Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Sociedad

El fallo no está en la gasolina

¿Batalla contra la corrupción?: el gobierno emprende un aparatoso operativo contra cientos de empleados de gasolineras.

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Habría que desmantelar todo el motor. Porque es en la estructura y en las bases erráticas, funestas, del sistema, donde los mecanismos se malean y se disloca la conducción. Ubicar el desperfecto en uno de sus componentes más simples y encima cacarear el "hallazgo" como quien descubre el agua fría, supone, cuando menos, una obtusa maniobra destinada a intentar que el árbol no deje ver el bosque.

Es lo que está ocurriendo con las acciones emprendidas por el régimen contra los empleados de las gasolineras de La Habana. Antes ocurrió ya con otros, otros y otros corruptos menores, que son como tizones extraídos a la diabla de la gran hoguera de fechorías donde se achicharra el país.

Sintomático en el caso de las gasolineras, o en el de los almacenes de las shopping, o en el de las administraciones de entidades gastronómicas, es que las purgas implacables y los controles de zalagarda que ejecutan policías y auditores no sólo demuestran ser inútiles desde el primer minuto, sino que además terminan resultando contraproducentes para la propia conveniencia de quien los ordena.

Hombres deformados desde la niñez por un estatus que impone el fraude y la doble moral como armas de supervivencia, hombres que no pueden encontrar en el trabajo una solución mínima, o un remedio, para el sustento de su familia, tienden a delinquir en masa, arañando lo que se les pone a mano en sus respectivos empleos. Y por delinquir, son sustituidos con otros hombres educados bajo las mismas reglas y que sufren el mismo desbarajuste económico.

No hace falta demasiada agudeza para vislumbrar el saldo de este juego inoperante, que es como el de la Buena Pipa, donde la historia se repite, cíclica, fatigosamente, sin pizca de racionalidad y sin resquicios para una posible salida.

No en balde los habaneros sonreían, impasibles, ante el aparatoso operativo de semanas atrás, cuando cientos de despachadores de gasolina eran sustituidos de improviso por los llamados "trabajadores sociales". La incógnita —murmuraba vox populi— no surge en torno a la funcionalidad de la medida, sino a la cantidad de días que demorarán los sustitutos para empezar a robar el combustible y/o adulterar documentos y registros de contabilidad.

Adecentar el ambiente

Con todo, esto no parece ser lo peor para el régimen, tan acostumbrado a tales anomalías que a veces da la impresión de que las contempla en los presupuestos del año.

Debido a una curiosa convergencia de intereses, empleados y pequeños funcionarios estatales como los de las gasolineras, entre otros que ahora están en el punto de mira de algo que llaman "batalla contra la corrupción", configuran un sector que sobresale por su actitud conservadora y aun de cierta manera cómplice ante los desmanes gubernamentales.

No es que sean verticalmente fieles al régimen. La verdad es que, de puertas adentro, alinean entre los que más rechazan y cuestionan el estado de cosas que éste impone. Sin embargo, nadie acude con mayor puntualidad que ellos a la hora de nutrir el bulto en las concentraciones, marchas y actos denominados patrióticos. Cuando de legitimar constituciones amañadas se trata, o de aplaudir declaraciones, o de firmar panfletos de adhesión, o incluso de apoyar fusilamientos y juicios sumarios, los representantes de este sector responden siempre.

Hay una lógica, la del oportunismo mísero (aun cuando algunos confundan el oportunismo con la lucha por la vida), y esta lógica condiciona el comportamiento de casi toda la gente que en la Isla apoya la dictadura totalitaria. En esencia, podría interpretarse del siguiente modo: "Si dejas que me defienda, a mi forma y con los medios a mi alcance, no me importa lo que hagas, podemos convivir en armonía".

Es más o menos la misma lógica aplicada por los intelectuales sin alma y por el grueso de los funcionarios de alto y bajo rango, a quienes vemos bailar al compás del son que suena, igual que osos en el circo, para que les dejen caer el caramelo. Y es la lógica de las personas que ocupan empleos con acceso a la divisa y con la posibilidad de aprovechar, legal o ilegalmente, algún beneficio que de ello se derive. En conjunto, y dadas las circunstancias de nuestra extrema pobreza, quizás podríamos englobar a esos sectores dentro de una "clase cuarta", pues no llegan siquiera a clase media.

Y justo a este grupo pertenecen los pisteros de la gasolina, así como otras figuras de la corrupción a ínfima escala que son utilizadas hoy como curieles de un proyecto con el que se pretende adecentar el ambiente, demasiado tarde, sin duda, y con un nivel de superficialidad que raya en el ridículo.

¿Habrá previsto el régimen que cada cabeza que corte entre los corruptos menores equivale a una cabeza menos en la fila de sus, digamos, adeptos? No es que la "clase cuarta" constituya una cuadrilla envidiable, pero como quiera que sea, son sus bueyes, representan un número entre los pocos que le quedan, y es de presumir que resulten necesarios para continuar halando la carroza real.