Actualizado: 04/10/2022 22:11
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Crónicas

Los que se tomaron la Coca Cola del olvido

Debemos aprender a perdonar sus defectos al gentil cubano de Miami, del mismo modo que él una vez perdonó los huevos y los insultos de sus detractores en la Isla.

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Miami es un lugar de gentes de muy mala memoria, me decía el otro día una señora hablándome de un sobrino. En Cuba este canalla le tomaba la sopa de su casa en los días malos, ahora allá, dueño de un condominio muy exclusivo, ni siquiera una postal por Navidad le envía. Tan pronto llegó allá, dice, se tomó la Coca Cola del Olvido.

Lamento su mala suerte, señora. Pero si de esa Coca Cola prodigiosa de que me habla han tomado los cubanos de Allá, debió ser para olvidar los huevos y los tomates que al salir de sus casas para irse del país les arrojaran, para sacarse de la memoria los insultos que al subir al auto del adiós les gritaran las jaurías formadas por quienes durante años fueron sus vecinos, y para olvidar, para no recordar nunca más el silencio posterior, el silencio de cartas y llamadas telefónicas que sus familiares les hicieran así tal cual si ellos nunca hubieran existido, tal cual si no formáramos todos una fantasmal raza que vive más en un mundo hecho de recuerdos que de acero, cemento y cristal.

Sin embargo, cuando diecisiete años después fue levantada la prohibición gubernamental que los declaraba muertos, aquellos traidores de otro tiempo, infecta escoria humana que a las heces fecales de las hienas ofenderían, según el discurso de la época, se aparecieron en la Isla sonrientes y bienhechores como si acabaran de pasar un curso con Jesucristo para aprender a perdonar y en el que hubieran sacado sobresaliente.

Reyes Magos parecían con sus sacos de marinero al hombro cargados de regalos, y luego han sido el mecenas generoso, el puntual remitente de remesas tan devoto, que casi parecieran estar comprando indulgencias.

Aun así, no hay del todo en Cuba una idea correcta del Miami de ellos. Esta misma señora de que hablo lo imagina una ciudad poblada por turbas de fanáticos enloquecidas por el alcohol y las drogas, que por la noche queman grandes cruces en ceremonias siniestras, todos encapuchados, y por el día recorren las calles con carteles y telas que demandan del gobierno norteamericano la inmediata intervención militar a la Isla, ocupación que acompañarían, ¡lo han jurado!, de una licencia de tres días para matar.

Esa aburrida caricatura

Es verdad, le digo, que algo hay de esa aburrida caricatura. Y es verdad que a cada rato ha sido visto en la Isla el cubano equivocado de allá, el que llegó de visita, mirando con ojos de propietario que trama un desahucio la casa que le quitaran al irse y que la Ley Helms Burton le asegura que le será retornada. Pero eso ni ellos mismos se lo creen.

Tampoco falta el petulante. El fresco que va al agromercado a mirar los precios y asombrado le pregunta al tarimero si la yuca, el tomate y la calabaza los están trayendo de Londres o París, y se va en su avión diciendo que si el valor de una col es igual al del salario mínimo, entonces cómo y de qué vivirá el infeliz del salario mínimo.

Otros, al ver el por ciento enorme de gentes en la Isla que no trabajan y sin embargo tienen de todo, dicen despectivos que en Miami sí se cumple el postulado leninista que reza: "el que no trabaja no come". Y también ellos regresan a Miami sin entender el misterio cubano del que se quedó y sin embargo ha sobrevivido a pesar de no cubriría su sueldo ni el comienzo de sus gastos. No hablemos de los pragmáticos que siguiendo los patrones capitalistas de Miami y Nueva York estiman un derroche, y lo condenan, poseer un jineterismo de nivel universitario o por su edad aún en el Pre.

Pero éstas son, señora, inconsecuencias menores, defectos que deberemos aprender a perdonarle al gentil cubano de Miami, del mismo modo que él una vez perdonó los huevos y los insultos de quienes creían que todo el que no fuera comunista o simpatizante, merecería ser echado en el inodoro y halar ipso facto la cadena, aunque usted ahora no lo recuerde o, por alguna razón que no me cuenta, haya dado con el cubano excepcional de allá: ese extraño sobrino que se habría tomado solo, solito, toda la Coca Cola del Olvido que existía en Miami.