modesta extracción, o de familia pudiente venida a menos —como el Felix Krull de Thomas Mann—, talentoso y luchador, resuelto a abrirse paso en una sociedad estamental.

Y es que los humanos podemos cambiar de idiosincrasia pero no de temperamento y carácter; ésos los arrastramos de un sistema a otro, adaptándolos automáticamente a la nueva situación. Grass es, pues, igual que todos nosotros, él y sus cambiantes circunstancias. En este sentido, recuerda a Goethe, que también venía de abajo y sabía simular y poner a un lado sus escrúpulos. En fin, cuanto se le atribuye a Grass es en el fondo pecata minuta per se. Su error consiste en haber tirado la primera piedra...

La única oportunidad

Para entenderlo mejor, en el sentido del párrafo anterior, hagamos aquí una digresión a fin de romper el tabú de lo "políticamente correcto" y hablar sin recato, como se suele hacer a propósito de la revolución cubana, de las "conquistas sociales" del nacionalsocialismo.

Aunque igualmente dudosas, también las tuvo. El nacionalsocialismo, que allanó por primera vez en Alemania las barreras sociales, representaba a los ojos del joven Grass, aún desconocedor de su inmenso talento, la única oportunidad de remontar la pendiente en un país signado hasta la fecha por la inmovilidad social. Todavía hoy un ínfimo porcentaje de los prominentes en todas las esferas proviene de las clases bajas.

A quien objete que hay diferencias, le diré que rompa sus clichés: el nazismo no sólo fue una de las revoluciones totalitarias más crueles de la historia, sino también la más eficiente desde no pocos ángulos, incluido el social. Es algo que tiene que ver con la herencia prusiana de orden, perseverancia y funcionalidad, allí donde la nuestra, hispana, se distingue por todo lo contrario. Funcionaban a la perfección en el Tercer Reich la infraestructura (impecable), la educación (doctrinaria pero sólida), la sanidad (sin privilegios para extranjeros ni penurias alimenticias), la recreación ( Volkswagen significa "Auto del Pueblo") y la seguridad social (cero mendicidad y desamparo).

De hecho, Hitler logró durante un tiempo la cuadratura del círculo populista: un marco (moneda) imperial sólido, pleno empleo y salarios decentes para la clase obrera; tierra, créditos y mercado asegurado para el campesinado; oportunidades de ascenso social para la pequeña burguesía y márgenes de ganancia insospechados para la empresa privada y los grandes consorcios, además de contratos ventajosos para artistas, profesionales y científicos, y un proyecto de "hombre nuevo" (bestia rubia de ojos azules, muy apreciada por cierto en los pueblos trigueños) y sociedad futurista.

Cuando las arcas estatales crujieron bajo el peso de la megalomanía bélica, el fisco nazi se cuidó hasta la catástrofe final de afectar a las clases bajas y aumentó los impuestos a los consorcios. Legiones de intelectuales extranjeros de todos los pelajes loaban a Hitler en Alemania y hostigaban en casa a los "apátridas" emigrados. Sudamérica vibraba de admiración por Hitler como hoy lo hacen aún demasiados por Fidel Castro. El nacionalsocialismo cumplió, pues, al pie de la letra lo prometido en su sigla NDSAP: Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. A su aviesa manera, fue en efecto todo eso a la vez.

He ahí lo que mayormente vio y oyó Grass a su alrededor desde la niñez. Según él, sucumbió a los lemas antiburgueses del nacionalsocialismo, cuya propaganda, como la del castrismo y la progresía, no daba tregua a las democracias occidentales, el capitalismo liberal, los derechos humanos, Estados Unidos, los judíos y el cristianismo, o sea, condenaba en bloque los fundamentos mismos del mundo occidental y ponía también el énfasis en la diversidad étnica.

Junto con el joven Grass millones de socialdemócratas, comunistas, conservadores y liberales, más de grado que de fuerza —después de que decenas de miles de sus correligionarios inauguraron los campos de concentración—, bailaron al compás del nuevo régimen.

Nota final: Permítaseme, a modo de exorcismo, una breve digresión aclaratoria sobre mis vínculos con Grass. Me une a este autor alemán una deuda de gratitud que deseo reconocer aquí una vez más a fin de que no interfiera cuando analice las causas y consecuencias de su tardía revelación. En 1987, siendo germanista en la Editorial Arte y Literatura, me tocó en suerte proponer El tambor de hojalata, editado en 1989 con prólogo mío.

Grass jugaría un papel providencial en mi vida. A saber, en su visita a La Habana en 1993, insistió ante las autoridades culturales en entrevistarse conmigo, a la sazón encarcelado junto con otros tres dirigentes del desmantelado grupo opositor Criterio Alternativo. El deseo le fue concedido sin más trámites que una solicitud del presidente de la UNEAC.

Durante nuestra discreta entrevista en el hotel Lincoln, Grass me brindó su "ayuda colegial", léase pecuniaria. (A la salida, por cierto, cruzando con su esposa e hijo la esquina de Neptuno y Consulado, hizo este lacónico comentario: "La Habana huele a Calcuta"). Poco después cumplió su palabra. En al menos tres ocasiones, por añadidura.

Gestos como los suyos dan fe de la solidaridad gremial, suprapartidista, de un hombre que financia de su bolsillo la fundación que lleva su nombre y no vaciló en sacar la cara por la novelista Christa Wolf y el dramaturgo Heiner Müller, puestos en la picota a raíz de la caída del Muro de Berlín. Su generosidad se acrecienta a mis ojos por el hecho harto probable de que, hombre que suele encajar mal las críticas, no ignoraba las objeciones que yo le había hecho a su obra en el prólogo de El tambor, donde, afirmo, entre otras cosas, que no sabe "hacer uso de la tijera".

En lo material zanjé mi deuda con él; en lo espiritual sigue pendiente. Pero, puesto que no veo a Grass como un árbol caído (como literato, está ahora más lejos de serlo), tampoco deseo saldarla con el sólito autobombo de los intelectuales, sino con la continuación en libertad de un análisis constructivo que por fuerza debió quedar a medias allá en La Habana. Fui y sigo siendo, pues, un admirador del Grass escritor y, aunque difiero de él en política, respeto sus criterios.

© cubaencuentro

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