Actualizado: 06/04/2020 20:21
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Represión

En tres y dos

Pedro Pablo Álvarez: preso por defender a los obreros, en un país en el que se supone que gobiernan los obreros.

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Lo decía Fermín Guerra, el legendario pelotero que terminó de manager del club Habana en la Liga de Invierno en Cuba. Lo decía, en los años setenta, mientras enseñaba y entrenaba a otros jóvenes atletas capitalinos: "El mejor de todos es el derecho ese. Tira duro, combina bien y no tiene miedo".

El derecho se llamaba Pedro Pablo Álvarez. No había cumplido los veinte, vivía con su abuelo en un reparto, pero su casa familiar —su madre y sus hermanas— estaba, está, en el malecón, frente al mar. A ese balcón, de noche, llega la brisa húmeda y, con su tic nervioso, la farola de El Morro.

Era una promesa. Alta velocidad, control sobre los lanzamientos, coraje en situaciones difíciles, buen físico, fortaleza y voluntad. Pero, no estaba integrado a los organismos revolucionarios. No es que fuera un indiferente, no. Estaba en contra. Creía que todo lo que estaba pasando disminuía o anulaba la libertad individual y que la entrega a la órbita soviética arruinaba y denigraba al país.

Por eso, cuando le propusieron que se integrara al equipo de béisbol del Ministerio del Interior para después subir al campeonato nacional, dijo un no definitivo, sin apelaciones, para el que no tuvieron peso los argumentos de amigos y entrenadores y compinches del barrio que aspiraban a verlo en la televisión.

Primero muerto que en el Ministerio del Interior, dijo y recogió su guante que le entraba en la mano con docilidad de gacela, según dijo Pepe Lezama de unos zapatos que su hermana Eloísa le mandó de Miami.

Esa escena se reflejó definitivamente en su expediente. De modo, que años después, cuando estaba terminando la carrera de Ingeniería y sólo iba al estadio como un espectador, lo llamaron los profesores y los dirigentes juveniles de su curso para informarle que él, Pedro Pablo Álvarez, un desafecto, no podría tener, bajo la dictadura del proletariado, ningún título universitario.

Sin ceder un milímetro

Pedro Pablo se hizo entonces tornero, buen tornero. Siguió lejos de todo el carnaval político de su país, dedicado a su trabajo y a su familia y, desde luego, a pensar en cómo se podría ganar espacios en el sindicalismo, tomado de arriba a abajo, por los sirvientes del gobierno.

Hacia finales de los ochenta y en los noventa, Álvarez dirigía un grupo de activistas sindicales con visibilidad en todo el país. Fundó una pequeña agencia de prensa alternativa para dar a conocer ese trabajo y se vinculó a organizaciones internacionales de obreros que, de inmediato, reconocieron la legitimidad de las propuestas de los representantes de los trabajadores que se quieren liberar dentro de Cuba.

En la primavera de 2003, Álvarez fue uno de los 75 opositores y periodistas que fue a parar a la cárcel. Allá está, condenado a 25 años. En el Combinado del Este de La Habana. Íntegro, sin estridencias, negado a las comparsas y a las habladurías. Sin ceder un milímetro. Un caso especial, un líder natural de los obreros, preso por defender a los obreros, en un país en el que se supone que gobiernan los obreros.

Pedro Pablo Álvarez sigue, casi llegando a los sesenta, con mucha fuerza, mucho control y sin miedo, como lo describió Fermín Guerra, aquel campeón.