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Actualizado: 22/10/2014 14:49
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Mariel, Reformas, Comercio

Discutiendo la oportunidad del Mariel

Si se analiza la historia del occidente cubano centrado en La Habana, no es difícil visualizar momentos en que sus sociedades fueron capaces de acometer proezas

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Pedro Monreal es una de esas personas que entra eventualmente al debate de las ideas en Cuba, pero cuando lo hace siempre dice algo para tomar en cuenta. Y ahora lo ha vuelto a hacer con su artículo “La era postpanamax: una oportunidad para Cuba”, publicado en el numero 232 de mayo 2013 de la revista Espacio Laical.

El artículo —cuya lectura recomiendo— discute la probable opción que tiene Cuba para ubicarse, por primera vez en mucho tiempo, en una parcela distinguida de la economía global mediante el uso del Puerto del Mariel como una zona de transbordo y distribución de mercancías en un eje comercial dinamizado que conectaría al extremo oriente con la costa este de los Estados Unidos, Europa y Suramérica.

Se trata de una oportunidad. La remodelación del Canal de Panamá para permitir barcos mayores con cargas hasta tres veces superiores, coloca al Caribe en el vértice de un intenso tráfico comercial y en un lugar privilegiado solo comparable a los tiempos de las Carreras de Indias. Pero se trata de una oportunidad muy disputada en la que intervienen —en la práctica o solo en proyectos— puertos caribeños (Kingston, Ponce, Punta Caucedo en Santo Domingo, Freeport en Barbados y Mariel en Cuba), centroamericanos y norteamericanos de la costa este.

Para Cuba —y en particular para La Habana y su dinámica franja aledaña que va desde Mariel hasta Varadero/Cárdenas— ello pudiera constituir un salto de calidad, no solo en términos económicos, sino también políticos. Y es así porque percibe este potencial engarzamiento como un incentivo para la gradual normalización de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

No es necesario estar de acuerdo con Monreal para creer que se trata de un análisis novedoso, pues si de algo podemos estar seguros es de que la única manera que tiene Cuba de conseguir una normalización imprescindible de sus relaciones con los Estados Unidos es ofreciendo suficientes incentivos económicos. O dicho de otra manera, aumentando los beneficios tangibles a una acción que inevitablemente va a tener un costo político. Y ya no existe el recurso petrolero que los dirigentes de La Habana previeron como la llave mágica para abrir estas puertas con goznes oxidados. Obviamente, la pregunta que tenemos que hacernos es si esta relación es realmente suficiente, y si la oferta del puerto del Mariel puede mover decisivamente la balanza geopolítica.

Hay, sin embargo, un punto que Monreal no aborda y que creo vital: el consenso de la élite política cubana. Aunque pudiera ser cierto que, en cuanto oportunidad, esto puede parangonarse con lo sucedido cuando ocurrió la Revolución Haitiana en 1792, también lo es que entonces existía una élite criolla colonial con un proyecto muy claro de sociedad. Y que ese proyecto de sociedad comenzó a implementarse antes del levantamiento de los esclavos de Saint Domingue.

Si se analiza la historia del occidente cubano centrado en La Habana, no es difícil visualizar momentos en que sus sociedades fueron capaces de acometer proezas para conseguir sus inserciones a la economía mundo. Uno fue a fines del siglo XVI en que la aldea industriosa fue capaz de echarse encima el peso de abastecer las flotas cuyas tripulaciones en ocasiones superaban a la población local. La otra, la que menciona Monreal a fines del XVIII, cuando fueron capaces de poner la Isla en la punta del desarrollo tecnológico y cultural, aun cuando haya sido a expensas de la sobreexplotación del trabajo esclavo.

Me temo que hoy no existe ese consenso. La élite política cubana mantiene un acuerdo fundamental en relación con la conservación de su poder, pero no respecto a que hacer con la economía para rebasar el pertinaz estancamiento que le aqueja y el consiguiente desangramiento demográfico. Y huelga anotar que ese consenso de élite es también vital para el establecimiento de un acuerdo societal más amplio para la reconstrucción nacional que hoy ni siquiera podemos imaginar.

La élite política cubana está fracturada lo que se manifiesta hasta en los temas más pedestres de la lenta y cansada reforma que Raúl Castro ha parangonado con un andar de tortugas: “sin prisas pero sin pausas”. Y me temo que hacer del Mariel lo que supone Monreal como oportunidad es mirar al futuro con mucha mayor certeza que lo que nos dice esa lista inconexa y contradictoria de deseos que hemos convenido en llamar “los lineamientos”.


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