Actualizado: 04/10/2022 22:11
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Crónicas

Otra aventura secreta de la materia

El nombre del creador de la televisión cubana se ha convertido en un misterio de la Naturaleza, como el de un general fusilado que habría sido héroe en la guerra de Angola.

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Festejaba Cuba el pasado año 2006 un nuevo aniversario de una aparición no por modesta ni reciente menos misteriosa que la creación del mundo. La aparición de su televisión. Tentados por la cercanía en el tiempo de tan trascendente novedad, jóvenes reporteros del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) salieron a sorprender al escurridizo autor de dicha creación. Pero esa es una puerta vedada.

Encontraron lo que ya era del dominio de los reporteros de la generación anterior: sin que se sepa cómo ni fundada por quién, la televisión cubana existía y ofrecía una interesante programación de varias horas al día casi medio año antes de que en febrero de 1951 la introdujera en la Isla Goar Mestre.

Ellos lo conocían de nombre. Un cubano exiliado que al final de su vida visitó su patria por unos días y tuvo palabras tolerantes con la Revolución que lo había nacionalizado, tal vez porque gracias a ello le dio por viajar a Argentina donde en pocos años recuperó, multiplicado por diez, el capital perdido en Cuba, a pesar de haber llegado al país de Evita y el Che sin un centavo.

Por lo que en justicia, concluían los jóvenes reporteros del ICRT mirándose asustados, no era en efecto el aniversario 55 de la televisión cubana el que estaba corriendo. Era el 56.

Revolucionariamente, sin embargo, creyendo su deber disimular aquel hueco inexplicable (no se lo fueran a apropiar con fines de propagandas milagreras monseñor Carlos Manuel de Céspedes u otros religiosos), no dudaron aquellos audaces jóvenes en suscribir el informe rendido por los reporteros de la generación precedente, y de este modo, señoras y señores, damas y caballeros, si la vida no dispone otra cosa, si el documento de hoy valiera todavía mañana, seguirán en Cuba las nuevas generaciones repitiendo que Goar Mestre es el padre de la televisión cubana.

El locuaz Pumarejo

Los viejos, no. En voz baja y mirando con disimulo para los lados, temerosos de ser oídos, los viejos del dominó bajo el almendro del barrio hablan de un supuesto Gaspar Pumarejo, antecesor de los hermanos Mestre (Goar y Abel), el cual habría fundado un espacio televisivo llamado Hogar Club, que según ellos más que drogadicción fue para las amas de casa religión fundamentalista. Hipnosis quizá.

En una ocasión, cuentan, Pumarejo las convocó a comprar determinado dentífrico que al día siguiente saldría a la venta por primera vez, para con esta acción demostrar "al poderoso imperio de los hermanos Mestre" la fuerza potencial del modesto pero invencible Hogar Club, y con minuciosidad de tambochas, a las diez de la mañana del siguiente día las laboriosas socias de Hogar Club (que además pagaban dos pesos mensuales por cabeza) habían arrasado en los establecimientos de la Isla hasta con el último tubito del dentífrico de la consigna.

Habría sido el fascinante Pumarejo un pacífico gordo siempre vestido de negro, corbata de lacito, discreto bigote de asesor del Gobiernote inglés, aunque simpático, muy simpático, además de locuaz y de buen apetito.

Cuando no estaba en pantalla comiendo pan con chorizo, estaba regalándole a sus amadas socias de Hogar Club ollas de presión, batidoras, vajillas, ropa de cama, refrigeradores, juegos de cuarto y cosas así. Pues en materia de gentilezas domésticas, ni aun las hadas realizaron tantos milagros como aquel sonriente Aladino de la TV, cuyo primer milagro fue (siempre según los viejitos del dominó) traer a Cuba la televisión, novedad a la que dan por fecha el 26 de octubre de 1950. Lo recuerdan, dicen, porque ese día se conmemoraba el aniversario 458 del Descubrimiento de la Isla.


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