Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Sociedad

Esclavitud, socialismo y resistencia

Sustraerle al Estado: ¿una forma de resistencia?

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Antonio Gramsci advierte que grupos y sociedades suelen acomodarse y negociar, pero también resisten a como dé lugar el poder que los oprime. Donde hay poder hay resistencia, dice por su parte Michel Foucault. Las formas, tanto de negociación como de resistencias, son múltiples, prácticamente incontables y varían con la calidad de la opresión.

Un régimen como el cubano, por ejemplo, no halla su verdadera resistencia en la oposición política, aunque su forma gloriosa sea la que mejor active la imaginación de los hombres. Es la vieja sensación de expiar la cobardía cuando observamos el espectáculo de la epopeya.

Cualquiera sabe que en la manera de protegerse, en la defensa de su hegemonía, la revolución cubana se ha mostrado casi inexpugnable. La estructuración del sistema represivo resulta completa y comienza con un ejército de policías y delatores profesionales y otros que, sin llegar a tal excelencia, se organizan en los CDR.

La resistencia popular, más que darse en la fuga que avala Antonio Negri, y cuyas resonancias en Cuba vienen de la esclavitud, adquiere auténtico sentido cuando entierra su estilete en las verdaderas falencias del poder. Si el esclavo se fugaba sin intención de hacer caer el colonialismo, sino por sobrevivir frente a la atrocidad, el cubano de hoy se fuga desde posturas apenas diferenciables. Pero mientras unos tratan de irse y otros deciden permanecer, todos hurgan en los quebrantos del sistema, lo exploran víscera por víscera y a la primera oportunidad meten sus manos. Y esta frase no la decimos por gusto.

El esclavo, en Cuba y otros sitios, se rebelaba diariamente contra el ritmo de trabajo a que era sometido. A la mínima ocasión se detenía, vigilaba al mayoral para zafarse de la tarea que lo acogotaba, hacía de brazos caídos, simulaba dolencias y enfermedades, resistía. No tenía acaso conciencia de que así deterioraba, clavaba un puñal en el costado económico del colonialismo.

Vocación autófaga

Hace pocos días, el gobierno cubano llevó a cabo una de sus "operaciones contra el robo", en este caso de gasolina. Centenares de jóvenes acudieron, de golpe, a sustituir a los vendedores de combustible en las gasolineras. Los propios encargados de la tarea dijeron a la prensa que aquello era un asunto del "comandante", alarmado por el monto de las pérdidas. Los jóvenes, con la consigna de trabajadores sociales en sus camisetas, harían de contadores para probar el desfalco.

Pero, ¿en qué sector de la economía nacional no roban, con gimnástico impulso, los cubanos? Sustraerle al Estado no es un suceso fortuito, una crisis coyuntural, un padecimiento pasajero. Robar es una institución y una forma ineludible de resistencia, como la del esclavo. Frente al poder monopólico de un Estado que se ha mostrado incapaz de crear riquezas en los volúmenes que dicta la razón económica, el pueblo sencilla y llanamente roba, y lo hace porque no quiere padecer ni morir, como el esclavo.

Su objetivo en general no reside en desvalijar al régimen y que su indigencia caiga hasta lo más profundo del pozo y sea ya imposible una esperanza de regreso al brocal: se le roba al gobierno porque no hay otro remedio. Poderes de esencias similares crean, sin dudas, actitudes parecidas. Y éstas serían acaso algunas de las fronteras que comparten la esclavitud colonial y la dictadura en la Isla.

La resistencia tampoco podría definirse como ideológica, sino como un hecho físico, una necesidad del cuerpo que el propio poder impone. Ese ciudadano que no falta y que está convencido de que el mejor de los mundos es el socialista, le roba también al objeto de su fantasía, le entra muchas veces a saco y le empuja hasta la garganta el acero letal. ¿Habrá salida para un régimen devorado tan hipócrita y diariamente por sus propios hijos, a quienes no le ha pasado por la cabeza destronarlo, como temía Saturno? Es muy rara esta vocación autófaga.

Pero quizá el asunto no tiene que ser estrictamente de resistencia, o sea, del ámbito de Foucault. Quizá se estableció, desde 1959, una negociación de ecos gramscianos, un pacto sin rúbrica ni papel, una tregua frente a la guerra forzosa, en donde el Estado, inviable económicamente, se deja robar, hace la vista gorda, permite que una gran masa se reacomode en su precariedad, y el sistema pueda, de tal guisa, mantenerse a flote.

Y esta meditación acaso no resulte descabellada porque desde el cubano más lerdo hasta el más talentoso, sabe que el robo no cesará en las gasolineras con un acto más publicitario que efectivo. Con suerte se atenuará un mal que, en pocos meses o en semanas, volverá a renacer como el ave clásica.