Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Aproches y “approach”

La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de esta

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Una y otra vez se repite que la razón por la cual el sistema comunista —o la versión castrista del mismo— no se ha derrumbado en Cuba es la represión absoluta existente en el país. Al mismo tiempo, se asocia esa represión a los hermanos Castro. Cuando estos desaparezcan, así lo hará gran parte del miedo que su régimen inspira a la población.

Sin embargo, lo ocurrido en Cuba a partir de 1959 se aparta de esta óptica en blanco y negro.

Una de las razones que ha permitido a los hermanos Castro mantenerse en el poder es la capacidad para no ejercer una represión integra o absoluta, salvo en los momentos en que se han visto seriamente amenazados. Dejar abierta una puerta de escape a los opositores, siempre que existiera esa posibilidad, y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.

Durante la “primavera negra” de 2003, el régimen castrista condenó con toda severidad a 75 disidentes, y también ejecutó a tres simples ciudadanos que habían secuestrado una embarcación en el intento de salir del país, no por un afán represivo indiscriminado y generalizado, sino para impedir el desarrollo de una situación que en poco tiempo lo obligaría a tener que ejercer una represión masiva, desplegar un rigor mucho mayor.

Esto no libra al régimen cubano y a sus dirigentes de culpa alguna. Es simplemente un intento de conocer mejor la naturaleza del mecanismo empleado para permanecer en el poder por tanto tiempo.

La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de esta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenas y los fusilamientos ocurridos ese año y a lo largo de la existencia del proceso revolucionario. Pero la maquinaria intimidatoria que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo no puede ser denunciada en términos tan simples.

El segundo error de análisis, que con frecuencia ocurre, es hacer depender esa maquinaria de control de la función de uno o dos protagonistas.

Es cierto que la muerte de Fidel Castro, la de su hermano menor o ambas, sacarán a relucir una serie de expectativas que, por muchos años la mayor parte de la población, y de la dirigencia alta y media del país, han mantenido a la espera.

Sin embargo, no hay que ilusionarse y pensar que estas se canalizarán de inmediato, lo que tendría como resultado un cambio total de la situación imperante en la Isla.

En primer lugar, porque hay mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.

La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959 fue el día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. A partir de entonces se inició un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y de la clase media baja.

A unos y otros les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Pero al tiempo que nutrió el sadismo latente en los desposeídos, y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, intensificó su masoquismo. De esta forma, quedó establecido el principio de la aniquilación del individuo por el Estado, mediante el afianzamiento de un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios.

Con una población que mayoritariamente no había nacido en 1959, el país está formado por ciudadanos que han vivido bajo el doble signo del poder de un padre putativo, dominante y despótico. Aunque también sobreprotector y por momentos generoso. Es el Estado cubano, que se ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante.

El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles de arrancar.

Para Sharansky, la lucha por la paz y la seguridad debe estar vinculada con promover la democracia. De lo contrario, solo se consigue posponer el problema.

La confrontación, no necesariamente bélica, pero sin dar respiro al enemigo, es la única solución.

Sharansky es un activista más que un político (aunque ha ocupado cargos en el parlamento y el Gobierno israelí). Ello no les resta valor a sus argumentos, pero obliga a situarlos en el terreno ideológico y no de la política práctica.

En su obra quien fuera un conocido disidente defiende tan ardorosamente sus argumentos, que en muchos casos pasa por alto aspectos que contradicen o complementan sus explicaciones. Vistos los hechos con una perspectiva más amplia, la Détente contribuyó a la caída de la Unión Soviética, mucho más de lo que Sharansky está dispuesto a reconocer, y el afán de consumo jugó un papel tan importante como las ansias de libertad —quizá mayor— en la forma rápida en que los ciudadanos soviéticos y de Europa Oriental volvieron la espalda al sistema socialista en la primera oportunidad que pudieron.

La falta de libertad les impidió hacerlo antes, pero la escasez de productos de Occidente les hizo correr de prisa al abrazo del capitalismo.

El no ceder una pulgada, el no admitir la necesidad de reconsiderar una política de represión feroz, que no admite la menor disidencia, no es algo nuevo en Cuba. Ello no exime a esa actitud de ser una muestra de debilidad del sistema.

En gran medida, esa debilidad es consecuencia de los tres pilares en que se fundamenta el gobierno cubano: represión, escasez y corrupción.

El exigir una posición incondicional es abrir la puerta a oportunistas de todo tipo, quienes a su vez se desarrollan gracias a la escasez generalizada.

Por décadas el gobierno cubano ha caminado en la cuerda floja, con la población controlada entre el uso de una represión casi siempre profiláctica y la ilusión del viaje a Miami, pero siempre bajo el peligro de un estallido social.

Si La Habana admitiera un mínimo de cordura, y diera muestras de superar el encasillamiento que ha mantenido por décadas, el peligro de este estallido social disminuiría. Pero, por el contrario, lo único que hace es alimentarlo a diario.

Detrás de este control extremo, que no permite manifestación alguna de los derechos humanos, hay un fin mezquino. El mantenimiento de una serie de privilegios y prebendas. La represión política actúa como un enmascaramiento de una represión social que ha penetrado toda la sociedad. En última instancia, el régimen sabe que el peligro mayor no es la posibilidad de que la población se lance a la calle pidiendo libertades políticas, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.

Nunca como ahora el ideal de libertad y democracia para Cuba había estado tan aislado. Los gobiernos latinoamericanos miran para otra parte, la Unión Europea y Estados Unidos ensayan nuevos acercamientos donde los aproches han sido sustituidos por un approach único y general. Los cubanos, mientras tanto, siguen a la espera.


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