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Actualizado: 28/08/2014 0:03
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PIB, Economía, Cambios

¡(Medio) Socialismo o Muerte!

Casi la mitad del Producto Interno Bruto provendrá del sector no estatal en unos años

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Buen ejemplo de “actualización” del modelo se genera en las esferas del poder en La Habana: como el socialismo ha resultado en Cuba un fracaso de más de medio siglo, se pretende improvisar con soluciones “novedosas”, la (pen)última de las cuales la anunció recientemente el miembro del politburó Esteban Lazo, figura étnico-decorativa en el Parnaso de la gerontocracia.

De acuerdo al Vicepresidente cubano, “hoy casi el 95 % del Producto Interno Bruto (PIB) del país es producido por el Estado. Dentro de cuatro o cinco años, el 40 o el 45 % será producido por diferentes formas de producción no estatales”. O sea, hacia 2015-2016 en Cuba la producción estatal se repartiría más o menos a partes iguales entre el Estado jurásico y los que trabajan por su cuenta, sin recibir las panaceas de la injerencia estatal sobre sus actividades productivas.

Algo así como un socialismo “fifty-fifty”, 50-50, “chao-chao, ni pa’tí ni pa’mí”, parecería alentador si también la represión, las presiones de policías y segurosos, la injerencia del partido, los abusos de los inspectores, las delaciones disfrazadas de vigilancia revolucionaria, las golpizas, los mítines de repudio, los presos políticos, los diputados oficialistas a la Asamblea Nacional, los trámites y prohibiciones de emigración-inmigración, la rampante corrupción, y las arbitrariedades generalizadas se redujeran, proporcionalmente, en un 50 %, al igual que la producción estatal.

Sin embargo, tengo la impresión, sobre la base de las cincuenta y tres experiencias de años anteriores, que la única reducción será en el aporte de la producción estatal al PIB, pero con una particularidad no señalada en este momento desde el oficialismo, y dudo que, si lo mencionan, insistan demasiado en ello: cuando se manifiesten los consuetudinarios y permanentes incumplimientos de la producción estatal, el porcentaje que aportarán al PIB los productores privados y cooperativos (eufemísticamente llamados “no estatales”) será mucho mayor del 50 %. Vivir para ver.

Dicho sin eufemismos: si esta decisión se llegara a aplicar de la forma en que ha sido anunciada (muchas otras han quedado en fanfarria y fantasías) el sector “estatal”, a pesar de tener todos los recursos, las prioridades y las ventajas de su lado, solo estaría en condiciones de producir más o menos la mitad de los valores que se crean en el país. Y los productores “no estatales”, sin disponer de ministros y viceministros, directores y jefes de departamento, “cuadros” y “funcionarios”, planes anuales y presupuestos, estadísticas y financieros, automóviles oficiales y casas de visita, produciría la otra mitad.

¿Generosidad de Papá-Estado? Naturalmente que no: impotencia, ineptitud, ineficiencia que no queda más remedio que reconocer después de fracasar durante más de cincuenta años.

Es algo sabido por quienes no se empeñan en alienarse de la realidad que en ninguna parte del mundo, no solamente en los países comunistas o del “socialismo real”, o los del socialismo verdaderamente democrático, sino también en los países de economía más liberales o “neoliberales”, desarrollados o subdesarrollados, del norte o del sur, de cualquier continente, ninguna empresa estatal, ninguna, absolutamente ninguna, resulta más eficiente que una empresa en manos privadas o cooperativas.

Para que no queden dudas, lo repito: ninguna empresa estatal, absolutamente ninguna. Si apareciera alguna, en Tombuctú, en Samarcanda, en Barrow o en cualquier otro confín, sería la excepción que confirma la regla, no un hecho que la desmienta.

Si al cumplirse cincuenta y un años de haber proclamado el socialismo cubano, el régimen reconoce que es incapaz de producir más del 50 % del PIB, tal vez dentro de otros cincuenta y un años reconozca que el experimento no sirve, y tal vez se decidiría verdaderamente a cambiar, y pudiéramos regresar no al capitalismo puro y duro, como dicen los tremendistas, porque hacia allá no hay camino, sino a la Edad de la Razón. Aunque es probable que no sea necesario esperar tanto.

Antes que se desboque la Brigadita de Respuesta Rápida, explico que cuando hablo de la Edad de la Razón pienso en cuando se acabe de entender que no solamente la economía determina el curso de los acontecimientos; que las libertades individuales son más importantes para el progreso y el desarrollo que las tareas de choque y las campañas por la productividad; que un plan de la economía puede ser una brújula para orientarse, nunca una camisa de fuerza; que el Estado no crea riquezas, y debe financiarse con impuestos imprescindibles, pero justos; que el mercado, a pesar de todos sus defectos e irregularidades —que pueden reducirse sabiamente— es mucho más eficiente y justo que el mejor plan económico-social que se haya diseñado nunca bajo el “socialismo real”.

También acabar de aceptar que a la economía del país pueden aportar tanto los cubanos que viven en él como quienes viven fuera, e incluso los inversionistas extranjeros dispuestos a cumplir con la legalidad y un verdadero Estado de derecho; que ninguna persona o grupo, nadie, se puede identificar con la Patria ninguneando y reprimiendo a quienes piensan diferente; que nadie debe ir a la cárcel por expresar sus ideas; que las improvisaciones son bienvenidas en el jazz y en el guaguancó, pero no en la economía; que los problemas nuestros debemos resolverlos nosotros mismos, sin pretender culpar a entes extraños y ajenos; y que ningún Estado, por ninguna circunstancia, puede justificar erigirse sobre las libertades, la dignidad y el consentimiento de los seres humanos.

Debería tratarse de “verdades evidentes” y “derechos naturales” que no habría necesidad de discutir, pero normalmente los vencedores celebran mientras los perdedores tratan de dar explicaciones. Y como hasta la fecha los resultados comprobados del socialismo real en todas partes pertenecen por entero a los perdedores, no al futuro, por alguna torcida razón seguirán surgiendo pretendidas explicaciones “científicas” —pero en realidad emocionales— sobre el fracaso, así como nuevos y abstractos proyectos para “reinventar” lo que ya se sabe que no funciona porque resulta contra natura. Terca, revisionista y “gusana” que es la realidad.

¿Cuál será la consigna apropiada para esta nueva etapa: “Medio socialismo o muerte”, o quizás “Socialismo o media muerte”?

Aunque tal vez la más realista sería: ¡socialismo o muerte, valga la redundancia!


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