Opinión
Una guerra no convencional
¿Pasa por la derrota total de Hezbolá la posibilidad de que haya una paz duradera en el Medio Oriente?
Quien quiera pensar acerca de la guerra que en julio de 2006 comenzó en Líbano, ha de partir de una premisa sin la cual nadie entendería nada: Esta no es una guerra de Israel contra Líbano, sino una guerra que tiene lugar en Líbano contra una organización terrorista, esencialmente antiisraelí, que posee armas de exterminio masivo, entre ellos cohetes de largo alcance, armas que ni siquiera algunas naciones árabes de la región disponen (Jordania, Arabia Saudita o el propio ejército del Estado en Líbano).
Una guerra poco convencional
Que una organización terrorista posea armas aún más destructivas que algunos Estados en una región, es un hecho que viola cualquier acuerdo y principio internacional en cualquier lugar del mundo. Imagine el lector cómo reaccionaría la comunidad política internacional si las FARC colombianas o la ETA española, para poner dos ejemplos conocidos, estuviesen en posesión de semejantes armamentos.
Eso explica el por qué algunos comentaristas que comenzaron —ante el espectáculo cruel y mediático que cada guerra conlleva— a criticar la avanzada aérea israelita, estén modificando su opinión frente al autodevelamiento militar de Hezbolá, y más de alguno ya ha criticado a Israel no porque ha atacado a Hezbolá, sino por haber demorado tanto su ataque contra Hezbolá en las regiones en donde opera.
La guerra entre Israel y Hezbolá es inconvencional, pues no es una guerra entre dos Estados, sino entre un Estado, el de Israel, y una organización terrorista. De ahí que de acuerdo con los cánones que rigen en materia de política internacional, sea difícil calificarla como guerra, y en eso tiene razón Tel Aviv.
En verdad, se trata de otro tipo de guerra, de una guerra postglobal, para emplear la expresión de Herfried Münkler ( Die Neuen Kriege, Reinbeck, Hamburg 1992), muy similar a aquella tan fantasmal, pero igualmente real que libra EE UU contra organizaciones terroristas como Al Qaeda.
Naturalmente, las organizaciones terroristas no viven en el aire, sino que están situadas en territorios nacionales, como ayer Al Qaeda en el Afganistán de los talibanes u hoy en Irak, y Hezbolá en Líbano. Hezbolá, en estricto sentido del término, es una organización libanesa de inspiración iraní. Como es sabido, fue fundada por el ayatolah Jomeini, en aquellos tiempos en que los chiítas persas jugaban con la idea de una revolución islamista de carácter permanente, comandada por el chiísmo iraní, y en toda la región islámica.
Ese carácter transnacional es la diferencia esencial entre Hezbolá y Hamás, institución ésta última que, pese a ser una organización terrorista es, además, un partido político (y de gobierno) genuinamente palestino.
Ahora bien, para Joschka Fischer, ex ministro de Relaciones Exteriores del gobierno alemán, y viejo zorro en la diplomacia del Medio Oriente, el problema no reside en el hecho de que Israel haya atacado muy pronto o muy tarde las instalaciones bélicas de Hezbolá, sino en la casi total falta de compromiso, no sólo con Israel, sino con la paz en la región, demostrada por lo que él llama: "el cuarteto del Medio Oriente" ( Die Seit, 20 de julio de 2006).
El cuarteto del Medio Oriente
¿Quiénes son los miembros del cuarteto? Según Joschka Fischer, cuatro "unidades" que no se encuentran en el Medio Oriente, pero que a la vez son determinantes en el curso que asumen sus conflictos: EE UU, la UE, la ONU y Rusia. En la diagramación de ese cuarteto, hay que reconocerlo, es Fischer muy preciso. Se trata de dos organizaciones: una mundial y otra regional; y de dos Estados: EE UU y Rusia. Es decir, una unidad hegemónica en el llamado concierto mundial.
Fischer parte de la idea, en cierta medida kissengeriana, de que un mundo sin hegemonía es un mundo sin orden (toda relación sin hegemonía es caótica). A la vez, igual que Kissinger, llega Fischer a la conclusión de que, en el Medio Oriente al menos, una sola potencia no se encuentra de por sí en condiciones de ejercer hegemonía, sino que esto sólo puede suceder a partir de una combinación de naciones y de organizaciones mundiales que hasta un determinado momento sean las más representativas.
Más aún, se trata, efectivamente, de una estructura no formalizada, esto es, que no ha sido preconstituida ni diagramada por nadie antes de que apareciera. Es la hegemonía que se ha dado el mundo en que vivimos; es el resultado de una correlación de fuerzas; es un hecho dado, en el sentido más positivista; es la realidad de hecho y no la que se desearía, es decir, el mundo tal cual es. En ese mundo hay cuatro unidades que en sí, por separado, no pueden ser hegemónicas y que sólo pueden serlo en la medida en que se articulen entre sí.
Lo que quiere decir Fischer, buen alemán al fin, es que la idea del "cuarteto" existe antes de que ese cuarteto se haya constituido, y ese cuarteto internacional, al no haberse, aunque sea informalmente, constituido, no puede ser todavía hegemónico en términos políticos. Pero a la vez, ese cuarteto debe constituirse de una vez por todas pues, de lo contrario, el orden del caos tendrá que surgir de otro lugar menos hegemónico, como esta ocurriendo ya en nuestros días: en el Medio Oriente.
Ahora bien, ese cuarteto, al no constituirse todavía a sí mismo, ha fracasado aún antes de existir, al no hacer cumplir las resoluciones que han surgido bajo el consenso de cada unidad. Entre ellas, la resolución 1559 que obligaba a todos, a todos, no sólo al débil Estado libanés, no sólo a Israel, sino que, además, a todos los que estaban involucrados con ese cuarteto, a hacer cumplir esa resolución. Y esa resolución dice claramente que Hezbolá deberá ser desarmado.
Ahora, si "el mundo" a través de la representación de ese cuarteto no desarmaba al terrorismo de Hezbolá, y el terrorismo de Hezbolá no estaba dirigido contra el mundo sino contra Israel, la única nación del Medio Oriente que no sólo podía, sino que además debía desarmarlo, es, no puede ser otra, que la de Israel.
Ataque en defensa propia
Tel Aviv, por demás, no tiene más alternativa frente a una organización que la amenaza a muerte, que desarmarla con sus propias fuerzas, cueste lo que cueste; y como ya estamos viendo en televisión, cuesta mucho. Entre otras cosas, cuesta muchas vidas. Pero seamos honestos al fin, ¿qué otra alternativa tenía Israel? ¿Seguir esperando que el terrorismo de Hezbolá continuara armándose hasta alcanzar la posibilidad atómica? ¿Esperar que el cuarteto de Fischer se constituyera de una vez por todas?
Israel atacó primero, quién lo puede dudar, pero atacó en defensa propia. Cualquier otro Estado del mundo, en las mismas condiciones, habría hecho lo mismo. No seáis hipócritas.
Ningún miembro del cuarteto de Fischer puede imponer orden por sí sólo. Cada uno, solo, se encuentra en una situación internacional muy precaria. Estados Unidos, porque su gobierno, el de Bush, es en estos momentos el más odiado del mundo, y no sólo porque ha tenido que llevar a cabo difíciles guerras, sino por la incapacidad congénita de su gobernante por revelar el sentido, el carácter y la necesidad de tales guerras.
Putin, por su parte, a través de medios autocráticos, se esfuerza en aparecer como heredero del antiguo imperio soviético, haciendo zancadillas cada vez que puede a los demás miembros del cuarteto, a fin de no perder el perfil de "gran potencia" con el que quiere presentar a Rusia frente al "resto del mundo". Un día se acerca a Corea del Norte, otro a Irán, ofende a Israel cada vez que puede, se une con dictaduras terribles e incluso vende Kalashnikovs oxidados a militares latinoamericanos para que se "defiendan" (¿?) del "imperialismo norteamericano".
Una Europa inhabilitada
La Unión Europea, en tercer lugar, no pasa de ser una unión primordialmente comercial y monetaria, y su perfil político no ha podido ser encontrado por ella misma. Cada vez que actúa políticamente cae bajo el peso de aquella "vieja Europa" antiunitaria de la que no puede liberarse. Políticamente, cada país europeo actúa por su cuenta de acuerdo a mandatos ocasionales que provienen desde la política interior.
Y por si fuera poco, Europa se encuentra inhabilitada para actuar por sí sola en conflictos extracontinentales, como son los del Medio Oriente. Ya sea porque tiene que hacer concesiones a la gran cantidad de población islámica que habita en sus diferentes países; ya sea porque sus políticos, apenas pueden, desacreditan a Israel.
Israel, e incluso, los propios países árabes, no tienen ya la menor confianza, no sólo en la vieja Europa, tampoco en la Europa moderna. Y mucho menos en la "Europa de la izquierda" que, como acertadamente denuncia Joschka Fischer, levanta políticas abiertamente antiisraelitas en nombre de un "antiimperialismo" del siglo pasado.
El último toque mágico lo dio, como es sabido, Rodríguez Zapatero en España. Pues que un gobernante lejano y tan propenso al ridículo como el venezolano Chávez ataque verbalmente a Israel, cabe dentro de su proverbial excentricidad. Pero que en los días más difíciles de la guerra en Líbano, Rodríguez Zapatero se hiciera fotografiar con un pañuelo palestino, es un acto de abierta provocación a Israel. ¿Qué diría la prensa internacional si Tony Blair o Angela Merkel se hicieran fotografiar con una estrella de David en el brazo?
Y, por último, la ¿ONU?, pobre ONU, donde supuestamente deben estar representados todos los países del mundo. Una ONU que fue estructurada para mediar en los conflictos de la Guerra Fría, papel que cumplió muy bien, pero que después de la Guerra Fría ya no sabe ni cómo, ni dónde, ni cuándo mediar.
Kofi Annan, y sus intentos por simular que la ONU existe, se ha convertido, sin duda, en uno de los personajes más trágicos de nuestro tiempo. Tiene razón entonces Joschka Fischer. Vivimos en un mundo sin conducción hegemónica, donde cada uno, cuanto puede, actúa por su cuenta. Luego, la tarea, es reconstituir una "configuración hegemónica", la que sólo puede surgir si los cuatro en mención comunican sus posibilidades políticas. Mientras eso no suceda, cada nación deberá defenderse de sus agresores con los medios con que cuente. Y eso, y no otra cosa, ha hecho y está haciendo Israel.
Israel, y eso lo sabe todo el mundo, es un país que se encuentra amenazado desde cuatro flancos: Irán, Siria, el Hamás palestino y Hezbolá. Se trata de otro cuarteto, muy diferente por cierto al que propone Joschka Fischer. Y para la seguridad internacional de Israel, ese es, definitivamente, un "cuarteto de la muerte".
Como ha afirmado el respetado político israelí Shimon Peres: "Israel se encuentra verdaderamente solo. Nadie puede frenarlo a ellos (a los cuatro nombrados). Y por otra parte, nadie puede defendernos. Nosotros debemos defendernos a nosotros mismos en un mundo en donde la diplomacia internacional ha alcanzado un punto tan bajo, que ya los iraníes la hacen objeto de sus burlas, un mundo peligroso en donde muy pocos ponen límites a los cohetes" ( Die Welt, 20 de julio de 2006).
Los dos soldados
Pero, ¿bombardear a una nación como consecuencia del rapto de dos soldados? No, no puede ser, dicen las voces "pacifistas" de todo el planeta. Ese es sólo un pretexto, agregan. Israel estaba esperando el momento preciso y el rapto de los dos soldados es el pretexto que necesitaba para iniciar su obra devastadora en Líbano. Incluso, observadores que no pueden ser calificados de antiisraelitas, como los del Vaticano, manifiestan que Tel Aviv ha perdido el sentido de las proporciones.
Efectivamente, hay una desproporción numérica entre los cientos de muertos y heridos que producen los bombardeos y el secuestro de los dos soldados por parte de las tropas de Hezbolá. Pero eso no lleva a decir tan fácilmente que el rapto de los dos soldados fue un pretexto. Pues aquello que es decisivo, en el análisis de cualquier conflicto, no son sólo los hechos en sí, sino "el cuándo" se producen. Esa es, en parte, la opinión que sostiene el historiador Dan Diner ( Spiegel Online,17 de julio de 2006).
Según Diner, profesor en Leipzig y Jerusalén, el rapto de los dos soldados se produjo justo en el momento en que Israel estaba realizando un proceso de repliegue, tanto militar como poblacional en los territorios de Gaza. Para Tel Aviv, aduce Diner, es decisivo que ese acto de retroceso no pueda ni deba ser confundido en el mundo islámico como resultado de una debilidad militar de Israel.
El objetivo estratégico de Israel, después de las desafortunadas aventuras "ocupacionistas" en los comienzos del gobierno de Sharon, es restituir los límites fijados el año 1948, y a partir de ahí iniciar un largo proceso de paz con la nación palestina. En ese sentido, el rapto de los dos soldados es calificado por Diner como un error del jefe indiscutido de Hezbolá, el jeque Asan Nasrallah, error que obliga a Israel a hacer demostraciones de fuerza en la zona.
Más aún, para amedrentar a sus enemigos, aduce Diner, Israel debe dar la impresión de que no controla su propia agresividad, es decir, que está dispuesto a todo, aunque eso no sea cierto. En suma: para retroceder, Israel necesita atacar.
La tesis de Dan Diner es lógica, pero quizás demasiado. En cierto modo, esa tesis refuerza la "teoría del pretexto". Aquello que al parecer ha dejado de lado Dan Diner, es el significado simbólico (y la política, tanto la nacional como la internacional, es esencialmente simbólica) del secuestro de los dos soldados.
Pues el rapto ocurrió no sólo en un momento de repliegue geográfico israelí, sino además en un momento donde Hezbolá calculó evidentemente que ya había llegado el momento para doblegar a Israel, ya sea sometiendo al gobierno de Olmert a las condiciones impuestas por los raptores (intercambio de prisioneros) —lo que implicaba para Israel reconocer en Hezbolá una fuerza paritaria—, ya sea obligándolo a participar en una guerra en Líbano, con todas las consecuencias negativas que para Israel ello implica.
Es decir, Hezbolá, con el rapto de los dos soldados, tendió a Israel una trampa que los hebreos no podían sino pisar, a fin de mantener su significado tanto real como simbólico en la región. O doblegarse a las condiciones impuestas por Hezbolá, o entrar en una guerra cuyas consecuencias pueden escalar en dirección de una catástrofe internacional de enormes magnitudes. Más bien, a partir de los antecedentes reunidos, se obtiene la impresión de que Hezbolá apostó con claridad hacia la segunda posibilidad. ¿Por qué? Veamos:
Primero hay que precisar que Hezbolá es un grupo militar extremadamente jerárquico y vertical. Su modelo de organización es una copia de la de los partidos bolcheviques del siglo XX. Eso significa, entre otras cosas, que el rapto de dos soldados no obedece a acciones puntuales como en las que suelen incurrir otras organizaciones terroristas como Hamás, sino que es un punto situado en el espacio de una muy coordinada estrategia.
En ese sentido, si Hezbolá se atrevió a desafiar a Israel es porque su dirección consideró que había llegado el momento preciso de hacerlo. Y, evidentemente, a Asan Nasrallah no le faltan motivos para llegar a esa deducción.
El proyecto de Hezbolá
En primer lugar, la situación internacional es extremadamente propicia para Hezbolá. Nunca antes había sido mejor. EE UU se encuentra empantanado en Irak y Bush —mejor dicho, los grupos militaristas que lo rodean— se encuentra considerando la posibilidad de una apocalíptica guerra con Irán.
La UE, por su parte, casi nunca ha expuesto un dedo por la vida de Israel. Rusia ha mantenido siempre una política contraria a los intereses hebreos y Putin no oculta su deseo de crear zonas de influencia en el mundo árabe y aun en el islamista. En ese sentido, la actitud de Asan Nasrallah confirma las propias afirmaciones de Peres: Israel está más sólo que nunca.
Si bien es cierto que el potencial militar de Israel es superior al de Hezbolá, dicha organización está preparada para llevar a cabo una guerra de larguísima duración, y en ese sentido apuesta al desgaste, no tanto militar sino político de Israel.
No deja de haber cierta ironía en el hecho de que gran parte de los avances del terrorismo islámico cuenten incluso con la indirecta complicidad de ciertas izquierdas "pacifistas" europeas, contrarias a apoyar a cualquier país que, como Israel, reciba la ayuda, o por lo menos la solidaridad de EE UU. Más aún: hay incluso quienes consideran a Hezbolá como un clásico movimiento antiimperialista de liberación nacional. Ya las calles de Europa se llenan de manifestaciones por "la paz". Mañana se llenarán de manifestaciones en contra de Israel. El jeque Asan Nasrallah calcula esa posibilidad; sin dudas.
En segundo lugar, Hezbolá, a través de una guerra externa, intentará unificar a la nación libanesa en torno suyo, algo que nunca podrá conseguir en tiempos de paz. Eso significa, ni más ni menos, que Hezbolá tratará de enlazar una guerra con un proyecto de toma de poder. Ya ese poder lo tiene militarmente; falta, empero, la parte política. Líbano es quizás el único Estado del mundo cuyo Ejército es notablemente inferior a un ejército local, como es el caso del de Hezbolá.
Un grito en el desierto
En cierto modo, el verdadero ejército de Líbano es el de Hezbolá. El estatal no es más que una guardia uniformada de carácter ornamental. Quizás esa es la razón por la cual el presidente del país, Fuad Seniora, solicitó el 20 de julio que la comunidad internacional colabore para desarmar a Hezbolá. Probablemente Seniora, con ese llamado, interpretaba el sentir de vastos sectores de la población libanesa, sobre todo cristianos y sunitas, quienes sienten que Líbano ha sido secuestrado por Hezbolá. Pero ese fue, en sentido estricto del término, un simple grito lanzado en el desierto.
La única fuerza que puede (y quiere, y debe) desarmar a Hezbolá es el ejército israelí. Pero al único país que al que Fuad Seniora no puede pedir auxilio, es precisamente Israel. Ni sunitas ni chiítas lo aceptarían. Eso significaría abdicar del poder político para dejar el camino libre a Hezbolá. No obstante, hasta ahora hay que consignar que ni la población libanesa, mucho menos el gobierno de Beirut, han mostrado muchos deseos de plegarse a la dirección de Hezbolá.
La permanente obsesión de las dictaduras de la región, relativa a que el mundo árabe e islámico se unirán en su entorno mientras más ataquen a Israel, tampoco se ha visto cumplida en este caso. Por el momento, ni el gobierno de Egipto, ni el de Jordania, ni el de Arabia Saudita se muestran muy entusiasmados con la estrategia de Hezbolá, entre otras cosas, porque el "Partido de Dios" es chiíta, y en los ataques de Hezbolá a Israel ven, y con mucha razón, un medio de expansión del imperio persa-chiíta hacia regiones que "no le pertenecen".
Para la mayoría de los sunitas, Hezbolá es la "cabeza de puente" del chiísmo en la zona sunita. Una de las claves de ese complicado puzzle parece pues encontrarse en Teherán. Otra clave, menor por cierto, se encuentra como siempre en Palestina, mejor dicho en Hamás. Pero Hamás, sucesor legítimo de la OLP de Arafat, sólo será una amenaza real si Israel no logra desmantelar el potencial bélico de Hezbolá, y por cierto, en un plazo relativamente corto.
La dirección de Hezbolá apuesta evidentemente por encerrar a Israel entre dos frentes: El chiíta de Hezbolá y el sunita de Hamás. La apuesta no sólo es militar sino también política. Una "guerra doble", dirigida por Israel tanto al sunismo como al chiísmo, podría llevar a una alianza mucho más estrecha que la que hoy existe entre Irán y Siria, alianza que dejaría a Hezbolá en una situación privilegiada: nada menos que como vanguardia combatiente de todo el mundo islámico en contra el enemigo común: Israel.
La alianza Damasco-Teherán la necesita, por cierto, Siria más que Irán. El dictador sirio Baschar Al-Assad no ha ocultado en sus discursos sus intenciones de reocupar Líbano, después que las tropas sirias fueran expulsadas del Líbano como consecuencia de la revolución democrática que vivió el país (2005), cuyo detonante fue el asesinato del ex primer ministro Rafik Al- Hariri, adjudicado a los servicios secretos sirios. Después de la retirada de las tropas sirias del Líbano, la imagen de Siria como potencia regional ha quedado muy deteriorada en el mundo árabe. La de Assad también.
La clave está en Teherán
La apuesta de Hezbolá se dirige entonces hacia una guerra total, pues el compromiso abierto de Siria e Irán en la guerra de Líbano llevaría a EE UU a actuar directamente en contra de Irán y de Siria a la vez. En esa perspectiva, esa es también una apuesta de Hezbolá con el tiempo. El dirigente máximo de Hezbolá, Asan Nasrallah, cuyo lema es "yo amo a la muerte", no sólo es un teólogo enloquecido; es además un redomado táctico, tanto en cuestiones de política como de guerra.
Asan Nasrallah sabe que Irán, pese a las cada vez más frecuentes alocuciones antisemitas del presidente Ajmadineyad, se encuentra en pleno proceso de negociaciones con Occidente respecto a su programa atómico Sabe igualmente que Occidente está dispuesto a hacer concesiones a Irán; pero también sabe que Occidente (en este caso EE UU y Europa) quiere recibir "algo" a cambio.
Un "algo", quizás el primero de todos los "algo", es que Irán renuncie a sus planes expansionistas más allá de su "espacio natural" y eso significa que deberá "dejar caer" a Hezbolá, abandonándolo a su suerte. Es decir, Asan Nasrallah sabe muy bien que si las negociaciones entre Irán y Occidente resultan exitosas, Hezbolá, y no Israel, como anuncia Ajmadineyad, deberá desaparecer del mapa.
En cierta medida, la iniciada por Hezbolá aparece entonces como una lucha por su propia sobrevivencia. Así se explica porque trata, por todos los medios, de forzar los acontecimientos, arrastrar a Irán —y si es posible a Siria— a una guerra total contra de Israel y Estados Unidos, y así conservar e incluso ampliar sus posiciones en Líbano.
La clave decisiva, se encuentra entonces, y definitivamente, en Irán. Como ha destacado Oliver Roy, autor del conocido libro L ‘Echec de l’Islam politique (Le Seueil, Paris 1992), "hasta el presente, cada uno de los conflictos en el Medio Oriente tenía su lógica propia; hoy se asiste a una articulación de todos esos conflictos, donde el elemento clave es la emergencia de Irán como una gran potencia regional y como potencia nuclear" ( Le Monde, 19 de julio de 2006). La misma opinión mantiene Joschka Fischer.
Para Fischer (entrevista citada), Irán no sólo es la pieza clave sino además es el país que ha resultado ganador —hasta ahora— en las confrontaciones que han tenido lugar en el mundo islámico. Y eso ha ocurrido no sólo porque EE UU sacó del camino al peor enemigo de Irán, Sadam Husein, sino porque mediante elecciones permitió que los chiítas llegaran al poder en Bagdad; algo que jamás habría ocurrido sin la presencia directa de EE UU en Irak, lo que ha provisto a Irán de un enorme espacio de influencia adicional con el que, antes de la guerra en Irak, no contaba.
En cierto modo, los chiítas de Irak deben el poder político a EE UU; y esa deuda no es poca. Es cierto que las elecciones que llevaron a la presidencia al descentrado Ajmadineyad en Irán han significado un enorme retroceso en las conversaciones que antes de esas elecciones llevaban a cabo los chiítas iraníes con EE UU y con la UE, destinadas a crear condiciones para que Irán afirmara su poder regional, a cambio, por supuesto, de garantizar la tranquilidad a Israel (léase: eliminando Hezbolá).
No obstante, poco a poco, los políticos norteamericanos han aprendido a diferenciar. Ajmadineyad no representa a todos los estamentos chiítas, y el espacio para nuevas conversaciones, advierte Fischer, no está cerrado.
Por lo demás, piensa el avezado político, sólo a través de un diálogo sostenido con Irán podrá ser evitada una hecatombe de dimensiones mundiales. Fischer sabe que la paz internacional sólo puede estar garantizada si en cada región determinados Estados-ejes logran ordenar en torno suyo a diseminadas partículas nacionales. Ese es el papel que le corresponde a Irán, y ese papel debe serle facilitado por Occidente, afirma Fischer.
¿Persuadir a Irán?
La historia de los conflictos entre el Occidente democrático y el imperio soviético parece confirmar, por lo demás, la idea de Fischer. Sólo cuando Stalin fue "persuadido" por EE UU de que sus posesiones imperiales iban a ser respetadas a cambio de que renunciara a su fantástico proyecto de "revolución mundial" (es decir, que a él le iba a ser permitido que hiciera la revolución, pero "en un solo país"), recién ahí pudo ser evitada una nueva guerra mundial.
Persuadir a los iraníes de que pueden convertirse en potencia regional, con un moderado y controlado proyecto nuclear, y que además puedan realizar su "revolución islamista", pero "en un solo país", no puede ser más difícil que lo que Truman, Churchill y después Kissinger lograron respecto a la URSS.
Truman, Churchill, Kissinger. Pero, ¿hay gente como ésa alrededor (y al exterior) de Bush? Al parecer, como se ve el panorama mirando hacia el interior de la política norteamericana, esa deberá ser parte de la agenda del próximo gobierno. Siempre, por supuesto, que el Medio Oriente no explote antes.
En el contexto descrito, en medio de la guerra entre Israel y Hezbolá, la alternativa de una paz duradera en la región no aparece visible. Es por eso que desde una perspectiva realista, antes de levantar la paz como radical alternativa, hay que evitar por todos los medios el escalamiento de la guerra. Todos queremos la paz. Pero para que esa paz sea posible, hay que evitar primero el escalamiento de la guerra. Y, como ya ha sido advertido, es en ese escalamiento donde Hezbolá pone todas sus esperanzas.
Eso quiere decir al fin que si Hezbolá no es definitivamente derrotado por Israel, cualquier proyecto de paz duradera —no sólo en la región, también en el mundo— será una absoluta imposibilidad.
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