Actualizado: 28/09/2021 12:27
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cuba

Sociedad

Matando la jugada

Mientras El Mataperros no pasó de ser un vago por falta de oportunidades, el actual Matajugada es parte del conglomerado, regla dentro de la sociedad.

Enviar Imprimir

En uno de sus enjundiosos artículos de costumbres (aunque no por enjundiosos sean hoy objeto de la más mínima referencia), nuestro caro Emilio Roig de Leuchsenring trazaba el perfil de "El Mataperros", especie de infeliz marginal habanero que al parecer se dio silvestre en las primeras décadas del siglo XX y que aún pervive, en versión moderna, o sea, degenerativa, ahora bajo nuevos códigos y con otro nombre: "Los Matajugada".

Si nos atenemos con justeza a la letra, Los Mataperros de Roig de Leuchsenring "no son sino desgraciados niños faltos de vigilancia y cuidado". Y es en esta misma delineación donde se nos abre de entrada un abismo con respecto a su similar de nuestros días. A Los Matajugada bien puede faltarles, y les falta, todo lo humano y lo divino, menos vigilancia. Aunque ello no ha impedido (sino lo contrario) que sean tanto o más desgraciados.

Además, crecieron. Ya no son niños, o no únicamente. El club de los actuales Mataperros ensancha hasta los extremos el rango de edades para la admisión de sus miembros. Desde los cinco años, cuando damos los primeros pasos en el preescolar, hasta bordeados los 70, edad que según los gráficos oficiales marca las expectativas de vida en Cuba, cualquiera de nosotros puede aspirar (y casi todos aspiramos en algún momento, de alguna manera, más y menos conscientemente) a convertirse en un Matajugada.

Porque si bien el concepto "mataperrear" resultó fácilmente abarcable dentro de los límites de nuestro lenguaje común, desmenuzar hasta el grano la expresión "matar la jugada", plantea punto menos que una proeza para los lexicólogos. No es posible enumerar todas sus acepciones y desentrañar las hondas complejidades de su significado sin sacarle tres varas de lengua al idioma.

Lo aceptamos, lo celebramos, lo imitamos…

Mientras El Mataperros no pasó de ser un vago por falta de oportunidades, un parásito por vago y un paria por condena social, nuestro actual Matajugada es parte y representación corriente del conglomerado. En tanto el primero fue por fuerza la excepción (mosca en la sopa), el segundo es regla dentro de la sociedad. Y como regla, lo aceptamos, lo entendemos, lo celebramos, lo imitamos.

Aquí y ahora, "matar la jugada" es una práctica que incluye pero a la vez desborda por completo los deslices del Mataperros. Y los multiplica, para mal.

En principio, no conlleva la simple vagancia, sino un tipo de actitud de negación y resistencia ante el trabajo, no por lo que éste representa, ni siquiera por los esfuerzos que demanda, sino por la nula utilidad y la carencia de sentido con que se nos ofrece. También por lo fácil que resulta burlar sus normas. Por lo demás, El Matajugada es igualmente parasitario, sólo que a la manera de las orquídeas, que se adhieren a un palo podrido y seco, malviviendo hasta el fin en absoluta dependencia de sus precariedades.

"Mata la jugada" todo el que entre nosotros hace las cosas (cualquier cosa, sea trabajo, estudio, o los más diversos procederes y participaciones sociales, económicas, humanas), ateniéndose no a lo que debe o a lo que sus recursos personales le permitan, sino a lo mínimo que tiene que hacer para dar públicamente la impresión de que hace. Es un estándar, un patrón general y cotidiano.

Una de las preguntas más ordinarias que suele escucharse en nuestros ámbitos, con su consecuente respuesta, es: "¿Qué haces?". "Aquí, matando la jugada".

Pero "matar la jugada" tampoco es mero sinónimo de simulación. Se trata de algo más severo, toda vez que ha introducido en nuestro inquieto y aun emprendedor sistema de conducta, un comportamiento extraño, que nos deforma la personalidad y que repercute en nuestro espíritu, con fría violencia, afectándolo, como al músculo que termina en distrofia por falta de ejercicio.

Mucho más grave todavía, por escandalosa, es la tranquilidad, la resignación, la indolencia con que nos asumimos a nosotros mismos en tanto matadores de jugadas.

Corchos sin peso

Parece insólito que un resabio tan nefasto como este de "matar la jugada", que en la Isla apenas había conseguido trascender el cubil de los políticos y de la política, haya llegado a impregnarse de forma tan orgánica en el proceder habitual de cientos de miles, tal vez millones de personas sencillas, con el corazón a flor de piel y hecha a golpes de machete y del pico y la pala.

La única explicación que cae a mano (por más que no debe ser la única) es la perniciosa politización que han estado inyectándonos en vena desde que nacemos, sistemática, impune, implacablemente, a lo largo de casi medio siglo.

En rigor, Los Matajugada de aquí no somos sino corchos sin peso específico sobre la corriente manipuladora de la política. Y no sólo (aunque sí fundamentalmente) de la política del régimen. También desde el exterior se mata la jugada con nosotros.

Para no ir lejos, bastaría con el socorrido ejemplo de quienes acaban de propiciar (¿y/o pagar?), y aplauden ahora mismo la liberación del jenízaro Luis Posada Carriles. Incluso, la de quienes, en lugar de llamarlo por su nombre propio de verdugo, lo glorifican con el de "luchador anticastrista". ¿Acaso no es un modo como otro cualquiera de matar la jugada de la politiquería? Sólo que de paso le reportan al régimen el beneficio de nutrir su histrionismo victimario, a la vez que animan el sonsonete de la izquierda mundial.

Y el ridículo embargo (más ridículo aún cuando es llamado "bloqueo"), ¿acaso no responde sino a cierta estrategia (sardina para la sartén del egoísmo) tendiente a matar la jugada mientras pasa el tiempo y siguen amasándose en lo oscuro las ambiciones de tres o cuatro rancios ricachones sin alma?

"Las gentes demasiado preocupadas de sí mismas —reprochaba Roig de Leuchsenring— miran a los pobres Mataperros como seres degenerados, viciosos, incapaces de corregirse, rebeldes a toda educación y disciplina, carne de presidio". Pues a juzgar por el tratamiento y el caso que hoy dispensa a Los Matajugada, esa gente que parece preocuparse demasiado de sí misma, se diría que nos están mirando con mucha menos consideración.

Sin embargo, si alguna cualidad guardamos todavía en común, si algo nos sitúa a nivel, es que tanto ellos como nosotros estamos, vivimos, matando la jugada.