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La violencia descompuesta

¿Qué pasa en Cuba que la reacción popular ante un crimen es la de pedir tortura y fusilamiento?

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La ciudad de La Habana, en la que muy pocos dan los buenos días, se va conmocionando a medida que sus habitantes se enteran de la horripilante noticia.

Dos adolescentes de 13 años han sido masacrados por lo que pudiera llamarse la violencia descompuesta: una combinación de violencia sádica, violencia psicópata, drogas, sexo y desesperanza.

Uno de ellos ya murió. El otro agoniza en algún lugar de la capital con custodia policial para evitar que sea rematado por sus violadores. En las pesquisas supimos que una mujer sospechosa había sido capturada. De seguro la ciudad quiere para ella, si es considerada culpable, y sus eventuales cómplices, si son capturados, la pena capital. Es decir, que sean víctimas de la violencia compuesta: la mezcla, esta vez, de venganza, conciencia fría, leyes, indignación moral y desprecio cultural por la vida humana.

¿Qué pasa en un país donde dos adolescentes salen a dar un par de vueltas y son víctimas de la ronda de la violencia y la muerte a destiempo? ÀQué pasa en ese mismo país, cuando la respuesta cultural ante tales hechos es la de querer matar a los emisarios de la muerte?

Al indagar sobre el asunto —la violencia es una de mis mayores preocupaciones sociales y políticas—, me comunicaron que hechos similares ocurrieron en el reparto Alamar, al este de la ciudad, y que semanas anteriores un niño de ocho años fue enterrado después de morir a manos de un violador. Por otro lado, un amigo recordaba que hace dos o tres años, algunos homosexuales en La Habana fueron víctimas de crímenes sexuales o transexuales.

A todos ellos, los asesinos reales o potenciales, la sociedad en general —la de Rousseau—, quiere aniquilarlos con las mismas armas. He escuchado en la calle, para mi espanto, reacciones como esta: "antes de fusilarlos, yo los torturaría".

Como una hidra

Mi conclusión: la violencia compuesta y la descompuesta tienen la misma raíz, y se retroalimentan y engordan en su falta de saciedad. En este sentido, decir que la violencia engendra violencia es insuficiente: me parece más exacto decir que la violencia se autoengendra, reproduciéndose como una hidra por todo el cuerpo social.

Ese tipo de violencia no es propia del mundo oriental, de mayor equilibrio psíquico en los de arriba y en los de abajo, producto de su intenso mundo espiritual; de modo que la condición occidental de Cuba reaparece en forma brutal, alimentada en nuestro raquitismo espiritual y en las habituales y gratuitas prácticas sádicas de la violencia: hay violencia sádica en la violación y descuartizamiento de un cuerpo, después de hacerlo sufrir, y en el ejercicio frío y a duras penas controlado de los actos de repudio contra quienes piensan distinto.

Uno de los rasgos de la violencia sádica es la asimetría entre víctima y victimario. En el primer caso, la víctima debe entregar placer, que es ternura y entrega, y el victimario disfruta con el placer forzoso y la destrucción de la fuente de bienestar. En el segundo, la víctima debe guardar silencio, que en sí mismo es fuente de paz y sabiduría, mientras que el victimario se realiza en el intento de quebrantamiento moral y psíquico del diferente a través del ritual del escándalo y la propia descomposición organizada. En ambos casos, las víctimas sólo saben dar el amor y la palabra; los victimarios, el desprecio y la destrucción humanas.

Quiero decir y digo que la condición violenta de la sociedad cubana se está expresando en formas horribles, tanto en la violencia descompuesta como en la compuesta.

No digo que el Estado cubano sea el responsable directo e inmediato de estos hechos. Para nada. La violencia es connatural al hombre y la violencia occidental —de la que el Marqués de Sade es la mejor ilustración—, consustancial a Cuba. El asunto es entonces muy complejo.

Pero está claro que estos hechos son extraños en nuestro país. No soy de los que cree que la sociedad cubana es pacífica. Hay que ver cómo intentamos los cubanos resolver nuestros conflictos, y con la mayor rapidez, para convencerse de lo contrario. No estamos acostumbrados a escuchar, sin embargo, eventos tan desoladores como el que motiva mi reflexión.

Y aquí entra el gobierno cubano. Se necesita una sociedad bien descompuesta para la reproducción de tales hechos: que pueden ser más, aun cuando la falta de información puede dar la sensación de una sociedad en paz consigo misma, su espíritu y su psiquis.

Se necesita además un ambiente propicio, y para mi es evidente que el culto a la violencia: en las palabras, en los actos, en la pedagogía, en el discurso, en el imaginario y en los hombres a imitar, banaliza las prácticas violentas, las socializa y les da el estatus que sólo tienen en sociedades bárbaras.

Nunca es así más cierto el dicho de que quien siembra vientos, recoge tempestades; aunque en este caso la tempestad se haya ensañado con dos adolescentes, quizá llenos de vida.

Los que amamos la paz debemos trabajar por ella, desde ahora mismo y, por favor, a través de la paz.