Actualizado: 21/07/2017 14:40
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Agramonte, Martí, Céspedes

Céspedes y Agramonte, o Martí entre la verticalidad y la horizontalidad política

En la comparación entre ambos próceres, Martí en realidad pone frente a frente las dos formas de gobierno en la futura Cuba libre

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A Eusebio Leal, leal traga espadas del Portador de la Espada.

Martí lo dice una y otra vez: es en la guerra, en ella misma, donde se fundará la sociedad cubana con la que sueña. Ahora, ¿cómo será esa sociedad? ¿Se dejaría arrastrar Martí por la creencia en la endémica inmadurez política del cubano?, ¿se decantaría por el orden impuesto desde arriba o por la participación y horizontalidad social?

El 10 de octubre de 1888, en el semanario El Avisador Cubano, que dirigía en Nueva York Enrique Trujillo, se publicó un texto de Martí que mucho nos revela sobre su posición real ante este dilema político trascendental para el futuro de Cuba: ¿Prefería un mando militar y una estructura monolítica para la Revolución que nos separaría de España, o por el contrario un mando civil y una estructura consensual, en que hasta el último ciudadano pudiera sentirse no seguidor disciplinado de algún caudillo, ocupante callado del lugar asignado por este, sino parte activa de la obra que a la larga iba a parir la República Virtuosa y Democrática?

En Céspedes y Agramonte Martí compara a dos personalidades paradigmáticas de la anterior guerra: Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte.

Partamos de reconocer la no pertenencia de Martí a cierta clase de políticos obtusos, incapaces de ver que antes de crear la república democrática en que se consensuara la ley, se necesitaba de un cierto ímpetu creador. Solo mediante un arranque sublime se puede echar a andar a un pueblo que ha soportado por años el escamoteo de su libertad, y que es más, se ha habituado a vivir sin ella. Esos arranques solo pueden ser obra de hombres volcán, tremendos e imperfectos en su arrebato.

Tal era en esencia Céspedes para Martí: un hombre volcán, y de hombres así solo pide un sacrificio más, muy significativo este para descubrir su juicio profundo de la persona: que pasado el primer momento, vencida la inercia, tuviera la grandeza necesaria para entender que es su momento de hacerse a un lado. O sea, a juicio de Martí se necesitaba de esta clase de iniciadores una virtud, el desprendimiento, a la que de por sí son ellos tan poco dados (ya tendríamos ocasión de comprobarlo más tarde en nuestra historia). Es así que para Martí, Céspedes, al bajar “de la presidencia cuando se lo manda el país”, se había comportado de una forma digna de eterna memoria.

Porque aunque es cierto que Céspedes se ha creído en cierto momento “con derechos propios y personales, como con derechos de padre, sobre su obra”, que no se ha visto “como mortal, capaz de yerros y obediencia, sino como monarca de la libertad, que ha entrado vivo en el cielo de los redentores”, que se ha mirado como sagrado, y no ha dudado “de que deba imperar su juicio”, también lo es que “cuando inclina la cabeza, con penas de martirio”, y deja paso a los nuevos hombres, “a la juventud apostólica (que) le sale con las tablas de la ley”, se ha ganado para la eternidad el derecho de imponernos, “desde su choza de guano”, la dignidad de Nuestra Patria”, ya no solo por un arranque sublime.

En resumen, para Martí, a pesar de la innegable necesidad inicial de romper con la inercia de un pueblo habituado a la tiranía, el fin último y único no puede ser otro que alcanzar la verdadera libertad, y no algún engañoso sucedáneo suyo. No rompíamos las cadenas con que nos aprisionaba España para que una casta militar propia viniera a sustituírnoslas con otras más infamantes, en base a ciertos “derechos de padre”, a ciertas “ideas patriarcales”. En ese caso a su entender habría sido preferible una y mil veces no haber desenvainado el machete redentor.

Para evitarlo Martí era consciente de la necesidad de un nuevo tipo de hombre, no ya de impulsos, sino a su decir, de virtud. Superior por lo tanto al primero, al menos en la escala de los personales valores martianos.

Que Martí valora a Agramonte superior a Céspedes se nos transparenta ya desde el arranque mismo del texto en esa frase tan esclarecedora: “De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud”, y un par de líneas más abajo, como para remachar la idea, en esta otra: “De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación”; o en que, según nos dice allí mismo, mientras el primero desafía con sospechosa autoridad de rey, Agramonte vence con fuerza espiritual, divina, como de luz, no acusable por tanto de ningún posible egoísmo autocrático.

En esta comparación entre ambos próceres, Martí en realidad pone frente a frente las dos formas de gobierno en la futura Cuba libre, preponderantes en el bando independentista: la autoritaria de Céspedes y la democrática de Agramonte. Y es clara la elección martiana en esa diferente evaluación de los hombres, y más que nada en la aplastante diferencia en el número de honras y reconvenciones que Martí le dedica a uno y a otro a lo largo del texto.

El hecho de que Martí le haga señalamientos bastante cargados a las actitudes de Céspedes, y nunca en el caso de las de Agramonte, es más que ilustrativo de hacia quién se inclinaban sus preferencias. Al primero le señala su tendencia, en adornadas y políticas palabras, no obstante, a aspirar a conducirse como un autócrata. Tendencia personal que, como hemos dicho, El Apóstol ha reconocido en un emotivo y largo párrafo que Céspedes supo ahogar en sí mismo, por el bien de la patria. Pero que obsérvese bien, implica en sí que para Martí lo destacable, lo que hay de virtud en Céspedes, es que ha sido capaz retraerse para que quienes son más virtuosos que él, en definitiva, marquen el paso democrático y civilista de la Revolución. Cuyo fin último no es tan solo la independencia de España, sino la República Virtuosa, con todos y para el bien de todos.

Es significativo además el hecho incontrastable de que, a lo largo de todo el ensayo, al hablar de Agramonte Martí nunca suena igual que al hacerlo de Céspedes.

De Agramonte solo encontramos elogios y un tono poético muchísimo más elevado, casi cabría decir que ebrio de admiración, o adoración incluso. Martí no le dedica nunca a Céspedes una imagen ni remotamente parecida a esa de “diamante con alma de beso”, o esas otras dos, la de que “era un ángel para defender, y un niño para acariciar”, y la de que tenía una estrella donde los hombres solemos tener corazón.

Esta diferencia prueba de manera fehaciente la disímil percepción por José Martí de ambos próceres. Y es que no solo se percibe una jerarquización clara de ambos hombres para el Martí racional (que no lo era tanto al nivel en que se pretendía estilar por sus contemporáneos positivistas, machianos et al), sino aun para ese Martí en que los sentimientos se encuentran a flor de piel.

Si extendemos nuestras lecturas más allá del texto en cuestión se nos revelará también esta preferencia sentimental del político José Martí por el Bayardo. Un examen del título “Hombres”, bajo el cual se hallan agrupadas en el cuarto volumen de sus Obras Completas, editadas por el Instituto Cubano del Libro, toda una serie de semblanzas de figuras destacadas de nuestras guerras de independencia, demuestra lo afirmado más arriba. Es bueno recordar, por cierto, que este modo de organizar los trabajos de Martí respeta su propia voluntad, la que le transmitiera por carta a Gonzalo de Quesada.

De Céspedes Martí solo habla con prolijidad cuando evidentemente desea trazar un paralelo con Agramonte. Es el caso paradigmático que ya antes hemos analizado y en alguna menor medida en el de El 10 de Abril, publicado en Patria, el 10 de abril de 1892.

Aquí vuelve a descubrirse el diferente tratamiento que Martí les dedica a ambos próceres. Mientras Céspedes juró como presidente la ley de la república “con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino”, o sea, recordando el texto martiano de tres años y medio antes, “sus derechos personales y propios” de “monarca de la libertad”, la actitud de Agramonte nunca es cuestionada ni aun con estas tenues maneras. Él es con Zambrana y Eduardo Machado el artífice de la Constitución de Guáimaro, y por lo tanto de la estructura institucional de la Revolución, pero, aunque Martí a ratos menciona la traba legalista, nunca relaciona explícitamente a Agramonte con ella. Como si ha hecho con Céspedes en repetidas ocasiones al hablar del peligro del autoritarismo.

De Agramonte en fin todo es exaltación de su virtud. Si para recibirlo Céspedes ha mandado a tocar las campanas, en un gesto propio del monarca que se cree y siente, Agramonte, con un “rubor que le llena el rostro, y una angustia que tiene de cólera”, las hace callar de inmediato. Martí ve claramente esa diferente actitud ante las representaciones del poder político de ambos próceres, y aun cuando no desea traer la desunión a las futuras filas insurrectas, las cuales se dividían por entonces entre agramontistas y cespedianos, demócratas y autoritarios, civilistas y militaristas, no consigue detener su pluma y la deja registrada en papel.

Por su parte, a diferencia de Céspedes Martí le dedica páginas en solitario al recuerdo venerable de Agramonte. En ese subido tono poético que el Martí empeñado en subsanar las heridas de la anterior guerra no parece alcanzar a contener con el esfuerzo distanciador. En Los Hombres de la Guerra, en Patria, el 23 de abril de 1892, destaca su hábito de no comer lo que no alcanzaba para todos. Una actitud inusual en una guerra en que los generales cuentan con ayudantes que les procuran y preparan las comidas, y en que cada cual come lo que puede y consigue. Recordemos el ilustrativo episodio que, en su libro En la manigua, diario de mi cautiverio, nos narra el militar español Antonio del Rosal, en que nada menos que Antonio Maceo la emprende a planazos con su asistente por no compartir con él y sus invitados una jutía que evidentemente no alcanzaba para tantos.

En El Teniente Crespo, en Patria, 19 de marzo de 1892, en el que, de paso, al destacar las habilidades militares de El Mayor, también subraya la superior virtud de otro de nuestros patriarcas estoicos. Ensalzado Máximo Gómez por sus logros militares interrumpe al adulador con su natural ríspido. “Amigo, aquí lo que ha pasado es lo siguiente: me he encontrado un violín con muy buenas cuerdas, y muy bien templado, y yo no he hecho más que pasarle la ballestilla”. El violín de buenas cuerdas y muy bien templado, como nos aclara Martí, no es otro que la caballería camagüeyana que le había legado El Mayor.

En Conversación con un hombre de la Guerra, en Patria, 28 de noviembre de 1893, donde Agramonte es la figura central, la referencia en medio de la guerra para uno de los curtidos veteranos con quien Martí conversa en un cuarto en que “se respira libertad”…

De estos textos en que compara a los dos paradigmas políticos de la Guerra Grande resulta evidente que José Martí, a pesar de que busca la unidad de las dispersas fuerzas de la patria para lanzarse a la Guerra Necesaria, no está sin embargo ni racional ni sentimentalmente dispuesto a sacrificar por esa unidad lo que es para él el Fin Último y lo Esencial. Es esa determinación lo que escapa de estos textos, de estas comparaciones, en que el demócrata y civilista Agramonte termina en la jerarquía martiana en un lugar muy superior al autoritario y militarista Céspedes. Porque para Martí lo que importa por sobre cualquier otra consideración no es lograr la unidad por la unidad, que permitiera alcanzar con mayor seguridad y rapidez la independencia, sino construir una República Virtuosa y Democrática. En la que en definitiva se lograría también la unidad, pero a partir de los consensos democráticos y no como resultado de la imposición militarista. Una república en la que la soberanía nacional sería el privilegio de todos los cubanos mediante el ejercicio virtuoso de sus derechos y deberes cívicos, y no quedaría como en custodia de algún “monarca de la libertad”, dotado de “derechos propios y personales, como con derechos de padre”, sobre la patria, a la que concibe como “su obra”.

Martí supera así el segundo gran obstáculo al independentismo que ya habían encontrado ante sí los seguidores de Valera en la tercera década del diecinueve: un modo que vale reafirmar heredaba de los militares caudillistas del 68 la solución de crear la nación en la propia guerra, pero que no obstante se diferenciaba radicalmente del de aquellos en su visión democrática de la república que se organizaría al término de la misma. Ya que no es que Martí creyera que era quedarse muy corto con lo de la concepción del “hombre fuerte” que pone orden gracias a un Estado fuerte, sino que para él tal solución no es de ninguna manera válida, ya que en definitiva mejor habría sido no haberse ido a la guerra y quedarse en su lugar muy tranquilos bajo la soberanía española monárquica. Y es que, para Martí, como le escribe a Gómez en su carta del 20 de octubre de 1884:

“Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.


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