Actualizado: 12/08/2022 22:46
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Sociedad

Cinematecas por cuenta propia

Alquilar películas y programas extranjeros sigue siendo el escape al rancio menú de la propaganda oficial.

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Los detentores del poder en Cuba no dejan de asombrar a quienes permanecen atentos a sus vaivenes. El pasado primero de mayo marcó el inicio de la permisiva otorgada por el Consejo de Estado para que todo el que arribe a la Isla lo pueda hacer con videocaseteras y otros implementos de este tipo.

Hasta ahí, la nueva normativa asombraría a cualquier ciudadano del mundo, pero alegraría al más simple mortal de la Isla, sobre todo a los que se les ha incautado, retenido o decomisado injustamente durante varios años los citados equipos de reproducción. Hasta la fecha se prohibía entrar al país estos equipos, excepto si la persona era colaborador deportivo, médico o de otra instancia del gobierno a cualquier nivel.

En años anteriores se vendieron en el comercio en divisas a un precio altísimo —300 dólares como mínimo—, pero posteriormente fueron retirados de las tiendas. Lo ilógico de esta situación es que ya esos equipos están en desuso; ni la tecnología ni los insumos que necesitan se comercializan ya en el caso de las videocaseteras. Ha perdido interés de uso, aun cuando un 90% aproximadamente de los consumidores no tuvo el mínimo acceso a los mismos.

"Es verdad, pero es mentira", dijo Yanelys. Consultada por Encuentro en la Red, esta joven treintiañera de la ciudad de Bayamo, en la provincia de Granma, relató que aunque lo han hecho oficial, aún no funciona, aludiendo a la medida dictada por la Gaceta Oficial.

"Aun así —dice— yo transferí todo mi material a CD y a VCD hace unos meses, y desde entonces estoy alquilando en este formato". Yanelys se gana la vida rentando películas y novelas de televisión por el precio de cinco pesos las 24 horas.

Como ella, cientos de personas lo hacen en el país. Para la gente, este negocio es un escape de lo que Yanelys denomina "los Caballeros de la Mesa Redonda", en referencia al monolítico paquete de la televisión oficial. Respecto a la acogida de la nueva tecnología, la joven refirió: "Es más económico, fácil de transportar y de mejor calidad. Ahora, con la entrada de los DVD por parte de los médicos, maestros y deportistas, sobre todo de Venezuela, me hice de discos de ese formato, vírgenes también, y pienso que me duren para rato, pues es difícil que cambien tan deprisa para el mini-DVD".

"Por otra parte, parece que por ser mujer, los inspectores sólo me molestaron un poco al principio, pero con el tiempo empezaron a llevarse películas y capítulos de novelas, y en ocasiones se van con 'una tierrita'. Estoy segura que juristas, chivatos y policías lo saben, pero o no ven filmes, o miran para otro lado y no dicen nada", concluyó.

Un negocio que está en peligro

Otro de los aspectos que atenta contra el próspero negocio de los alquileres de películas y de programas grabados, es la ascendente carrera de las computadoras y los servicios clandestinos de televisión por antena. En los últimos meses, se ha acrecentado la pelea policial contra los poseedores de antenas caseras para recepción de noticiarios, eventos deportivos, telenovelas y otras preferencias de la audiencia reprimida de la Isla.

Ariel ha sabido moverse, dice, de un formato a otro, sin desechar ninguno, y agrega que lo mismo presta casetes que discos compactos, y en los últimos dos meses ha prestado una videocasetera para aquellos que no la poseen. "Hasta en la azotea de mi casa pongo un televisor si me dejan los policías", comenta.

Mediante un martilleo constante en los medios de prensa, el gobierno ha insistido hasta la saciedad en el acto irresponsable de promover programas y capítulos de lo que denomina una cultura foránea y alejada de los valores de identidad criollos. Pero, como atestigua un refrán en Cuba, una cosa piensa el borracho y otra dice y hace el cantinero. La misma televisión que domina y adoctrina pasó años evadiendo lo mejor del cine nacional e internacional, promocionando lo más chato y ramplón del cine de entretenimiento, y copiando a mansalva lo más light de la televisión latinoamericana contemporánea.

Ariel hace mil malabares para evitar la inspección oficial, el ejército de persecución contra la iniciativa individual, y se las ingenia para mantenerse a flote en estos tiempos de marea alta, entre el buen gusto y la complacencia a sus clientes.

"Indudablemente, han sido la Aduana, con permitir la entrada de los DVD, y las mujeres, con su preferencia por las telenovelas, las que me han engordado el negocio", opina. Para Ariel no hay freno: "Ahora se sumaron los niños. En las últimas semanas me cayeron casi todos los capítulos de una serie infantil titulada Power rangers, que hizo furor entre los de esa edad".

La versión oficial y la costumbre de inflar el globo

Ante el aumento de solicitudes de trabajadores por cuenta propia para abrir las salas de sus casas como pequeños cines de barrio, con el objetivo de que los vecinos pudieran ver filmes por un par de pesos en moneda nacional, o la posibilidad de llevarse otros materiales a casa por dos o tres más, el gobierno se levantó a gritos con un fajo de iniciativas bajo el brazo.

En el principio, en vez del verbo, fueron las salas de televisión y vídeo a cientos de comunidades. Las salas de televisión, con entrada gratis, y las de vídeo, por el precio de un peso. Pero ni cruz ni cara de la moneda. Las salas de vídeo han sido promocionadas como parte de la denominada "batalla de ideas", se han surtido con excelentes materiales documentales y de ficción de factura nacional. Pero un público sediento de patadas, sangre y carros volcados, no deja lugar a debates u otra forma de entablar un diálogo en torno a la realidad nacional.

Las salas de vídeo anuncian lo que está censado en las distribuidoras nacionales, para no ser amonestados por sus inspectores, aunque debajo de estas mismas tirillas de anuncios, colocan los filmes que pondrán ese día y le pintan la palabra "hoy" con letras mayúsculas.

En otro orden, aparecen las salas de televisión enclavadas en barrios y comunidades, pero puestas a servir lo peor de la programación televisiva, los remanentes del cine comercial, además de funcionar como salón de reuniones, colegios electorales, y cuanta perorata les exijan a sus pobres coordinadores.

Los casos antes expuestos no reflejan sino un recelo muy rancio contra todo espíritu diversificador, una política de mandamás que grita a los cuatro vientos cuánto hay que hacer y desprecia el capital del motor impulsor de cualquier país, su divisa más valiosa también: el ciudadano común.