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Las amotinadas de El Roble

Hacer política desde abajo: Un grupo de mujeres lideró un levantamiento en un albergue de Guanabacoa por las condiciones límites de desamparo.

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El pasado septiembre se suscitó una protesta de mediana duración en el municipio de Guanabacoa, en Ciudad de La Habana. Sin embargo, esta se extinguió días más tarde, tras su agotamiento más o menos natural al no contar con un buen suelo cívico.

La protesta tuvo una táctica impecable. Un grupo de mujeres con sus hijos pidieron calma a sus esposos, y decidieron liderar un levantamiento en el albergue El Roble. La falta de viviendas, uno de los problemas más agudos que enfrentan los cubanos, fue lo que motivó la revuelta.

Un poder misógino se cuida, no obstante, de reprimir por la fuerza —en un país de violencia alegre— a mujeres más o menos protegidas por una cultura machista que las valora como fuente de vida —a la madre aquí, me imagino que más en Guanabacoa, se le dice pura—. Elemento este que garantizó la evolución pacífica de los acontecimientos.

La prensa internacional trató de seguir y reflejar los hechos, pero se encontró con la férrea muralla del acordonamiento policial, que les impidió tomar las instantáneas apropiadas y dar los testimonios en tiempo real.

La protesta tenía el caldo necesario: un albergue en condiciones límites de insalubridad, con la provisionalidad de un espacio concebido como de paso, con calles sin asfaltar; personas con más de 18 años viviendo en esas condiciones, hastiadas de promesas incumplidas —una promesa que dura es una promesa falsa— y testigos del nacimiento de una comunidad habitacional —un complejo de edificios— construida para los "otros", los "revolucionarios".

Simplemente la desesperación cundió y la nueva comunidad fue tomada por asalto. Y de ese mismo modo fue desalojada.

Es de imaginar que estas amotinadas eran conscientes de que no iban a salirse con las suyas. Mirada desde aquí, su visión táctica es perfecta: trataban de llamar la atención sobre la injusticia revolucionaria, conmover al poder y resolver su problema sin complicarse en formulaciones políticas. Su táctica simplemente fue la del Asalto al Cuartel Moncada: un fracaso de estrategia militar pero un éxito desde el punto de vista de la propaganda y la política. En situaciones límite los cubanos somos excelentes aprendices.

Sin mediación de las palabras

Con su actitud demostraron varias cosas. En primer término, el divorcio estructural del discurso y las instituciones del Estado con el país real. El hecho de que estas mujeres no hayan ido al Poder Popular, a la Federación de Mujeres Cubanas o a la sede municipal del Partido Comunista, es toda una revelación de ese divorcio. Y algo más: si alguna vez lo hicieron, es una revelación de una sima más profunda: el desgaste institucional y el descreimiento del ciudadano.

En segundo lugar, la fractura cultural del país, que no nación. El noventa por ciento de las amotinadas era de raza negra. La idea de que este es un país para los blancos, no todos por supuesto —las clases sociales son también intrarraciales—, pero con la colaboración del resto, aparece cada vez más clara; para seguir asombrándonos.

Y por último, estas mujeres evidenciaron que los regímenes duros parece que sólo se movilizan en la dirección apropiada frente a reacciones duras, no frente a la racionalidad. Esto no es una recomendación indirecta, no hay que dejarse provocar por la tradición; sólo es una constatación de los hechos. Cuando los apagones del verano, la luz rápidamente se hizo donde hubo protestas y andanadas de piedra. Ahora las instituciones se movilizan y prometen pavimentar las calles, construir una posta médica con todas las de la ley e higienizar El Roble.

La protesta ya se calmó. Insatisfechas, estas damas del tercer Estado dieron una muestra del agotamiento general de un país relegado al que, como a ellas, se le pide paciencia.

Algunas fueron entrevistadas. Una de las preguntas quería saber si había motivación política detrás del motín. Es de suponer que la respuesta fue negativa. Sabia táctica una vez más. Porque en realidad después de escuchar que la revolución va a construir casas sólo para los revolucionarios, semejante pregunta de oficio tiene únicamente una respuesta afirmativa.

La vivienda es el primer problema político de la humanidad, allí donde no ha sido resuelto. Las damas de El Roble han hecho política desde abajo, sin la mediación de las palabras.