Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Represión

La cámara rota

¿Qué piensa un policía cuando destruye una cámara fotográfica? ¿Que ya más nunca nadie podrá retratar la pobreza y el secuestro de la población cubana?

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En la calle Libertad, en la misma esquina de Luz Caballero, estuvo a principios del siglo XX el cementerio de la Ciudad de Morón. Después, cegaron las tumbas y las reabrieron a un kilómetro, rumbo al oeste, hacia Las Villas, en un sitio donde todavía de oye, de madrugada, el rumor del riachuelo de El Roble.

Allí, donde todo el pueblo fue una vez a llorar, inauguraron —en los años treinta— un parque infantil y sembraron almendros y pusieron hamacas y cachumbambés y unas canales de zinc y unos barcos que volaban y unos bancos donde se podía esperar a Olivia, una rubia de ojos oscuros que inspiró casi todos los poemas de amor que escribí para entregárselos en cuanto llegara y que al final dejé que se borraran de mis libretas de quinto grado.

En ese parque vi por primera a José Manuel Caraballo. Por ahí, correteando en unos patines o en una bicicleta con Oscarito Ayala o con otros amigos, ya no recuerdo bien.

Pero no fue en ese barrio apacible de nuestro pueblo natal donde la policía ordenó esta semana que golpearan a José Manuel Caraballo, que es ahora un hombre de 42 años y trabaja como periodista independiente para la agencia Aplo, la revista Carta de Cuba y Cubanet.

A donde los jefes mandaron a un joven esbirro corpulento fue a la Avenida de Tarafa, la entrada principal de Morón. Allí, sobre las diez de la noche, en esas soledades anticipadas de los pueblos de provincia, el enviado especial de la justicia proletaria, le dio un golpe al periodista, lo derribó y lo dejó aturdido.

Dice desde Cuba la colega Beatriz del Carmen Pedroso que el atlético verdugo, un hombre negro de unos seis pies de estatura, recogió la cámara fotográfica del informador y la destruyó a golpes con un hierro que empuñaba. Caraballo lo observó todavía mareado desde el suelo.

El hombre le dijo mientras golpeaba la máquina: "Esto mismo te pasará a ti dentro de poco si sigues en las actividades contrarrevolucionarias".

El periodista tiene secuelas graves de la golpiza. Presenta problemas en la cervical y sufre permanentes dolores de cabeza.

Este puede ser el destino de cualquiera de las decenas de periodistas independientes que, a pesar de la represión, las amenazas, los chantajes a familiares, los equipos confiscados o rotos mediante el mismo expediente que siguieron con la cámara de Caraballo, siguen trabajando en la calle, se mantienen a la búsquedas de espacios y recursos para sobrevivir al cerco estatal y enviar sus artículos y opiniones profesionales.

Tienen, además, otra alternativa de porvenir en los 23 periodistas independientes que desde marzo de 2003 cumplen condenas de hasta 28 años de cárcel por escribir sin mandato.

Por escribir con libertad en un país donde la prensa son unos volantes artificiales que están escritos —hace muchos años— por unos rusos y unos coreanos, que se resuelven con doce vocablos y se traducen cada mañana en las patéticas redacciones de los medios de propaganda del gobierno.

¿Ustedes saben lo que piensa un policía cuando destruye una cámara fotográfica? Pues muy simple, que ya más nunca nadie podrá retratar la pobreza, la persecución y la esclavitud y el secuestro de la población cubana. Que ya Caraballo no podrá retratarse con sus amigos en el parque infantil donde jugó de niño.

Los policías que salen a golpear inocentes en la noche no saben nada de fotografías.