Actualizado: 16/05/2022 14:14
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Mañach, Batista, Dictadura

La segunda dictadura de Batista

Coincidiendo con el septuagésimo aniversario del 10 de marzo, se recopilan en un volumen los artículos y ensayos que Jorge Mañach publicó sobre aquel cuartelazo con el cual el militarismo retornó a la vida pública cubana

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De acuerdo al escritor y cineasta Alejandro Jodorowsky, “el azar es un milagro disfrazado”. Y justamente el azar ha hecho realidad algo que no siquiera era eventualidad. Cuando preparé la compilación Los idus cubanos de marzo (Editorial Verbum, Madrid, 2022, 515 páginas) no me pasó por la mente que su salida de la imprenta iba a coincidir con una efeméride señalada de los acontecimientos políticos y sociales que son su núcleo temático. Sin embargo, la mano misteriosa del albur ha intervenido y el libro ha visto la luz pocas semanas antes de que se cumplan setenta años del golpe militar del 10 de marzo de 1952.

En efecto, los artículos y ensayos recopilados en Los idus cubanos de marzo constituyen el registro hecho por Jorge Mañach (1898-1961) de la dictadura de Fulgencio Batista. Cubren desde el propio mes de marzo de 1952 hasta abril de 1956. Ese puntual seguimiento de aquella aciaga etapa de la historia del país se interrumpió porque Mañach salió por problemas de salud hacia España, donde permaneció hasta febrero de 1959. Varios de esos textos aparecieron en el Diario de la Marina, del cual él fue colaborador durante varias décadas. Pero la mayor parte y, sobre todo, los más abiertamente críticos contra el régimen de Batista fueron publicados en Bohemia. Esto no era casual, pues aparte de que Mañach escribía con regularidad en esa revista desde mediados de 1945, ya desde unos años antes sus editores habían puntualizado que Bohemia y el General Batista “han militado y militarán siempre en campos antagónicos”. Eso respondía además a una orientación ideológica con la cual Mañach tenía una buena sintonía.

Contrariamente a la imagen que, por lo general, se tiene de que existió un Batista constitucional y un Batista despótico, algo así como una suerte de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, Mañach no compartía esa división tan simplista. No dejó de reconocerle los aciertos que tuvo en su mandato democrático (1940-1944). Según él, demostró entonces “un indudable don de gobierno”, que se manifestó en dos servicios fundamentales: 1) “el establecimiento de una autoridad gubernativa dentro de la concordia política, partiendo de una etapa postrevolucionaria llena de ominosos vacíos y violencias y agrios resentimientos hasta llegar al limpio momento de ejemplaridad democrática en que Batista permite (y más que permitir, impone…) unas elecciones sin sombra, que llenan de prestigio a Cuba y a él le llenan de ironías triunfadoras”; y 2) el desenvolvimiento de una política de reestructuración institucional, “que culmina en la constitución de 1940, y una política social, de acento popular, que ha situado a Cuba entre las democracias mejor ajustadas al imperativo de los tiempos”.

Pero de igual modo, ya desde antes del golpe de 1952 Mañach también advirtió en Batista su “peligrosa vocación totalitaria de derecha”. Negó que contribuyera al derrocamiento de Machado. Lo que hizo fue “derribar, al mes escaso de constituido, el Gobierno provisional de Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, que había sustituido a aquel régimen. Lo derribó, sorpresivamente, con una sublevación de sargentos, introduciendo así la indisciplina y la ambición política en los cuerpos armados, e inoculándole a la política cubana un morbo que hasta entonces no había padecido”.

Asimismo, denunció que Batista impidió que Carlos Mendieta “desarrollara una eficaz acción renovadora y sosegadora bajo la inspiración de su único núcleo revolucionario” (se refiere al representado por los miembros del ABC, que después abandonaron el gobierno). El entonces Coronel Batista renunció al Ejércitos y se vistió de paisano, aunque siguió utilizando la Reserva Militar, y luego pasó a asumir una dictadura indirecta, al crear una apariencia de civilidad de unas elecciones. Y, finalmente, expresó que el 4 de septiembre dio entrada “al sovietismo que puso no pocos ingenios de manos secuaces a la Tercera Internacional y, en definitiva, al militarismo del ‘primer Batista’, que casi había de fascitizar a Cuba durante siete años”.

El militarismo retorna a la vida pública

Resulta curioso que el primer artículo sobre el golpe militar publicado por Mañach no apareció ni en Bohemia ni en el Diario de la Marina. Fue “Borrones y paréntesis”, que salió en el periódico Alerta, el 17 de marzo. Allí expone ya lo que significaba para Cuba el 10 de marzo: “el retorno del militarismo a la vida pública”. Cita las pretensas excusas dadas por Batista: ciertos militares le propusieron, y él aceptó, un golpe militar, porque sabían que el presidente Carlos Prío Socarrás, cuyo mandato estaba por finalizar, tramaba algo por el estilo.

Comenta Mañach que, por encima de sus enconos sectarios y sus regustos militares, Batista debió poner su sentido de la responsabilidad histórica. ¿Cómo? “Denunciando a la opinión pública el supuesto propósito de Prío, para que no prosperara, y luego, disuadiendo, cuando menos, a los oficiales conspiradores para que tampoco llevasen adelante su plan. Todo, a la luz de los principios democráticos, era preferible, antes que amañar un cuartelazo más, romper la continuidad constitucional, burlar la oportunidad electoral del pueblo, echar nuestra historia veinte años atrás y humillarnos ante el extranjero y ante nosotros mismos con una nueva muestra de esa forma de primitivismo político que son los cuartelazos en la historia de nuestra América”. Y concluye diciendo: “Nos quitamos de encima la irresponsabilidad y la codicia del priato, pero se nos humilló con el culatazo del componente militar. Baldón por baldón, preferimos el otro”.

Tras aquel artículo, Mañach publicó en Bohemia una “Carta pública al General Loynaz del Castillo”. Decidió dirigírsela tras ver, “con dolorosa sorpresa”, una foto en la cual el respetado mambí abrazaba al ya entronizado dictador. Tras aquel texto, entregó a esa revista más de sesenta trabajos en los que, de manera clara y contundente, hizo pública y argumentó su franca oposición al régimen que tanto empeño había puesto en llamar “movimiento revolucionario” el cuartelazo con que llegó al poder.

Entre esos artículos está, por ejemplo, la reproducción del extenso discurso que Mañach pronunció en la Escalinata de la Universidad la noche del 20 de mayo de 1952, por designación de la Federación de Estudiantes Universitarios. Está, asimismo, el que dedicó al primer año de “la segunda dictadura del General Batista”, cuyo estrago institucional se mostraba ya en “la suspensión de las elecciones, de la Constitución de 1940, del Congreso, de la vida oficial de los partidos”.

Del recrudecimiento de la represión y la violencia se ocupó en artículos como “El ataúd por la calle”, “El allanamiento de la Universidad” y “Decomiso de libros y cuarentena de ideas”. En este último se ocupa de dos casos de alarmante arbitrariedad policial, y expresa que lo hace “por un deber de escritor público, por celo de ciudadanía, en una tierra de vocación democrática y por miramientos elementales de defensa de nuestra cultura”. Los hechos fueron el secuestro de la biblioteca de Carlos Rafael Rodríguez y la incautación de la tirada casi completa de la Geografía de Cuba de Antonio Núñez Jiménez, quien entonces era profesor de segunda enseñanza.

En varias ocasiones Mañach se tuvo que enfrentar al cortejo de aduladores que, como tempranamente anticipó, le fueron apareciendo al dictador. En Los idus cubanos de marzo se pueden leer las polémicas que sostuvo con Ernesto de la Fe, Pedro Martínez Fraga, Regino Díaz Robaina, André Rivero Agüero y Otto Meruelo.

Mañach sostuvo y defendió siempre la idea de que la vía para restaurar la democracia y restituirle al pueblo cubano sus libertades, era la vía política: “La salida de la situación presente tiene que ser una salida política y eso significa, en cuanto al procedimiento, una salida electoral: una salida que implique la consulta del pueblo. Lo único que puede discutirse es el fin de la consulta y el modo de ella”. Era un firme defensor de la solución mediante las elecciones, siempre que estas lo fuesen de veras. Algo que no podía decirse de las convocadas por Batista en 1954, que Mañach califica como “las más fraudulentas en nuestra historia republicana”.

Al lamentable cuadro que presentaba el país en esos años, se sumaba una oposición política dispersa, desarticulada y hasta incoherente. Fue un aspecto del cual Mañach se ocupó en varios artículos. Unos meses antes de la caída de la dictadura, en un extenso trabajo que publicó en Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura hizo este balance: “Desgraciadamente, los partidos de oposición no lograron, frente a la grave emergencia nacional, superar las desavenencias más o menos doctrinales o tácticas y unirse en una común orientación positiva y de orden político. Solo la hostilidad a Batista los unía. El que entonces parecía contar aún con un respaldo popular, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), muy minado ya de discordias desde la muerte de su fundador, se había dividido en tres facciones. Dos de ellas se inclinaban a la orientación política como vía de solución del problema nacional; la tercera insistía en una resistencia pasiva virtualmente inane”.

No era partidario de la insurrección

Pero del mismo modo que abogaba por una salida política a aquella crisis institucional, no era partidario de la insurrección. Albergaba la esperanza de que el problema cubano se podría resolver sin derramamiento de sangre. Opinaba que a la violencia se apela únicamente cuando no queda otra opción. Su principal argumento era que el remedio de la violencia es el más expuesto de todos a dar lugar a que se cumpla el refrán popular de ser peor el remedio que la enfermedad. Los años vinieron a darle la razón.

Puede ser que con los años variase un poco esa postura. Lo digo tomando en cuenta lo que posteriormente escribió sobre la lucha insurreccional iniciada en 1956. En un artículo de agosto de 1954, pedía la amnistía para los asaltantes del cuartel Moncada, pues “si estaban equivocados, no hay duda de que tuvieron por lo menos el error sublimado y heroico”. En otro texto posterior, “La concordia y los presos políticos”, agradece una postal navideña enviada desde el Reclusorio Nacional de Isla de Pinos por Pedro Miret y Gustavo Arcos Bergnes. Allí se pregunta “si estos muchachos que así sienten, que así piensan, que así actúan, se merecen seguir meses y meses y meses en prisión”.

A propósito de ese artículo, allí Mañach apunta: “De Fidel Castro recibí hace meses una carta, y me impresionó esa seriedad esencial, esa voluntad de alerta mental y moral y de trascendencia que en ella resplandecía”. A su vez, en The Prison Letters of Fidel Castro (Nation Books, New York, 2007) puede leerse la que el Finado le dirigió desde la cárcel a su “queridísimo amigo Mañach”. En el epilogo a ese libro, Luis Conte Agüero recuerda que mientras se hallaba preso, el remitente de la citada misiva “cocinaba pasta, comía bombones, escuchaba radio, coleccionaba publicidad impresa, tenía visitas y cumplió veintidós meses por asaltar un cuartel militar”.

Quiero citar, por último, un trabajo publicado por Mañach a mediados de 1958, donde se traslucen sus simpatías por el Movimiento 26 de Julio. Niega que fuera comunista, como afirmaba el régimen de Batista, porque “está demasiado embargado por su lucha —y tal vez demasiado limitado por la inexperiencia y la edad de quienes lo integran— para haber podido fraguar un ideario”. Conviene hacer notar, sin embargo, que ese texto lo redactó cuando llevaba ya más de dos años en España. Es decir, que su único conocimiento de lo que estaba ocurriendo en Cuba era a través de lo que leía en la prensa.

Esa franca oposición al régimen de Batista que Mañach expresó con la pluma, lo llevó también a expresarla con su actitud cívica. Renunció a la presidencia del Comité del Centenario de José Martí, que le ofreció el dictador. Asimismo, rehusó participar en ninguno de los actos oficiales que se organizaron por esa efeméride. Y cuando leyó en el Lyceum la conferencia “Significación del Centenario Martiano”, al final denunció aquel “golpe militar artero, maquinado por conciertos nefandos de la experiencia y del oportunismo, de la ambición y del soborno”. Un golpe que “subvirtió la autoridad política reconocida como legítima, estableció en su lugar otra apenas asistida por más consentimiento que el de las fuerzas armadas, suspendió la Constitución y los mecanismos estatales más importantes por ella prescritos, disolvió los partidos (…) y salpicando de violencia y de coacción el escenario nacional, ha cargado el ambiente de esas tensiones ominosas que alimentan el odio trágico de las contiendas civiles”.

Los textos recopilados en Los idus cubanos de marzo corresponden a la etapa de la ejecutoria de Mañach en la que se dedicó al periodismo de opinión. En ellos conjugó admirablemente los conocimientos y experiencias que había adquirido a través de su actividad política, con la perspicacia, la precisión de los análisis y la penetración que lo distinguían como ensayista. Son páginas repletas de reflexiones de notable calado y de comentarios agudos e iluminadores. Están escritas además con precisión, riqueza expresiva y elegancia, pues su autor poesía tanto el magisterio de la sustancia como el de la forma. Como en otras muchas ocasiones, esas cualidades las puso al servicio del que fue siempre su principal desvelo: el destino de Cuba.

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