Actualizado: 22/05/2019 9:03
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Historia

«Ese sol del mundo moral»

Se cumplen 145 años de la muerte de José de la Luz y Caballero, sin cuya obra no puede entenderse el independentismo de 1868 ni de 1895.

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La formación de ciudadanos cívicos e instruidos para la participación social constituye una premisa para el progreso. Los que dedicaron su vida a esa labor, diferente al servicio de las armas, merecen eterno homenaje. Hace 145 años, en junio de 1862, rodeado de sus alumnos, falleció José de la Luz y Caballero, una de esas figuras con las que permanecemos en deuda y cuyas tesis, además de confirmadas por la Historia, están vigentes.

Hablamos de aquel que concibió el arte y la ciencia de la educación como premisa insoslayable de los cambios sociales, del cubano que entendió la política como proceso y se pronunció contra la improvisación.

Nació en La Habana el 11 de julio de 1800, en el seno de una familia criolla. Don Antonio, su bisabuelo paterno, constructor del muelle de Luz, quedó inmortalizado por la calle que lleva su apellido; José Cipriano, su abuelo, y Antonio José María, su padre, fueron regidores del Ayuntamiento de La Habana.

Luz se graduó de Bachiller en Filosofía en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo, en La Habana, y en el Seminario San Carlos, de Bachiller en Leyes. De forma autodidacta llegó a dominar los idiomas inglés, francés, italiano y alemán. Contrajo matrimonio con Mariana, hija del insigne científico cubano Tomás Romay, con la cual tuvo una hija, cuya muerte, ocurrida en 1850, le ocasionó un abatimiento irrecuperable. Luz, después de predicar como filósofo y actuar como jurista, profesión en la que pudo contar con una opulenta clientela, desistió de ella para centrarse en la enseñanza.

Por su concepto de la educación como instrumento gradual de cambio social, algunos lo han considerado un apolítico, un sabio alejado de los problemas, un hombre que toleró la esclavitud en el terreno de los hechos. Ignoran, los que así piensan, que una cosa es la geometría, donde la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, y la sociedad, donde entre los puntos median eslabones intermedios. A Luz le tocó la época en que las repúblicas hispanoamericanas buscaban la independencia por medio de revoluciones.

En ese contexto, estableció su tesis acerca de la relación entre educación e independencia: los procesos para fundar pueblos tienen como premisa la preparación de los sujetos históricos y los cimientos morales básicos para que los cambios resulten positivos. Antes de la revolución y la independencia, la educación.

Los que plantean que Luz no combatió la esclavitud en el terreno de los hechos, ignoran que el primer hecho radica en el egoísmo humano y en la ceguera de los intereses, ámbito donde la educación tiene prioridad sobre la fuerza. Lo cierto es que, aunque su familia poseía esclavos, él nunca los tuvo y que, cercano a su muerte, legó la libertad a esclavos de su esposa, de quien estaba separado.

Cuando Turnbull, cónsul británico que desarrolló una intensa campaña contra la trata y a favor de la abolición de la esclavitud, fue expulsado de Cuba, Luz protestó ante la Sociedad Económica de Amigos del País. A los que lo acusan de que en sus planes de educación no consideró a los negros, habría que preguntarles si, en pleno apogeo del esclavismo de plantación, cuando se discutía si los esclavos eran o no seres humanos, eso era posible.

Escultor de almas

Si muchos de nuestros próceres se movieron por el mundo para enriquecer sus ideas revolucionarias, Luz también lo hizo, pero para enriquecer su acervo cultural y ponerlo al servicio de la educación. Durante los tres años que viajó por Estados Unidos y Europa Occidental, estableció relaciones de intercambio científico, técnico y cultural con hombres notables de la época. Entre ellos, Alejandro de Humboldt, nuestro segundo descubridor; el escritor Goethe, el físico francés Gay-Lussac, el novelista escocés Walter Scout y el canciller de Inglaterra Enrique Brougham. Con ese mismo fin participó en las tertulias de Alejandro Dumas y estudió química con Mateo Orfila.

A su regreso del viaje sintetizó las experiencias más avanzadas de la época y las amoldó a las condiciones de la Isla. A la pedagogía colonial, encadenada al sistema memorista y censurada eclesiástica y civilmente, enfrentó una pedagogía criolla de la liberación. Su norte era imponer el sistema explicativo, donde la historia está obligada a buscar el porqué de los hechos. Posición ésta que conducía al cuestionamiento de la historiografía oficial. Se opuso tenazmente a la improvisación de los educadores, pues consideraba la preparación de estos como un problema vital.

Así, en 1831 ofreció una nítida imagen de su proyección pedagógica al proponer la formación de un magisterio en Escuelas Normales, nada menos que ocho años antes de fundarse la primera escuela de ese tipo en Estados Unidos. En 1833 presentó a la Junta de Fomento el Informe sobre el Instituto Cubano, en el cual propuso la creación de un instituto de carácter politécnico para la formación de los cuadros que el desarrollo agrícola e industrial exigían, a la vez que aprovechó su admisión como Socio Corresponsal de la Academia Económico-Agraria de Italia para difundir en Cuba los conocimientos agrícolas de avanzada.

En 1839 participó en la inscripción de una matrícula compuesta por cientos de aprendices que recibieron clases gratuitas en diferentes oficios. En la enseñanza primaria introdujo el método explicativo, el cual podría calificarse como antecedente de la actual enseñanza problémica.

En el campo de la Filosofía, aunque no se dedicó a sistematizar una doctrina, se proyectó contra la Escolástica y fue un excelente polemista. Para proteger a la juventud de lo que consideraba una mala influencia, atacó a los que se dedicaron a propagar en Cuba el eclecticismo de Víctor Cousin, la figura más representativa de la escuela moderna de filosofía ecléctica del siglo XIX. Un ataque valorado en la historia de la filosofía nacional.

En su edad adulta, fundó en marzo de 1848 un gran colegio, que era su gran sueño: El Salvador de La Habana, donde todo lo valioso que acumuló de su tío materno José Agustín Caballero, de sus relaciones con el primero que nos enseñó a pensar, el Padre Félix Varela, y con los más insignes hombres de su época, lo enriqueció y entregó a sus alumnos, entre ellos a Rafael Mendive, profesor de José Martí. Aquí, como en los anteriores centros educativos, inculcó a sus alumnos la ética y la independencia de pensamiento. Su magisterio en esos centros fue una verdadera fragua de hombres. Una labor que lo ubica entre los educadores latinoamericanos con más dominio sobre las corrientes pedagógicas de su época.

Luz no fue político ni revolucionario, fue escultor de almas, un precursor, sin cuya obra no puede entenderse el independentismo de 1868 ni de 1895. Como tampoco el estado de empantanamiento actual de la sociedad cubana, incluyendo la actual improvisación en la enseñanza. Puso la Pedagogía y la Filosofía en función de la independencia, la libertad y la descolonización del país.

Su obra se consagró a lo más difícil, a lo mediato, a iluminar las conciencias e infundir un alma nueva. Por esa encomiable labor, su noble vida está enlazada e identificada con nuestra historia. Su idea más profunda sobre la ética la concibió así: "Antes quisiera yo, no digo que se desplomaran las instituciones de los hombres —reyes y emperadores—, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral".