Actualizado: 23/08/2019 21:21
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Decreto, Constitución, Artistas

¿Por qué es tan importante la lucha de los activistas culturales contra el Decreto 349?

Cualquier demanda en favor de la tolerancia, la autonomía y el pluralismo es muy importante en la Cuba contemporánea

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Los cubanos, alguien dijo, o se pasan o no llegan. Y hacen una y otra cosa con una prepotencia que ilustra nuestra aspiración histórica a porteños antillanos. Es lo que sucede ahora con el movimiento de protestas contra el Decreto 349 que ha protagonizado un grupo de artistas disidentes —en el mejor sentido del término— de las políticas culturales represivas que dicho decreto promueve.

Lo han hecho con valentía e inteligencia, tratando siempre de comunicarse con la sociedad y recabando apoyos internacionales que siempre son necesarios cuando se trata de lidiar con un régimen totalitario desfalleciente como el que impera en Cuba. Pero no por ello han logrado conquistar los corazoncitos de la vasta gama de intelectuales críticos consentidos que animan en la pusilánime Cuba Posible. Como tampoco de grupos y personalidades de la oposición, para quienes no vale la pena desgastarse en atacar una parte del sistema, cuando está enfermo todo el sistema.

Y en esto último tienen algo de razón. El Decreto 349, que cercena hasta el hueso la libertad de los creadores, es un síntoma de un sistema autoritario, con un solo centro político, sin autonomía social y con una élite inapelable que prepara meticulosamente su conversión burguesa mientras la gente común vive la pobreza cotidiana. Pero pierden de vista que, si esto es así, y el corrupto Partido Comunista sigue rigiendo sin competencias, es porque no hay una dinámica social y política contestaría que sea suficiente y que apunte a lo que Laclau llamaba la lógica de la equivalencia: un momento en que los movimientos contestatarios de signos diferentes se superponen e impiden a la élite la administración de los conflictos.

Estamos lejos de esto último, pero los signos de contestación aparecen, en protestas callejeras, en huelgas de choferes, en los intentos de la MUAD de promover candidaturas municipales, en esto que hacen los artistas y hasta en los debates virtuales que organiza Cuba Posible. Y solo será factible un cambio democrático en Cuba cuando la multiplicación de estos focos de resistencia haga insostenible la gestión rutinaria del país. Y comiencen a aparecer las grietas dentro de la propia élite.

Cualquier demanda en favor de la tolerancia, la autonomía y el pluralismo es muy importante en la Cuba contemporánea, provenga de los sofisticados intelectuales de Cuba Posible, de los homosexuales o de los arduos carretilleros de un mercado agropecuario. Pero no poseen las mismas connotaciones estratégicas. El sistema puede operar tal y como hoy lo hace aceptando cambios. Es el caso, para poner un ejemplo, del Artículo 68 de la nueva Constitución, que significa un paso de avance indiscutible, pero con ganancias políticas para el clan Castro. La digestión del sistema acepta esto y otras cosas, pero no puede aceptar un arte libre del control político, en la misma medida en que ello produciría un fenómeno de socialización de valores e informaciones que afecta lo que esa élite sabe que no puede entregar: la calle.

Por todo eso felicito a los valientes activistas culturales que han movilizado la arena internacional y que han retado a la represión en sus lugares más sensibles. La respuesta oficial a estas acciones y otras menos conocidas ha sido echarle agua al decreto, y tratar de recomponer el pacto castrante que ha venido operando durante décadas en el seno de la UNEAC. Una treta para salvar la cara, pero inusual en el comportamiento de una élite que nunca ha tenido en cuenta el valor de eso que llamamos opinión pública.

Y obviamente, aunque mañana se derogue la 349, se acepte el matrimonio igualitario, se mejoren algunos enunciados de derechos o se perfeccione el sistema de gobiernos locales, solo hay un voto democrático, patriótico y decente en el referéndum por la Constitución: NO.