Opinión
En clave cifrada (II)
A la larga, la ganancia será neta para Günter Grass y su obra, si logra vencer su incapacidad para separar vocación política y quehacer literario.
Lo otro, la cara fea del nacionalsocialismo —que aquella esplendidez era sólo para arios y estaba en función de la guerra; el culto a la muerte, el Holocausto judío y gitano, el exterminio de los anormales y los disidentes, los planes de esclavizar a los eslavos, la inferiorización de la mujer y la homofobia—, o no la vio o no la quiso ver, como siempre ha admitido. Y de poco sirve traer aquí a colación, en su contra, el caso excepcional de la adolescente Sophie Scholl y sus compañeros de la Rosa Blanca, cuya protesta pacífica en Munich les costó la vida. No eran más que eso, la excepción que confirma la regla.
En Pelando la cebolla, Grass pinta sus condiciones de vida en Gdansk con una mezcla de ternura y despecho, explicando su desespero por ingresar en las tropas élites del régimen como una manera de escapar a las estrecheces de la vida cotidiana en el seno de una familia de tenderos de ultramarinos. Su padre y su madre eran leales al Führer hasta el punto de cerrarle la puerta sin piedad a la tía cachuba (etnia polaca oriunda de Gdansk), tras el fusilamiento de su marido.
A los 15 años, Grass se presentó voluntariamente para servir en la flota submarina del Tercer Reich. (Lo hizo por las mismas razones que mueven a tantos jóvenes cubanos a ingresar en las Avispas Negras, los Boinas Rojas, las Tropas Especiales, la Brigada Especial o la Seguridad del Estado). Lo rechazaron por no haber cumplido aún la edad requerida. Enseguida fue llamado a pasar un test de aptitud para el mando en las oficinas de reclutamiento de las SS-Waffen, con idéntico resultado, a pesar de su entusiasmo.
Militó en la Juventud Hitleriana y era lo bastante fanático como para estar dispuesto a inmolarse por el Führer, aun después de escuchar el apocalíptico discurso de Goebbels sobre la "guerra total". Y a punto estuvo de lograrlo cuando las esquirlas de un obús ruso se le encajaron en una pierna.
Luego viene la descripción de la escena en que, tras la capitulación oficial de Alemania, se despoja de las insignias de las SS a instancias de un camarada. Cuesta creerle cuando asegura que durante toda esa fase de hecatombe final apenas escuchó voces críticas y que, siendo artillero de una de las divisiones motomecanizadas más poderosas de las SS-Waffen entre septiembre de 1944 y mayo de 1945, no disparó un solo tiro.
Grass mintió al contar, años después, que conoció por primera vez la discriminación racial al oír a los militares blancos del campo de prisioneros de guerra norteamericano llamar nigger (niche) a sus colegas negros. Es difícil creer que no haya leído Mein Kampf (Mi lucha), de Hitler, ni oído hablar de un campo de concentración situado a sólo dos aldeas del Conradinum, su instituto de bachillerato.
No miente, en cambio, cuando asegura que en calidad de prisoner of war (POW) fue llevado a Dachau y salió de allí creyendo todavía que aquellos montones de cadáveres eran propaganda enemiga.
Tras la guerra
En total, pasó sólo 134 días en cautiverio. Sus captores, a cuya indulgencia debe la supervivencia (los soldados rusos lo hubieran ultimado sin ceremonias al verle las dos runas o, con suerte, enviado a la Siberia hasta que lo rescatara Adenauer a mediados de la década siguiente), no sólo lo pusieron en libertad con 107 dólares (unos 3.000 euros de hoy) en el bolsillo para comenzar una nueva vida, sino que luego ni siquiera se tomaron el trabajo de poner fuera de juego al molesto escritor alemán, mediante simple recurso de dar a conocer el acta de liberación en su poder, donde consta que Grass fue miembro de las SS-Waffen.
Después de la guerra, Grass fue por breve tiempo peón agrícola y minero, hasta que en 1947 inicia en Düsseldorf un aprendizaje como marmolista y poco después matricula en la Academia de Arte de la ciudad. En 1955 debuta con un tercer premio en un concurso de poesía convocado por la Radio Sur de Alemania. Hasta entonces no se había vuelto a interesar por la política. Su personal ajuste de cuentas con el nacionalsocialismo habría de ser lento y penoso. Según él, concluye a mediados de los años cincuenta, o sea, de seis a diez años después de la guerra. Fue, por tanto, un joven reacio a la campaña de desnazificación.
Ignoramos cuándo surgió en él esa fobia contra Estados Unidos. Pero, como el rechazo de plano a la "decadencia burguesa" del mundo occidental, el antinorteamericanismo no es necesariamente un rezago del adoctrinamiento juvenil, sino el primer síntoma de la metamorfosis de un hombre joven que ha descifrado al fin el nuevo código social y se afana en buscar su nicho particular en el sistema.
Donde antes había tenido que decir que 'sí a todo' para prosperar, ahora había que decir en principio 'no' a cuanto oliera a oficial, sobre todo si uno elegía el campo literario. Eligió esa poética. Sus primeros textos, escritos bajo el fascismo, se habían extraviado, aunque es de suponer que no estarían en contradicción con la ideología oficial. No le regalaron nada tampoco esta vez. Pero, ya consciente de su incomparable talento, remontó la escalera social en tres años de ardua labor literaria.
Su primer bestseller, El tambor, fue una cucharada de aceite de ricino para la Alemania edulcorada, con grandes dosis de humor grotesco, cínico, corrosivo. Se consagraba así como el gran aguafiestas del "milagro económico alemán", base de su propio ascenso.
Hablar en nombre de la nación
Grass se sintió reafirmado y repitió la dosis ad nauseam, aplicando al dedillo las nuevas reglas de juego a las otras dos piezas de su célebre trilogía de Danzig: El gato y el ratón (Katz und Maus, 1961) y Años de perro (Hundejahre, 1963).
A partir de ahí no se dio descanso. Siguieron en rápida sucesión, por citar sus mejores relatos barrocos, El rodaballo (1977), El encuentro de Telgte (1979), Partos mentales (1980) y La ratesa (1986), cuatro novelas que incorporan a su repertorio otros tantos elementos postmodernos. A saber, la pretensión de abarcar la historia de la humanidad, el papel revitalizador de la cultura, el fracaso de la revuelta estudiantil del 68 y el pesimismo apocalíptico.
No hay nada reprobable per se en esas inquietudes nacionales e internacionales, ni mucho menos en su defensa del diálogo, la tolerancia y la no-violencia, en la que ha sido siempre consecuente. Ahora bien, Grass no es del todo coherente en sus enfoques de la situación de su país y del mundo.
Dentro de Alemania su rol de "conciencia crítica de la nación" se da de narices con su proselitismo activo a favor de los socialistas y en contra de los conservadores, en virtud del cual se ha enajenado siempre a más de la mitad de una ciudadanía predominantemente cristiana, con el consiguiente daño colateral para la recepción popular de sus libros. Es imposible hablar en nombre de la nación cuando se privilegia a una determinada formación política.
Por la misma razón, su latiguillo del katholisher mief ("tufo católico"), tan grato a los jóvenes protagonistas burgueses de la revuelta del 68, tampoco es la mejor carta de triunfo para ganarse el corazón de los polacos, que son en su mayoría católicos practicantes y no todos viven en Gdansk.
Zigzagueo de cara al castrismo
En el caso de los países latinoamericanos —y de Cuba en particular— cae, para disgusto del difunto Jesús Díaz en su momento, en la incongruencia de dictarles ex cátedra a sus pueblos el modelo castrista que rechazaría para la Europa desarrollada. Es de lamentar que esa postura, más basada en su fobia al establishment norteamericano que en un conocimiento cabal de la Isla y Sudamérica, se revierta en un conspicuo zigzagueo de cara al castrismo.
Veamos: en 1971 es uno de los intelectuales de fuste que firma por la excarcelación del poeta Heberto Padilla. En mi caso, se interesa en 1993 por la suerte de un disidente preso y, acto seguido, aboga por el diálogo y la tolerancia en misma sede de la UNEAC de donde fui expulsado junto con la poetisa María Elena Cruz Varela, también en la cárcel.
En 2003 firma la carta de condena al gobierno cubano por la redada de la Primavera Negra. Apenas dos años después hace otro tanto en defensa de los cinco espías castristas arrestados en Estados Unidos, echando, tal vez sin querer pero de facto, en un mismo saco a opositores pacíficos y vulgares soplones del exilio a cuenta de un régimen que él mismo calificara de "dictadura".
El efecto retroactivo de ese acercamiento a los malabarismos ideológicos de la progresía, el lastre de su parcialidad dentro y fuera de Alemania y, en especial, el vicio oracular de pontificar sobre acontecimientos en curso, harán declinar sensiblemente su estro en textos cada vez más infelices. Ejemplos de ello son: Malos presagios (Unkenrufe, 1992), Es cuento largo (Ein weites Feld, 1995, sobre el supuesto fiasco de la reunificación alemana; de nuevo el aguafiestas), Mi siglo (Mein Jahrhundert, 1999) y A paso de cangrejo (Im Krebsgang, 2002), sin duda su relato más ambivalente, razón por la cual fue publicado en Cuba el año pasado.
Romper el tabú de los tabúes alemanes
El Nobel llegó. Pero Grass había llegado a la cúspide levantando desde el principio el índice del magister dixit. Luego, consciente y/o inconscientemente, acaso la euforia del éxito, su galopante agenda narrativa, el aluvión de premios y honores, la consolidación de su prestigio internacional, el lastre cumulativo de haber sido durante tanto tiempo azote de sí mismo en carne ajena, el horror creciente a las consecuencias de un destape extemporáneo de sus nexos con las SS-Waffen y, la perspectiva del Nobel y su obtención, le fueron haciendo cada vez más difícil romper el tabú de los tabúes alemanes de postguerra desvelando su pacto fáustico juvenil con el nacionalsocialismo.
A la postre, cedió al pertinaz aguijoneo de su conciencia. Tres años le tomó preparar su autodefensa, y lo hizo de la única manera asequible a un viejo narrador que ya confunde la ficción con la realidad: como texto literario. No funcionó. Y Grass —amante de la buena vida, gourmet, fumador, bailador, galante y dicharachero, en suma, hedonista a la cubana— está viviendo por primera vez desde la postguerra un pasajero cuarto de hora amargo.
Antes bebieron la cicuta griega el cronista Günter Wallraff, otrora paradigma de la literatura de denuncia en la RFA, caído en desgracia hace poco por apuntalar sus espectaculares reportajes con datos de la STASI (Seguridad del Estado de la RDA); y el narrador neoexistencialista Peter Handke, por haber llevado su plaidoyer por Serbia hasta la aflicción al pie de la tumba abierta de Slobodan Milosevic. No se salvaron.
Igual suerte corrieron los escritores abiertamente comprometidos con el régimen de Erich Honecker: sus obras completas —tomen nota, por favor, los plumíferos incondicionales del patio— sirvieron como materia prima de la industria papelera o se apolillan en las bibliotecas como documentos de interés arqueológico.
Con la enorme salvedad de que a Grass, como a sus colegas germanoorientales Christa Wolf, Cielo dividido (1961) y Casandra (1983); y Anna Seghers, La séptima cruz (1942), lo salva la calidad de buena parte de una vasta (largos meses de lectura hasta para el lector más tenaz) obra que, parafraseando a Hans Enzensberger, "sofocará a críticos y filólogos" durante generaciones.
Tanto más que ahora su narrativa (la más filmada después de la de Thomas Mann) cobra el interés adicional de una lectura psicosocial a la luz de la verdadera identidad del autor en el pasado, de su engorroso silencio y de lo que ha sido hasta hoy su pecado original: una notoria incapacidad para separar vocación política y quehacer literario, que ya yo había entrevisto en el prólogo de El tambor.
Tan pronto las aguas vuelvan a coger su nivel, quedará el escritor con cinco o seis libros sólidos, trascendentes, y en opinión del gurú indiscutible de la crítica literaria alemana, Marcel-Reich Ranicki —nada sospechoso de parcialidad porque, entre otras invectivas contra él, sacó de quicio a Grass al aparecer en la portada del semanario ilustrado Der Spiegel rajando en dos un ejemplar de Es cuento largo—, al menos dos obras maestras.
A la larga, la ganancia será neta tanto para Grass y su obra futura, porque seguro volverá a responder literariamente, como para sus epígonos y lectores. A condición de que destierre de sus libros al homo politicus, baje el índice y en lo sucesivo, siguiendo el saludable consejo de Dario Fo, que sabe de qué está hablando porque él mismo actuó para las tropas del duce, "se acerque más a la fragilidad de todos". Por lo demás, sería un tono más acorde con el otoño de la vida de un escritor que celebrará el año que viene su aniversario 80.
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