Actualizado: 24/04/2018 10:27
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Vietnam, Castro, Díaz-Canel

Cuba, Vietnam, Castro y el tercer hombre

Después de la historia, ya cansada por repetida, de “la solidaridad cubana con el pueblo vietnamita”, es la nación asiática quien se puede permitir el lujo de perdonar la deuda

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Cuenta el escritor Norberto Fuentes, en un artículo publicado años atrás en el diario español ABC, que una vieja costumbre del régimen cubano ha sido responder a los cambios presidenciales en Estados Unidos con un cambio de hombres en la Isla:

“Es una costumbre en ese país cada vez que quieren demostrar al mundo que se van a producir unos cambios estupendos en las estructuras (cualesquiera que estas sean, políticas, económicas, culturales), sustituir a los hombres. Es lo único que cambian”.

“Y, lo más curioso de todo, ellos se abocan a esos cambios de personal como la respuesta que creen pareja a los cambios políticos en los Estados Unidos. No obstante, los cubanos son cuidadosos a la hora de matizar y equilibrar ciertos detalles. Cuando Ronald Reagan ascendió al poder, Fidel le ofreció como ofrenda a uno de sus cuadros más capacitados en el sector de la cultura, propaganda e ideología: el comandante Antonio Pérez Herrero. Un viejo comunista al que sus detractores llamaban ‘Limón’, por su carácter ácido (léase rectitud), Pérez Herrero se convertía en un obstáculo para tenerlo en su entorno a la hora de competir con el Gran Comunicador gringo. Así que lo sustituyó por un mulato guarachero y avispado, de grandes y espesos mostachos: Carlos Aldana”.

Fuentes prosigue con el desfile para hacer válida su tesis: “Cuando Bill Clinton, le tocó a Armando Hart, una especie de místico del culto a Fidel pero que te bañaba en saliva cuando te hablaba a dos pies de distancia —algún descontrol en esas glándulas emisoras— y lo despidió de su puesto de ministro de Cultura para nombrar a un joven escritor de larga melena por los hombros llamado Abel Prieto y a quien se conocía en los medios intelectuales como Shirley Temple, debido a la desusada cabellera. La cabellera. Eso era lo que quería Fidel para competir con la juventud de Clinton. ‘No te la cortes bajo ningún concepto’, le advirtió el jefe de la Revolución”, escribe Fuentes.

Esta táctica, enunciada por el autor de La Autobiografía de Fidel Castro, al parecer fue continuada por Raúl Castro, y a la llegada a la Casa Blanca de Barack Obama, el 20 de enero de 2009, siguió el nombramiento de Bruno Rodríguez Parrilla como ministro de Relaciones Exteriores, en sustitución de Felipe Pérez Roque, el 2 de marzo de 2009.

Rodríguez Parrilla se ha convertido en una de las figuras más sobresalientes del gabinete cubano, y durante los actos oficiales por el fallecimiento de Fidel Castro apareció de forma más prominente que el sucesor designado para la presidencia, Miguel Díaz-Canel. Si en un terreno el Gobierno de Raúl Castro puede presumir de avances es el diplomático, y es indudable la contribución del canciller a estos. Así que, si a finales del mandato de Obama en Estados Unidos parecía inminente un avance de Rodríguez Parilla, e incluso tras la noticia del triunfo de Donald Trump en las elecciones, que lo convertiría en el “tercer hombre” real frente al papel de figura decorativa al que parecía condenado Díaz-Canel, hoy dicho pronóstico es algo más reservado.

Con la llegada de Trump a la Casa Blanca surgió la interrogante de si Raúl Castro no se veía entonces en la necesidad de buscar un sustituto, no para el cargo de ministro de Relaciones Exteriores, que Rodríguez Parrilla lleva a cabo de manera tan adecuada a los intereses de la Plaza de la Revolución, sino de cara al nuevo Gobierno de Estados Unidos.

A Rodríguez Parrilla uno lo hubiera visto perfecto para lidiar con una presidencia de Hillary Clinton, pero con una de Trump surgían las dudas.

Y así, y según el rumbo que por aquellos días se especulaba iba a tomar la Casa Blanca de Trump con respecto a Cuba, se mantuvieron vivos los argumentos que giraban alrededor de otros dos miembros cercanos a Castro, siempre mencionados en Miami: el general Luis Alberto López-Callejas, encargado de GAESA S.A., el conglomerado de compañías más grande de la Isla, y el coronel Alejandro Castro Espín, a cargo de coordinar los servicios de inteligencia y militar de la Isla. Más allá de la relación de parentesco, ambos militares representaban las dos mejores opciones de las que disponía La Habana para enfrentar al nuevo Washington.

Como suele ocurrir, al menos hasta hoy la realidad se ha aventurado por otro rumbo: el inmovilismo —más bien el desinterés— de la administración Trump hacia todo lo que tiene que ver con Cuba y su Gobierno, salvo el gasto ocasional de alguna saliva en un discurso vetusto, le ha permitido a Raúl mantener la apuesta que él consideró desde un principio: la opción administrativa.

Muerto Fidel Castro, desapareció en Cuba la necesidad de un tercer hombre. Lo que el país requiere —y Raúl Castro lo sabe— es un buen administrador. Que Díaz-Canel pueda o no cumplir esa función es otra cosa, pero su sustituirlo o dejarlo no constituirá un problema político, en el sentido de categoría y problema que por décadas se conoció en Cuba.

Por primera vez desde la llegada al poder del castrismo, el régimen no tiene que mover fichas —cambiar de hombre— de acuerdo a los dictados o los intereses y motivaciones de Washington. En este sentido, Obama fue el último de los mandatarios estadounidenses, y al intentar abrir una puerta lo que consiguió fue cerrar un capítulo y una época (solo que él pensaba que la época que cerraba era otra).

Ello permite enfatizar la importancia que ha representado la visita del Secretario General del Partido Comunista de Vietnam, Nguyen Phu Trong, más allá de la firma de acuerdos comerciales, la condonación de la deuda de la Isla con la nación asiática o la visita protocolar a monumentos y tumbas.

Lo que vale la destacar aquí es como la prensa oficial cubana ha resaltado el reformismo económico vietnamita —que al igual que el chino no implica mayores libertades ciudadanas— precisamente en momentos en que también ha publicado que proseguirán las detenidas reformas económicas en la Isla.

A los fines ideológicos, políticos y hasta nostálgicos del Gobierno cubano —que por supuesto no son los de quienes buscan un destino democrático para la Isla—, Vietnam se convierte en el ejemplo perfecto a imitar y el broche de oro que Raúl Castro buscaba para cerrar esta etapa en Cuba. Todo lo cual —¡qué duda cabe!— es una de las de esas grandes ironía que, de vez en cuando, depara la historia de las naciones.


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