Actualizado: 22/03/2017 10:25
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A Debate

Precisiones

¿Se opuso EE UU a la Revolución desde su triunfo? ¿Fue esencialmente 'batistiano' el exilio? Una respuesta al artículo 'Las elecciones tienen consecuencias'.

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Respondo puntualmente a algunas objeciones de Arturo López Levy a mis artículos Obama y Cuba y Dilemas de la nueva historia, aunque todas me parecen válidas y pertinentes.

1. La cita de Fidel Castro es textual y proviene de su reflexión La Ley de la Selva del 11 de octubre de 2008. Allí se lee: "los candidatos de los dos partidos que deciden en esas elecciones, tratan de persuadir a los desconcertados votantes —muchos de los cuales no se han preocupado nunca por votar— de que ellos, como aspirantes a la Presidencia, son capaces de garantizar el bienestar y el consumismo de lo que califican como un pueblo de capas medias, sin el menor propósito de verdaderos cambios… En Estados Unidos existe un profundo racismo, y la mente de millones de blancos no se reconcilia con la idea de que una persona negra con la esposa y los niños ocupen la Casa Blanca, que se llama así: Blanca. De puro milagro el candidato demócrata no ha sufrido la suerte de Martin Luther King, Malcolm X y otros, que albergaron sueños de igualdad y justicia en década recientes". No creo que en mi artículo haya distorsión de estas palabras.

2. Yo nunca he afirmado que "guerra civil" y "contrarrevolución" sean conceptos equivalentes. Sólo he dicho que el segundo concepto ha sido abandonado en la historiografía sobre las revoluciones francesa, mexicana y rusa, mientras que el primero adquiere cada vez más presencia en esas mismas historiografías. Para hacer esta afirmación me baso, entre otros, en libros como Citizens (2004) de Simon Schama y A French Genocide (2003) de Reynald Secher, donde se revalora el conflicto de la Vendée y se critica el concepto de "contrarrevolución" de Donald Sutherland y otros historiadores clásicos. Me baso, también, en La Cristiada (2002) de Jean Meyer para el caso de México y en el reciente y magnífico Russian Civil War (2008) de Evan Mawdsley para el caso de Rusia.

3. Sobre cuándo comenzó la oposición del gobierno de Estados Unidos a la Revolución Cubana tenemos ideas diferentes. Yo no comparto la tesis de Carlos Alzugaray ni cualquier visión histórica de las relaciones entre Washington y La Habana que parta del supuesto de que Estados Unidos está genéticamente programado para hacer daño a Cuba. Concuerdo más con la tesis de Louir A. Pérez Jr, quien en su último libro Cuba in the American Imagination (2008), sostiene que el gobierno de Eisenhower comenzó a planear el derrocamiento del régimen cubano en la primavera de 1960, luego de que la alianza con la URSS había avanzado demasiado y el Departamento de Estado tenía la certeza de que el gobierno revolucionario se movía hacia el comunismo.

Es cierto que la CIA redactó informes sobre el comunismo de Raúl Castro, el Che Guevara y sobre la aproximación de líderes del viejo partido a la jefatura de la Revolución desde 1958. También es cierto que algunos planes subversivos del exilio comenzaron desde 1959, pero como el propio Patterson y otros historiadores han establecido, la CIA no era el único actor de la política de Estados Unidos hacia la Isla. El embajador Bonsal permaneció en La Habana hasta el 29 de octubre de 1960, las relaciones se rompieron oficialmente el 3 de enero de 1961 y todavía en marzo del 60 Rufo López Fresquet estaba tratando de renegociar el acuerdo comercial que ambos países habían firmado tras la visita de Castro a Estados Unidos, un año atrás.

A partir de la misma información que consultó Alzugaray —y de otra que él no consultó— se puede sostener que Estados Unidos reconoció al gobierno revolucionario durante buena parte de 1959, aceptando la reforma agraria e intentando evitar la radicalización comunista del régimen. Washington no tenía por qué oponerse a un proyecto nacionalista democrático en el Caribe: Cuba no era Guatemala y las élites diplomáticas del Departamento de Estado estaban más interesadas entonces en sostener relaciones similares a las que tenían con el México postcardenista o la Venezuela de Betancourt, dos gobiernos de la izquierda democrática no comunista de la región que eran aliados valiosos en la Guerra Fría. El tema es vastísimo y polémico y ahora mismo hay un debate sobre el mismo, en el que interviene Alzugaray, en Foreign Policy en español.

4. Es cierto que hubo algunas corrientes batistianas en el primer exilio, desde 1959, como la Rosa Blanca de Díaz Balart. Pero, a partir de la poca bibliografía buena que existe sobre el tema —por ejemplo, el dossier La Primera Oposición que publicamos en el número 39 de Encuentro— se puede sostener que el liderazgo máximo de la oposición y el exilio cubanos se conformó, en 1960, con partidarios de la primera revolución (Miró Cardona, Ray, Varona, Artime, Rasco…), que constituyeron el Frente Revolucionario Democrático. No sólo el MRR y el MRP, sino la mayoría de los opositores al comunismo cubano, dentro y fuera de la Isla, en la primera mitad de los 60, estaba integrada por defensores de la revolución nacionalista democrática.

El debate historiográfico sobre la Revolución y sus oposiciones apenas comienza y ya tendremos tiempo de regresar una y otra vez a estos temas. Sólo me queda sugerir un par de cosas: la idea de caracterizar al exilio como esencialmente "batistiano" y la de que Estados Unidos se opuso a la Revolución desde su triunfo son dos mitos centrales de la historia oficial del socialismo cubano y —hablando de propaganda— del aparato de legitimación del régimen habanero.

Por último, si algún académico, intelectual o político exiliado piensa que la oposición debe ser reconocida por el gobierno de la Isla y por la comunidad internacional, está en su derecho. Eso pertenece, ya, a las ideas políticas de cada quien y no al debate historiográfico.


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