Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Reportaje

El aniversario 50, detrás del telón

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Protegido por centenares de policías y cerradas todas las vías de acceso al Parque Céspedes, el general Raúl Castro pronunció un discurso de 34 minutos, el 1 de enero, en Santiago de Cuba, abroquelándose en la retórica para reseñar y justificar las cuitas de medio siglo de castrismo y augurar las nuevas desventuras que los cubanos deben esperar en los próximos años.

"Pero la retórica no huele a ajo, aunque se pinta para hacer el ajo. No me explico cómo todavía esta gente se atreve a decir que la revolución es para los humildes; la revolución la hicieron los humildes y también los no tan pobres para que al final se sentara en la poltrona del Poder una nueva clase", dijo a CUBAENCUENTRO.com un intelectual santiaguero de 67 años, que fue colaborador de Frank País, señalando con un dedo acusador hacia las sillas donde, minutos antes, estuvo sentado el selecto auditorio del general.

"Dígame, ¿Batista o Tabernilla no lo hubieran hecho igual?". En el borde delantero del Parque Céspedes, junto a la tribuna donde habló el gobernante, un "grupo de apoyo" retiraba sillas acolchadas, quitándoles, antes de plegarlas, las fundas inmaculadamente blancas donde acomodaron sus espaldas los invitados especiales, que ya abordaban ómnibus de turismo y automóviles flamantes, obscenos en la pobreza de las calles de Santiago.

A las 08:15 de la noche, estaba el canciller venezolano, Nicolás Maduro, rodando con su comitiva en un automóvil azul, acercándose a la Plaza de Marte, poco después de afirmar en el Parque Céspedes que el socialismo del siglo XXI, que se pretende construir en varios países latinoamericanos, se nutre de la revolución cubana, cuando el veterano luchador, apegado a su intuición de conspirador, tomó al corresponsal por un brazo. Mientras, en una esquina del Hotel Casagranda, en la calle Heredia, próximo al centro de prensa, un grupo de periodistas extranjeros hacían su cosecha: entrevistaba a un octogenario pequeño, frágil, de traje y corbata, con dos medallas en el pecho, tocado con un sombrero de fieltro, diminuto como su dueño. Posaba el anciano para los fotógrafos cuando le escuchamos decir: "Sí, combatí con Raúl en el II Frente Frank País".

"Frank… Si Frank y Josue País hubieran sobrevivido hoy, Santiago de Cuba sí estaría de fiesta", dijo intelectual santiaguero, que pidió permanecer en el anonimato.

¿Y acaso no lo está?

"Compruébelo usted mismo", sugirió y advirtió antes de despedirse: "Pero cuídese, como a nuestro amigo Francisco también conocí en el Colegio Dolores a La Pulga y a Papito Serguera, y si a usted lo cogen con una pluma y un bloc de notas, haciendo un reportaje de la otra cara de esta moneda, es como si en 1958 la policía de Batista hubiera cogido a uno de nosotros, los de Acción y Sabotaje, con una bomba de dinamita".

En Santiago de Cuba se celebraron sin entusiasmo los 50 años del fin de una dictadura, como una escena de teatro en la que es necesario mostrar alegría, pero los actores no han aprendido a reír con espontaneidad.

Los santiagueros que pasados por un tamiz participaron en la celebración del 50 aniversario de la caída de Fulgencio Batista, retornaron del Parque Céspedes como si lo hicieran de un velorio, conversando entre ellos, o en silencio, con flores y, a guisa de Biblias, con los folletos que les obsequiaron.

Concluida la conmemoración frente al antiguo Ayuntamiento, llamaba la atención que eran los extranjeros, y no los cubanos, los que se mostraban más entusiasmados en el Parque Céspedes, con sus MP4, sus ordenadores portátiles, sus teléfonos móviles de última generación, y sus cámaras digitales para fotografiarse frente a las imágenes del Fidel Castro guerrillero.

En Dolores, en la Plaza de Marte, otro tipo de turistas celebraba la primera noche del año 2009 en Santiago de Cuba, sentados en los bancos, con sus "novias" cubanas.

En Garzón y Cañedo, a sólo unas cuadras de la tribuna donde el general habló de una revolución de los humildes y para los humildes, el mercado agropecuario estatal celebraba la fecha con las cestas vacías.

Desde Enramada, y pasando junto al Cuartel Moncada, el Palacio de Justicia y el Hospital Civil, los tres objetivos que pretendía tomar Fidel Castro el 26 de julio de 1953, y hasta la Plaza Antonio Maceo, junto a la Terminal de Ómnibus Interprovinciales, era imposible hacerse con un tentempié; ni una pizza, ni un refresco, ni un poco de agua en moneda nacional.

Un pasajero que viajaba en un autobús local el día del acto se refirió a la apatía generalizada por la celebración de la fecha en Santiago de Cuba.

"El ómnibus venía repleto, y por el equipo de audio estaban amplificando música romántica, de la década prodigiosa, Julio Iglesias y todo eso, pero nadie pidió que pusieran tal o cuál discurso porque a esa hora fulano o mengano estaba hablando. Llegamos a Santiago al filo de las ocho, pero tampoco nadie mencionó que allí se hubiera estado celebrando nada importante, sino todo lo contrario, al partir de Puerto Padre alguien dijo: 'lleven comida, porque en Santiago hay poco que comer'".

Raúl Castro dijo este primero de enero que "corresponde a la dirección histórica de la revolución preparar a las nuevas generaciones para asumir la responsabilidad de continuar adelante con el proceso revolucionario", y recordó a los dirigentes del mañana la exigencia de no apartarse de los obreros, campesinos y el resto del pueblo.

Pero al recorrer las calles de Santiago, poco después de escuchar las palabras del general; al visitar pasada la medianoche el cuerpo de guardia del Hospital Provincial Saturnino Lora, donde desde los médicos hasta los enfermos no cuentan con más agua para beber que la del grifo de un lavamanos; al recorrer con la vista las miles de hectáreas de arrozales en la llanura de Bayamo, transformadas en terrenos baldíos; al apreciar la incongruencia entre la cantidad y la calidad de los tractores en el campo cubano con respecto a los automóviles de los dirigentes en las ciudades; es que puede comprenderse cuán apartada se encuentra la clase dirigente de los obreros y campesinos, y cuánto hay de retórica no en uno, sino en todos los discursos de los dirigentes.


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Acto por el aniversario 50 de la Revolución. Santiago de Cuba, 1 de enero de 2009. (AFP)Foto

Acto por el aniversario 50 de la Revolución. Santiago de Cuba, 1 de enero de 2009. (AFP)

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