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Actualizado: 22/10/2014 14:49
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Raúl Castro, Díaz-Canel, Asamblea Nacional

¿Que pasó el domingo en la Asamblea Nacional?

Si Yoani Sánchez —con fina ironía— consideró que un vicepresidente de menos de 80 años ya era un buen mensaje renovador, creo que este 24 de febrero le dio algo más que eso

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La Asamblea Nacional del Poder Popular ha sido un lugar sin emociones. Ante todo, Cuba es un país que se gobierna por decretos, por lo que la función legislativa corre a cargo de la burocracia. Luego, en sus breves sesiones, todo el mundo vota igual, los debates pueden anticiparse y los trabajos de las comisiones siempre se dedican a atajar aquellos detalles entre los que no se esconde el diablo.

Hay, sin embargo, una sesión más llamativa: cuando cada cinco años se conforma el Consejo de Estado. Y es así porque tener un asiento en el Consejo de Estado —y en particular en su presidencia— es moverse en la deliciosa esfera de la élite política. Y cuando un político cubano al mismo tiempo asume funciones en el Buró Político del PCC o en la presidencia del Consejo de Ministro, entonces está consagrado como un integrante del inner circle de los tomadores reales de decisiones. Como dicen los franceses, la creme de la creme.

Durante muchos años en Cuba esto no cambiaba y era posible ver en Granma los mismos rostros que iban encaneciendo y engordando a golpes de quinquenios voluptuosos. Pero desde los 90 se fue produciendo una mayor renovación y las propias maniobras de Fidel Castro para mantener a la élite subordinada, producía reclutamientos y desgajamientos inusuales. Lo distintivo de la renovación de la élite en todo este período fue la carencia de un sistema regular de recirculación que todo sistema político necesita.

A partir de 2008 Raúl Castro asumió formalmente las funciones que ejercía desde 2006, y que su hermano se ocupó de distribuir entre sus acólitos como un abuelo distribuye sus pertenecías personales a sus descendientes. Y desde entonces era previsible que iba a tratar de administrar la Isla con un mayor apego a la institucionalidad existente, una institucionalidad con muchos soles y bemoles, pero al menos algo formal tras el estropicio de la Batalla de Ideas. Y por eso también era previsible que estos procesos, como el que tuvo lugar ayer, iban a tener mayor sustancia que los precedentes.

En 2008 la novedad estribaba en adivinar si finalmente Fidel Castro salía o no del ruedo, lo cual hizo, para dejar en su mismo lugar a un pelotón de cuasi-octogenarios que quedaron consagrados como becarios fijos del poder en nombre de una supuesta cualidad histórica.

Esta de ayer tuvo otro significado: es el último mandato en que —más que por vocación de cambio, por mandato de la biología— los históricos, ya octogenarios consolidados, podrán seguir ejerciendo el poder. Y en consecuencia, cualquier movimiento que se produjera podría tener relevancia sucesoria en el futuro.

La primera noticia que nos llegó fue la elección de Esteban Lazo a la presidencia de la Asamblea Nacional. Un dato sin más relevancia que el valor de la anécdota. Lazo, con sus 69 años a cuestas, es uno de los dirigentes cubanos que se ha mantenido en la élite desde los 90 sin mostrar aptitudes particulares que permitan augurarle un futuro político superior. Ni sube, ni baja, solo merodea.

Es un típico alto funcionario cubano que por su condición racial afrodescendiente resulta imprescindible como demostración de integración ética plural de lo que en realidad es una élite blanca a toda prueba. Y el cargo de presidente de la asamblea da visibilidad, pero no poder. Se puede ser relevante o insignificante y permanecer en el cargo. Alarcón lo demostró en sus dos décadas de ejercicio. Y no parece que la actualización de Raúl Castro contemple cambiar el rol de confirmar decisiones adoptadas en otros lugares que tiene la ANPP. En consecuencia, Lazo debe seguir merodeando.

El Consejo de Estado resultante de estas elecciones se ha rejuvenecido considerablemente (57 años como promedio) y sale de algunas figuras tutankámicas. Pero si bien hay en el Consejo de Estado figuras relevantes que persisten en él —por ejemplo los militares y los dirigentes económicos a cargo de la reforma— la mayoría de los integrantes son figuras decorativas posiblemente virtuosas, pero seguramente sin poderes de decisión.

Otra cosa es la presidencia del Consejo de Estado.

El primer cambio fundamental es el nombramiento de Díaz-Canel como vicepresidente primero. Hay varias cosas positivas en ello. Aparte de que nos libra de los pucheritos de Machado Ventura, es positivo que en la línea sucesoria coloquen a un individuo en su sexta década de vida, que nació después del triunfo revolucionario y con una formación política y profesional —en provincias y en la capital— lo suficientemente larga y cambiante como para anunciar a un hombre que sabe vencer obstáculos. Es, en última instancia, un hombre que puede ocuparse del Estado en caso de renuncia o retiro temporal de Raúl Castro, hecho nada improbable si tenemos en cuenta la edad del general/presidente.

En su contra Díaz-Canel tiene un pedigrí político más discreto —su carrera impetuosa como político “nacional” tiene menos de una década— y pobres vínculos con los mandos militares, pues solo se le reportan tres años de servicio militar y un asiento en el Colegio de Defensa. Y en Cuba ahora —y por un buen tiempo en el futuro— el rol de las fuerzas armadas seguirá siendo crucial. Y aunque algunos analistas le apuntan en contra su oratoria mediocre —en verdad habla con la cadencia de un escolar al recibir el “beso de la patria”— no creo que lo que un dirigente cubano necesite en los años venideros sea precisamente buena oratoria. Si habla mal, pero tiene buena garra, tiene lo que va a necesitar.

El resto de la presidencia ha quedado compuesta por Machado Ventura, Ramiro Valdés y Gladys Bejerano que fueron ratificados; y dos ascensos: la secretaria del PCC en la capital y el secretario general de la CTC. La ratificación de Gladys Bejerano es interesante por su rol de contralora —una suerte de Eliot Ness en el mundo empresarial cubano— en un contexto de corrupción extendida y creciente. Y la entrada del dirigente sindical no lo es menos por su rol de control político sobre el descontento de los trabajadores, y que debe crecer según avanza la reforma.

Si Yoani Sánchez —con fina ironía— consideró que un vicepresidente de menos de 80 años ya era un buen mensaje renovador, creo que este 24 de febrero le dio algo más que eso. Francamente creo que todo el proceso electoral dio señales muy interesantes de por donde se mueve la sociedad cubana, (sobre lo cual no me detengo porque ya lo hizo con agudeza Marlene Azor) y de los límites que afrontan los dirigentes cubanos para ejercer su indeclinable vocación totalitaria.

Es probable que un hombre como Díaz-Canel, cuya ubicación en el mundo es por fuerza diferente a la de los padres fundadores, sea finalmente la persona que encabece una transición hacia un sistema político más abierto. La historia de las transiciones pactadas siempre han comenzado con un burócrata sin particulares dotes democráticos, pero convencido de que tiene que cambiar las cosas para conservar las cuotas de poder fundamentales.

Y si no fuera así, estoy seguro que Díaz-Canel será borrado del mapa político, sea devorado por sus camaradas o sobrepasado por un cambio de destino impredecible, pero que será inevitable, sea, decía Perón, con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.


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