Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Represión

De regreso a la tierra

El opositor Pedro Argüelles Morán acaba de cumplir tres años preso en su natal Ciego de Ávila. Le faltan 17 para terminar su condena.

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El problema de Pedro Argüelles Morán como periodista independiente es complejo. Hay un Pedro Argüelles interno, salvaje, herido, que sale a veces y le quita objetividad y mesura a lo que escribe. Porque ese otro Argüelles es un opositor puro, un hombre que conoce muy bien, desde hace muchos años, la esencia de la dictadura.

La ha vivido desde joven en su tierra natal, Ciego de Ávila, un pedazo de Camagüey que el gobierno amputó para ejercer, desde más cerca, el control de la gente.

En esas tierras donde ha vivido sus 60 años, lo sabe todo. Y lo que no sabe, se lo cuentan.

Creció en el Central Pina, donde su padre trabajaba como dentista. Allí, jugando en el parque de La Rana, con un olor a melao que duraba tres meses y unas invasiones de bagacillo que ponían gris las camisas blancas de almidón y plancha, Argüelles se hizo partidario de los versos y del teatro, de la música y de la libertad.

Se le veía en La Habana, en la zona de El Vedado, en los altos del Club 21, aforado a una bohemia que incluía a gente de la radio y la televisión, a pintores y dramaturgos que después se fueron, a gente llana y alegre que se amargó y le cerró las puertas a la vida. Argüelles siempre volvía a Ciego de Ávila.

En ese pueblo representó después, y durante muchos años, al Comité Cubano Pro Derechos Humanos que fundó en Cuba Gustavo Arcos Bergnes, para inaugurar en la Isla una manera pacífica de luchar con energía por un cambio radical de sistema.

Cuando se iba a acabar el siglo XX, Argüelles, sin dejar de trabajar totalmente en el Comité, comenzó a colaborar con varias agencias independientes, hasta que fundó una en aquella región para que el movimiento opositor tuviera voz y tuvieran voz los grandes sectores de la población que están destinados a asentir y a callar.

¿Dónde está ahora mismo Pedro Argüelles? En Ciego de Ávila, en una celda de la cárcel provincial de Canaleta, desde la que lo llevan a menudo a la sala de penados del Hospital porque tiene artrosis y cataratas en los dos ojos y para leer los libros que le lleva su mujer Yolanda Vera, se tiene que pegar las páginas a la cara y, a pesar de eso, casi no se entera de nada.

Allí está, después de un tránsito por el Combinado del Este de La Habana, otra vez en la tierra que quiere libre: acaba de cumplir preso tres años. Le faltan 17 para que termine la condena que le impuso un tribunal avileño; mientras descendía la petición fiscal, miraba las musarañas con sus espejuelos asegurados con alambre dulce y esparadrapo.