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Actualizado: 22/08/2014 15:42
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| Cuba

Transición, Reformas

“Esperando a Godot” o la reconversión de la “nomenclatura”

La discusión que debe abrirse es: ¿cuáles políticas nos acercan al modelo keynesiano y cuáles nos dirigen al capitalismo “salvaje”?

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El que dude sobre la transición al capitalismo en Cuba, es cuando menos ingenuo. Lo demás, es la nebulosa ideológica sobre un supuesto “socialismo” que se predica desde el discurso oficial y con el cuál negocian de diferentes maneras los diversos grupos de la emergente sociedad civil cubana con todo el derecho que les asiste. Las posturas van desde la negación del “socialismo” hasta su cuestionamiento ideológico en la variante estalinista, y cada posición va acompañada de las propuestas alternativas de cada grupo, para producir el bienestar, crecimiento y desarrollo de la nación en todos los órdenes.

No me voy a referir a las diversas maneras de entender “el socialismo”, ni desde el punto teórico ni en el imaginario social en Cuba. Me parece más productiva la discusión sobre la sociedad que se está desarrollando a partir de las políticas económicas en curso, aunque tengo la íntima convicción de que cada cubano tiene una visión distinta del “socialismo”: liberales del “Estado mínimo”, liberales socialdemócratas, social cristianos, socialistas democráticos y anarquistas. Todas estas corrientes están presentes en la sociedad civil cubana y todos se pronuncian sobre el “socialismo” y el capitalismo de diferentes formas. En la parte oficial, están los estalinistas de “línea dura” y los pro reformas y/o nuevos tecnócratas empresarios en el poder con una concepción de “socialismo” difusa e inasible. Seguramente hay otros grupos, pero esos son los que se pueden observar desde la opacidad del régimen político cubano.

La discusión que a mi modo de ver debe abrirse, es cuáles políticas nos acercan al modelo keynesiano y cuáles nos dirigen al capitalismo “salvaje”. No hay manera de hacer una economía algo eficiente sin la propiedad privada sea esta colectiva o individual. No estoy haciendo un dictamen al margen del marxismo sino analizando el resultado de las experiencias del “socialismo real” desde el pensamiento y las categorías económicas de Marx. Las experiencias de todas las economías estatales han mostrado su incapacidad para hacer un desarrollo mínimamente autónomo y/o sustentable. A esta conclusión llegó el expresidente del país, Fidel Castro, cuando confesó 50 años después de su propia experiencia: “el modelo no nos sirve ni a nosotros mismos”. Creo que se demoró demasiado y esa es su responsabilidad personal.

Bastante se burló de los economistas cubanos a los que comparó con los “fanáticos del béisbol, que discuten en las esquinas”[1]. Estoy señalando sólo una ocasión de los largos períodos “negros” que han tenido que pasar los economistas cubanos frente a las políticas económicas del Gobierno, desde los años 70 en lo adelante. La autocracia “socialista”, selecciona a sus colaboradores de acuerdo a sus intereses de turno.

Apostar al nivel de vida de la población a partir de los subsidios exteriores hace mucho más vulnerable a la población y al Gobierno que aplicarse en la inserción mundial con determinadas ventajas comparativas que seguramente algunas tendremos. Todas las formas económicas colectivas e individuales reproducen la división del trabajo capitalista en su interior so pena de reproducir formas de intercambio de “trueque” que bien funcionaban en la comunidad primitiva, pero que son impensables en una economía a gran escala y por lo tanto compleja. ¿Debe ganar lo mismo la persona que limpia y el médico? Esto es simple división social del trabajo capitalista.

Hasta el momento, es el mercado y las políticas correctivas de los Estados los que han demostrado mayores resultados en el crecimiento económico y el bienestar de sus poblaciones, con políticas de equidad social y justicia social. Cualquier proyecto de sociedad debe pensarse en sus posibilidades de auto-sustentación.

La clave del modelo a discutir, pasa entonces, por las políticas de redistribución de la riqueza y la democratización del poder político y económico y no por los tipos de propiedad que tienen que ser individual y colectiva, privada y pública. No es una discusión de futuro, el presente de la política gubernamental está decidiendo por todos.

Consenso anti-monopólico y descentralización económica

Creo que existe un consenso bastante amplio sobre la necesidad de diversificar las dependencias económicas externas e internas. Con relación a las dependencias externas hay una línea de actuación gubernamental evidente y positiva. Sin embargo, la política económica interna sigue manteniendo un monopolio del comercio interior y exterior que obstruye el desarrollo de las formas no estatales emergentes sean las microempresas individuales, las cooperativas y tanto las agrícolas como de servicio. También obstruye la responsabilidad de las empresas estatales, permitiendo su irrentabilidad, ineficiencia y perdonando sus impagos. Si antes todos decían “cumplir” los planes, lo que ha cambiado ahora es que casi ninguna empresa estatal cumple, pero publicar los incumplimientos aunque saludable, no soluciona los problemas si solo se les exige “mayor esfuerzo”.

Creo que era correcto no lanzar a la calle, en dos o tres meses, a casi dos millones de empleados estatales, pero tampoco se observa en la política en curso los mecanismos para facilitar el desarrollo de las formas no estatales: se les asfixia con numerosos y altos impuestos se les sigue controlando en gran parte su gestión, y se mantienen muchas de las dependencias estatales anteriores y/o nuevas, entre ellas el monopolio del comercio interior y exterior que impide a las nuevas empresas no estatales comerciar directamente con sus socios exteriores, sean cubanos o extranjeros y encontrar precios diferentes a los “recaudatorios” oficiales y de esta manera no sólo depender de los precarios mercados mayoristas que carecen mayoritariamente de los insumos necesarios. Esto es un “cuello de botella” que lentifica y obstruye los fines del crecimiento económico.

También existe un amplio consenso sobre la necesidad de grandes inversiones extranjeras en la economía cubana. El asunto es entonces, si las inversiones se canalizan sólo a través del Estado, o si se permite que también pequeños capitales puedan invertir en el país. Y no estoy hablando de las remesas, sino de una ley de inversiones que permita la inversión de pequeños y medianos capitales desde el exterior, no sólo de las grandes y millonarias inversiones a las que aspira el Gobierno.

Hasta ahora las reformas sufren de una lentitud inexplicable, o solo explicable porque la “lógica” de las reformas quiere privilegiar la reconversión de sus funcionarios en las empresas estatales hacia los nuevos empresarios “socialistas” que necesitan y conservando la mayor cantidad de los recursos y las decisiones. No se puede subordinar el ritmo de crecimiento del resto de la economía a esta reconversión, que lo único que prepara es a la “nomenclatura” para el siguiente paso: los más listos y con mayores conexiones nacionales e internacionales, intentarán convertirse en los nuevos millonarios nacionales en dos décadas más. Eso me recuerda la transición al capitalismo en Rusia.

Hasta ahora, el consenso antimonopólico sobre la economía interna no se encuentra en el Gobierno sino en la sociedad civil, y la descentralización económica sigue siendo un “chiste popular”.

Habrá quien diga que tal reconversión es difícil y por ello lenta. Efectivamente lo es, si las decisiones se concentran en un número mínimo de personas y si además se pretende proteger los intereses de los sectores en el poder y su base social fundamental: la nomenclatura.

Hasta ahora y cinco años después del inicio de las reformas, se está favoreciendo una conversión al “putinismo” y no a un modelo nórdico. La discusión pública y la presión de la sociedad civil al Gobierno definirán si Cuba será un Estado de Bienestar o transitará hacia el capitalismo “salvaje” con un nuevo “Putin” caribeño.

La democratización económica y política continúa posponiéndose por parte del gobierno, y la población, está en la misma posición de los personajes en la obra teatral “Esperando a Godot”.



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