Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Represión

Los llavines del miedo

Ariel Sigler Amaya y todos los presos políticos de Cuba son libres porque viven en la verdad.

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Ariel Sigler Amaya solía decir en su calabozo, al atardecer, rumbo a la larga noche cubana, que él, allí encerrado, condenado a 20 años, era más libre que los carceleros, los oficiales de la policía política y los dirigentes del Partido Comunista y del Estado que tienen que vivir pendientes del estado de ánimo de un dictador.

Pedro Pablo Álvarez, los doctores Marcelo Cano y Luis Milán, Horacio Piña, Julio Guevara y Alejandro González asentían silenciosos y reconcentrados detrás de las rejas ante aquella verdad y aquella alegría disfrutadas en un sitio donde el destino único y el único fin era el sufrimiento decretado por la ruindad y la prepotencia de los totalitarios.

"Puedo decir lo que pienso, gritarlo a los cuatro vientos, proclamar que este comunismo ensamblado por gánsteres es la plaga mayor que padece mi país y nadie me lo puede impedir a no ser que me fusilen, que es el paso que les falta dar conmigo", decía el activista de derechos humanos nacido y criado en Pedro Betancourt, Matanzas, en la casa que preside con energía y dulzura Gloria Amaya.

El joven líder cubano tiene cada día más razón. Quiero saber si son libres los funcionarios que salen a negociar las ruinas de un país y llevan sus maletines llenos de datos falsos, caprichos y lobregueces y todavía tienen que usar un lenguaje de recóndita dignidad ante gobiernos y empresas, expertos y directivos a quienes deben dinero y explicaciones por la torpeza de sus gestiones.

Si los escritores que salen a mendigar una beca y un contrato para dar una conferencia, los que llegan a los países democráticos con dos litros de lágrimas de cocodrilo detrás de la corbata ajada y se sientan a la mesa de los exiliados a esperar que el buen vino les permita ser honestos, se pueden considerar personas que actúan con libertad.

Sería bueno conocer cuál es el grado de independencia de aquellos que en los sitios de Internet que les paga el gobierno, al tiempo que un oficial de información monitorea cada palabra, defienden el púlpito de mentiras, el andamiaje de maciza demagogia donde agoniza la gerontocracia criolla.

Me gustaría adivinar si es miedo o no lo que pasa por el corazón de los viajeros que llegan de Cuba y, de repente, no recuerdan nada. Qué fenómeno, llegó ayer y no sabe nada de los presos políticos, no recuerda cuánto arroz le toca por la libreta, cuál es la guagua que llega al paradero de La Víbora y cuántos votos sacarían Felipe Pérez Roque y Hassan Pérez en unas elecciones libres.

Grandes autores cubanos con amnesia total, como si vivieran lejos, muy lejos, el asunto es no hablar de la realidad. Hacer bromas, cuentos viejos y comprar algo, siempre comprar algo antes de retomar toda la memoria en la misma terminal del aeropuerto.

Ellos tienen siempre otros miedos. Más leves aunque eternos. Es la sospecha de que todo se está acabando y habrá que hacerle frente al país que ahora esconden con serones de palabras pasajeras y olvidos voluntarios. Esa es otra clase de temor, menos visible, pero que está ahí, exactamente al lado del llavín que les enseñó la policía.

Ariel Sigler Anaya está preso y no tiene miedo. Ariel y todos los presos políticos de Cuba son libres porque viven en la verdad.