Actualizado: 17/05/2024 12:58
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26 de julio, Cuartel Moncada, Fidel

La autoría intelectual de unas albóndigas

El autor propone una versión muy distinta a la hasta ahora conocida de cómo Fidel Castro saltó a la palestra pública nacional

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Todos sabemos quién fue Fidel Castro. Dudo sin embargo sepan ustedes cómo fue que en realidad saltó a la palestra pública nacional, dada la manipulación a posteriori de los sucesos de su vida por sus innumerables aduladores, y finalmente por los historiadores a su servicio. Pero también, y por supuesto, a consecuencia de esa contumaz mala memoria de nosotros, los cubanos, que de haber sido el nuestro un pueblo de menor facilidad para olvidar, ni toda la guataquería de los primeros, ni todas las reinterpretaciones de los segundos habrían servido de mucho.

Ocurrió poco después de graduarse de la Universidad, ya con bufete abierto en La Habana. Durante sus estudios superiores, en aquellos maravillosos años cuarenta en que la moda de chuchero imperaba, había sido uno de los miembros más conspicuos de una de las tantas pandillas de tira-tiros al control del Alma Mater habanera. Aparte de por su habilidad para terminar todos los cursos con las notas más elevadas, en alguna… o más bien en completa medida gracias al Colt 1911 que siempre llevaba al cinto, a la altura del epigastrio, y el cual sus examinadores nunca conseguían dejar de notar, Fidel era famoso por no parar de presumir de las paradisíacas playas orientales y sobre todo santiagueras. Con el mayor aplomo no dudaba en asegurar que en Varadero no había nada para envidiar en Oriente. Afirmación invariablemente recibida por sus camaradas de pandilla con escépticas carcajadas, que él, tan dado a no perder ni a las chapas, sobrellevaba muy mal. Por ello, al verse ya abogado y con su primer pago considerable en el bolsillo, decidió invertir aquel dinero en alquilar una casa en la playa Siboney, para llevarse allá, a Oriente, a todos sus ex camaradas todavía vivos: a que comprobaran no exageraba, y que no había ni en Brasil, ni en la Riviera francesa, nada comparable a las playas santiagueras.

Debo detenerme a explicar que si durante sus años de estudiante universitario Fidel se había dedicado a exaltar la superioridad de las playas orientales había sido, en realidad, por la necesidad de aliviar en algo su orgullo herido de oriental, ante las bromas en el ambiente habanero a resultas de su hablar “cantado”. En definitiva en un país donde sus habitantes presumían por sobre todo de vivir en un paraíso natural, ¿qué mejor recurso para afirmar el chovinismo local de uno que el fanfarronear sobre las playas de su región?

El que en verdad no estuviese para nada convencido de tal superioridad, explica por qué el alquiler de la casa en la playa le salió bastante más caro de lo habitual, al antojarse de asumirlo en plenos carnavales de Santiago de Cuba. Calculó que si hacía pasar las noches a sus ex camaradas en las trochas santiagueras, de día si acaso dormirían las resacas de la parranda en las arenas de la playa; con lo cual muy difícilmente podrían hacerse un criterio claro sobre esa de Siboney, o sobre cualquier otra playa oriental.

Ya con todo preparado para salir, Raúl, el benjamín de la familia, se antojó de pegarse en el viaje. A Fidel la idea no le gustó, porque sus amigotes eran todos hombres de pelo en pecho, muy acostumbrados al peligro en las constantes refriegas entre las pandillas universitarias, y por lo mismo muy dados a las bromas pesadas. Raúl, todavía un adolescente con unos inusuales cachetes sonrosados para el trópico, le parecía una segura víctima de tales bromas. El muchacho visitaba su casa en su primer viaje en solitario a La Habana, y a Fidel aún le sonaban en los oídos las muchas recomendaciones dadas por teléfono por su madre, de cuidar a su hermano en aquella Nueva Babilonia cubana. Raúl, sin embargo, que sería adolescente pero ya era de anjá, apeló al chantaje, y no le quedó más remedio que cargar con él. Almorzaba Fidel unas albóndigas con arroz blanco y plátanos maduros fritos, todo muy abundante, cuando Raúl se le apareció con la amenaza de contarle al padre de ambos de sus frecuentes aventuras extramatrimoniales. De inmediato comprendió que el asunto no podría acabar en nada bueno, dado el creciente cariño del viejo gallego por su nuera Mirta. Con una carrera política por hacer, y a lo mejor hasta con una Revolución a la vuelta de la esquina, que en este país nunca se sabe y a él por cierto las albóndigas se le subían a la cabeza y le sacaban lo de revolucionario, no era cosa de irse a indisponer uno con quien pagaba las facturas.

Salieron en tren de la Terminal Central de La Habana, al atardecer de un miércoles. Al mediodía del jueves ya estaban en Santiago, la segunda ciudad del país —entonces todavía teníamos trenes, guaguas, navegación de cabotaje, y todo eso pasaba a su hora. A la granjita Siboney llegaron par de horas más tarde, tras rentar una docena de almendrones en la agencia Guitart, del padre de un viejo conocido de los Castro en esa ciudad. Cuidadoso de su plan, sin embargo, Fidel no los dejó quedarse. Se valió de sus incuestionables habilidades de embelecador para embullarlos a volver de inmediato a la ciudad, sin atinar a ver la playa, tras dejar sus maletas tiradas en cualquier parte: “A las trochas, caballeros, que a esta hora se ponen buenas de verdad”.

Está de más decir que tras dos malas noches, una en el tren y otra arrastrando en las congas con las negronas santiagueras, el viernes, si bien lo gastaron en la playa, no andaban muy en capacidad de comparar a esa de Siboney con la de Varadero, ni con ninguna otra. Lo mismo sucedió el sábado, ya con una tercera mala noche a las espaldas. Para ese entonces los pocos que aún podían tenerse en pie pasaron el día persiguiendo mulatas en un paisaje fluido, como en cuadro de Carlos Enríquez. Mulatas de por los alrededores, que en ese Oriente, que entre la vigilia y el sueño se les antojaba mágico, insistían en ser tomadas por blancas, como a Don Quijote en ser tomado por caballero andante y par de amadises y palmerines.

El amanecer del sábado para domingo todo comenzó a joderse

Para ser exactos no todos gastaban sus días y sus noches de esa manera. Raúl, quien parecía ya inmune a las habilidades embelecadoras de su hermano, no regresó a la ciudad esa tarde del jueves, y tras zamparse buena parte de lo quedaba en las alacenas, se echó dormir hasta el amanecer siguiente, cuando sus compañeros de aventura regresaron. Las dos noches siguientes sí se animó a acompañarlos a la ciudad y sus carnavales, pero como buen guajirito acostumbrado a irse a la cama con las gallinas, antes de medianoche solía quedárseles dormido en cualquier banco de parque, y tenía Fidel que ir a darle su vuelta a cada rato. Lo de él era el día, y descalabrar en improvisados paredones de fusilamiento cuanta criatura viva, desde lagartija hasta perro sarnoso, se le apareciera por delante bajo el sol de la playa y sus alrededores. O a ratos, como buen adolescente repleto de hormonas, ponerse nostálgico y recordar, por sus nombres particulares incluso, a las chivas y carneras del extenso latifundio de su padre.

Todo iba bien, muy bien, en los planes de Fidel, hasta el infausto amanecer del sábado para domingo en que todo comenzó a joderse. Hay dos versiones principales sobre lo ocurrido. Según la que en lo personal encuentro más creíble, en medio de una conga Fidel le agarró las nalgas a una mulata, y resultó que esta era nada menos que la querida de un sargento de la guardia rural, acuartelado en el Moncada, quien por desgracia vigilaba desde la esquina los remeneos de su amante. La otra versión, obra evidente de los enemigos de nuestra Revolución y ampliamente divulgada por los medios mercenarios al servicio del imperialismo yanqui, asegura que fue el sargento, quien tenía su debilidad, que aprovechándose de que Raúl se había quedado dormido en un portal, con las nalgas algo empinadas, en su borrachera se las agarró.

Sean cuales fuesen las nalgas en cuestión, el asunto es que Fidel de una trompada dejó al sargento sentado en medio de la calle, y únicamente la intervención de un tal teniente Sarría, de servicio, hombre muy católico de los que no salía de la sacristía del obispo, impidió un baño de sangre. El oficial se interpuso entre el sargento, todavía medio mareado por el golpe, y Fidel, en su caso por la juma, justo antes de que sacaran sus armas. Lo hizo al convincente grito de “por un agarre de nalgas no se mata”, frase que como sabemos a posteriori nuestra historiografía ha embellecido, hasta convertir en el conocido “las ideas no se matan”, o algo en ese estilo.

El teniente, esa noche de patrulla a pie con dos parejas de soldados, cargó en un camión con Fidel, el sargento y su querida, y según algunas fuentes con Raúl, aunque al parecer a este más bien le dio por arrancar a pie en dirección a la finca de sus padres, como a doscientos kilómetros del banco del parque, o del piso del portal, donde lo habían sorprendido los sucesos. Lo que sí está fuera de toda duda es que también se sumaron a la comitiva media docena de tira-tiros, y el joven Guitart, quien aunque no formaba parte del grupo original salido de La Habana, se había unido a la cumbancha desde el mismo día en que la tropa desembarcó en Santiago, y ahora, como individuo muy bien relacionado en esa ciudad, se brindó como valedor de Fidel en el cuartel Moncada. Las malas lenguas, y siempre las hay, sobre todo en Santiago, afirman que en realidad se trepó en la cama del camión porque también formaban parte de la comitiva unas despampanantes mulatas rumberas, a las que el teniente Sarría les había echado el guante unos minutos antes, por impudicia y exhibicionismo público. Porque no debe dejar de decirse aquí que el convenientemente olvidado medio de transporte en donde se transportó a aquel variopinto grupo era nada menos que de los dedicados a anunciar, a puro remeneo de caderas medio encueras, la cerveza Jupina por las trochas santiagueras.

Rolando Mansferrer se la tenía jurada a Fidel

Detrás, en los almendrones que habían alquilado en la agencia de Guitart, el Viejo, los siguieron en caravana los ex camaradas tita-tiros de Fidel que en su borrachera no consiguieron treparse en la cama del camión. En su juma fueron dándose cuerda desde las trochas hasta la segunda o tercera fortaleza militar del país; siempre, claro, según el bando de quien haga el relato:

— “No vamos a permitir que los guajiros analfabetos estos de la Guardia Rural nos maten a Fidel...” —se gritaban los unos a los otro dentro de las máquinas o entre ellas, por las calles semi desiertas de Santiago poco antes del alba, mientras esquivaban en el último segundo a algún borrachito camino a casa, y la furia de su mujer— “...como nos mataron en Orfila a Emilito Tró: primero les viramos al revés el cuartelito de mierda ese”.

Los llevaba en vilo el recuerdo del ex líder fundador de su pandilla, asesinado unos años antes por las tropas de una banda rival, a las órdenes de Rolando Mansferrer, quien era público y conocido se la tenía jurada a Fidel. Si habían permitido lo cargaran en el camión únicamente había sido por su nula claridad mental a esas alturas de semana, y por la labia bonachona y medio engolada a lo cura del teniente, quien no solo llegó a darles seguridades por la vida de aquel, sino hasta a jurarles por Cachita que aquello era “pura rutina, señores”. Mas ya sin tener enfrente la sonrisa relajante del teniente aureolada de mulatas medio encueras, su desasosiego solo aumentaba a medida que se acercaban más y más a la fortaleza. Por lo que, cuando tras entrar en ella el camión, los centinelas no les permitieron seguirlo, ya no alcanzaron a contenerse más y ahí mismo agarraron por sus yerros y le entraron a tiros a todo aquello.

Como era gente curtida, entre los cuales había más de un veterano de las recientes guerras europeas y hasta par de corazones púrpura, y en contrate las experiencias violentas de los guardias de la rural se limitaban al desalojo de algún guajiro desarmado, o bronca de valla de gallos, no les fue difícil sacar de la fortaleza a Fidel, a Raúl —si es que ciertamente había sido montado en el camión, y no iba llegando ya a Songo—, y hasta a las aterrorizadas mulatas. Solo tuvieron que lamentar la pérdida de Guitart, el Joven, quien en medio de la balacera, sin pensar un instante en su propia vida, en supremo gesto heroico que lo define ante la Historia, se lanzó a abrazar a las mulatas rumberas para cubrirlas con su cuerpo. Atrás, en el rescate de Fidel… y no estamos muy claros si de Raúl, dejaron casi medio centenar de guardias rurales muertos, y otros dos centenares con estrés postraumático.

A esa hora, Fidel, ya un poco más claro de la borrachera que sus camaradas, intentó convencerlos de alzarse en las cercanas montañas santiagueras, para desde allí comenzar las luchas por el adecentamiento nacional, y por… bueno, ya tendrían tiempo de pensar por cuáles otras causas, cuando todos estuvieran más sobrios. Pero no hubo manera de convencer a aquella gente. Salvo porque por esos días se dedicaban a leer a Emerson, precisamente por sugerencia de Fidel, los demás dijeron tenerle alergia al monte. Prefirieron regresar para las trochas, a seguir en la bebedera y en la cumbancha. Allí, cuando ya no podían sostenerse en pie, fueron a buscarlos los guardias rurales, para masacrarlos todavía medio inconscientes de la borrachera por los pasillos del Moncada. Solo lograron salvarse aquellos a quienes detuvieron los miembros de la policía nacional y naval, para llevarlos para la cárcel municipal, o el Vivac, como solían llamarla los santiagueros.

En cuanto a Fidel, después de mandar a Raúl con un buen pescozón para la casa paterna, por lo menos en la versión en que el muchacho ya no iba levantando una abundante polvareda mucho más allá de Songo, siguió para las lomas con los dos lectores de Emerson. Allí tuvieron la buena fortuna de encontrarse con el obispo de esa diócesis oriental, Pérez Serantes, quien solía salir dizque a cazar mariposas precisamente por aquellos lares. Tras invitarlos a almorzar, y compartir con Fidel un par de albóndigas, las cuales se zampó él solo, porque sus compañeros andaban en una fase espiritual con eso de la lectura de Emerson que les motivaba el ayuno, o porque no les dio tiempo a reaccionar a la invitación antes de que las albóndigas desaparecieran, el hábil obispo logró convencer a Fidel de que en aquellos desiertos no iba a encontrar buena mesa, y de que por lo tanto lo mejor para él era entregarse:

—“Me han dicho, hijo mío, que en el Presidio Modelo dan espaguetis con jamón a los presos políticos; y eso de entrante”.

En resumen de cuentas él no era el responsable de lo sucedido, y por tanto el poco tiempo que pasara detenido sus familiares podrían asegurarse no le faltara de nada. Ya persuadido Fidel por estas razones, y también por el hambre que las albóndigas le habían reforzado más que paliado, el Obispo se lo entregó al mismísimo Teniente Sarría, quien apareció en ese justo momento de detrás de unos matorrales. Fidel a la verdad no se sorprendió mucho con esa inesperada, y poco probable aparición del teniente, todavía sin conseguir arreglarse el cinto y el uniforme estrujado. Hasta Fidel ya habían llegado los comentarios, de las mencionadas malas lenguas —y nada menos que santiagueras—, sobre las extraordinarias coincidencias entre los patrullajes campestres del teniente, y las cacerías de mariposas del obispo.

Lo que siguió es bien sabido. Fidel, a quien las albóndigas siempre le habían exaltado no solo los vapores intestinales, sino también lo de revolucionario, sobre todo si las albóndigas eran de res, no bien llegó al Vivac y divisó a un fotógrafo de Bohemia se corrió muy convenientemente para debajo de una foto de Martí, que por allí se le había quedado colgada de una pared a un antiguo alcaide de la época de la Chambelona. Desde ese momento, y hasta su muerte, no pararía de echarle la culpa a Martí como el autor intelectual de su acción “revolucionaria”, sobre todo tras almorzar sus tan apreciadas albóndigas de res. Eso, a pesar de no constar en nuestras abundantes fuentes que el Apóstol fuera dado a las mulatas, y muchísimo menos rumberas.


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