Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Sociedad

El reverso de la solidaridad

¿Han encontrado los médicos cubanos una válvula de escape, sin importarles los fines para los que son utilizados?

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¿Puede negarse un médico cubano a cumplir una misión encomendada por el gobierno de Fidel Castro? En teoría, sí, por supuesto que puede. Nadie osaría quitarle al ser humano la capacidad de decir "no" ante la duda o el inconveniente. Pero en la Cuba actual, dar un paso de tal naturaleza trasciende con mucho las voluntades individuales y las posibilidades de elección.

El simple acto de una negativa conlleva demasiados riesgos. Uno de ellos, quizás el mayor, es la imposibilidad de acceder a determinados privilegios. He ahí la piedra de toque para comprender cómo Fidel Castro, al armar su peculiar "tráfico de cerebros", mantiene cierto consenso, aunque sea momentáneo, entre la grey científica.

Para empezar, pongamos en duda que lo primero que le pasa por la cabeza a un médico cubano, cuando es escogido para cumplir una misión en Venezuela, Bostwana o Pakistán, sea su "carácter solidario" o el "afán de justicia", tan repetido por los voceros del régimen y los medios de comunicación en la Isla.

El programa de ayuda médica a otras naciones está conformado por hombres y mujeres que no están fuera ni al margen del fuerte mecanismo represivo de una dictadura totalitaria, cuyos tentáculos pueden llegar hasta el último confín del planeta, en virtud de un bien urdido entramado de chantajes y presiones diversas que van desde el individuo que logró viajar fuera de las fronteras cubanas, hasta la familia que quedó dentro de la Isla. Romper definitivamente con ese estado degradante de cosas no es tan sencillo, ni son muchos los que se atreven. Es la triste verdad.

¿Por qué lo hacen?

A los colaboradores médicos cubanos se les ha impuesto un duro régimen de vida en otros sitios, lejos de sus hogares. En muchos casos están expuestos a enfermedades, sufren privaciones, padecen el excesivo calor o el crudo invierno, se incomunican durante semanas con sus familias y, encima, deben tolerar que el Estado les pague sólo con algunas migajas, después de apropiarse del dinero que ellos deberían devengar íntegramente.

¿Por qué lo hacen entonces? ¿Cómo pueden arriesgarse tanto? Es cierto que durante varios meses se mueven, conocen y se benefician de la libertad que prevalece en esas otras naciones. Incluso, algunos reconocen que han cambiado su manera de pensar, luego de vivir en países donde existe libre mercado, prensa sin censura y pluralismo generalizado.


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