Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Venezuela, Fidel Castro, Chávez

El limbo del ALBA

Más que un evento de cara al futuro, en La Habana se realiza una celebración de añoranza y pasado

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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, llegó el miércoles a La Habana para asistir al acto conmemorativo por el XII aniversario de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), organización fundada en 2004 por los fallecidos Fidel Castro y Hugo Chávez, informa la agencia Efe. Más que un evento de cara al futuro, es una celebración de añoranza y pasado.

“Llegando a Cuba 22 años después del encuentro entre Fidel y Chávez, a celebrar los 12 años del ALBA y ratificar el camino de unión y liberación”, escribió Maduro en su cuenta oficial de Twitter al llegar a Cuba, donde fue recibido por el canciller Bruno Rodríguez.

Además de celebrar el aniversario de la ALBA, que surgió hace doce años como alternativa al ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas), el acto también conmemora los 22 años desde el primer encuentro, en 1994, entre Fidel Castro y Hugo Chávez.

El bloque bolivariano ALBA fue creado el 14 de diciembre de 2004 en La Habana mediante un tratado constitutivo firmado entre Cuba y Venezuela, al que después se unieron Antigua y Barbuda, Bolivia, Dominica, Ecuador, Nicaragua, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Granada y San Cristóbal y Nieves.

La ALBA cuenta con instrumentos como el Tratado de Libre Comercio; el Banco de ALBA, que financia proyectos sociales, o el Sistema Único de Compensación Regional (Sucre), una moneda virtual para las transacciones comerciales entre estos países.

Los países de la ALBA forman parte también de PetroCaribe, alianza que cuenta también con otros países de la región a los que Venezuela suministra petróleo con precios ventajosos, un proyecto que se ven amenazados por la caída de los precios del petróleo y la grave crisis que atraviesa Venezuela.

En la realidad latinoamericana actual, la alianza a que aspiraba ALBA es cada vez más un rezago del pasado, incapaz de lograr el ideal de Chávez y Castro de fundar una organización que consiguiera opacar la Organización de Estados Americanos (OEA) y terminara por aniquilarla.

Algo más de una década atrás, la situación política latinoamericana —que en ocasiones se empecina en mantener latente o activa una mezcla de viejos y nuevos esquemas— parecía encaminarse a un reverdecimiento de los gobierno de izquierda radical con una mayor o menor cara autoritaria; un restablecimiento de la utopía mal entendida de una supuesta justicia social que vulnerara —de forma más activa o pausada— los cánones democráticos mediante la justificación de alcanzar ideales descartados en otras regiones, especialmente Europa e incluso en buena parte de Asia y hasta África.

Gracias a la riqueza petrolera, Chávez trató de extender por toda la región una vuelta al pasado: la fórmula agotada del Estado paternalista —ineficiente y corrupto— como la solución perfecta de los problemas ciudadanos. Pero sus aspiraciones de convertirse en un líder regional no pasaron de ser un sueño sólo alimentado por los petrodólares y con pocas posibilidades políticas de triunfo. No obstante, brindaron al Gobierno cubano los recursos monetarios para sobrevivir. Y en cierta medida, la Venezuela de Maduro continúa desempeñando dicha labor.

Las cumbres celebradas por ALBA no han dejado de ser una exhibición de estulticia, demagogia y malas intenciones, todo bajo el disfraz de un antiamericanismo tardío y una retórica caduca. Que por un tiempo en Latinoamérica se escuchara con fuerza —y en algunos casos se pusieran en práctica— fórmulas que habían demostrado su ineficiencia durante casi cien años obedeció a diversos factores, pero en buena medida el culpable fundamental fue el petróleo venezolano, que permitió a Chávez repartir dinero a cambio de una fidelidad política momentánea.

Con Caracas convertida en la capital mundial del crimen y el delito, la inseguridad cotidiana, una desbordada inflación de tres dígitos y serias dificultades de escasez de alimentos y otros bienes que se han extendido al dinero en efectivo, los venezolanos no han visto avanzar su país en el camino del desarrollo. Más bien han asistido a 17 años de gobiernos en que la situación nacional se ha caracterizado por la confrontación política, la inestabilidad social y financiera y los desatinos presidenciales.

Solo gracias a una fuente de riqueza constante, que actuaba de escudo frente a una gestión económica caracterizada por la ineficiencia y el despilfarro, pudo Chávez mantener ese statu quo en que el socialismo se prometía, el capitalismo se practicaba y la miseria se toleraba. Pero la situación ha cambiado con el descenso vertiginoso del precio del crudo, y ello, junto a los años acumulados, no solo de ineficiencia sino de destrucción económica, es lo que enfrenta en la actualidad el presidente Maduro.

En el campo internacional, no fue poco el dinero que Chávez ha destinó en Latinoamérica para aumentar su influencia en la región. Pero su “ideal bolivariano” —el intento de convertirse en el líder que conduzca al continente hacia un sistema social más avanzado— nunca llegó a concretarse.

Chávez terminó convertido —¿no lo fue siempre?— en lo contrario: una fuerza circunstancial que frenó el desarrollo económico y político en su país y dividió a las naciones latinoamericanos

Más que hablar de una manera simplista de un enfrentamiento generalizado entre la derecha y la izquierda, en América Latina pueden señalarse al menos tres tendencias, las cuales representan tres estrategias diferentes a la hora de enfrentar los problemas económicos y sociales.

Una es la fórmula neoliberal clásica —que propone el libre comercio, la reducción de impuestos y la inversión extranjera—, donde la creación de riquezas es la principal vía —o la única según sus partidarios más fervorosos— que conduce al bienestar.

Otra es la izquierda democrática —que combina los acuerdos internacionales y las inversiones con una política de justicia social—, la cual busca una combinación que sabe imperfecta, pero al mismo tiempo entiende que puede mejorarse, entre el capital nacional y extranjero y los derechos laborales y ciudadanos.

La tercera es la izquierda autoritaria —que, aún hoy apuesta por el control estatal férreo, las nacionalizaciones y es enemiga más o menos declarada de las inversiones foráneas—, cuyos seguidores fundamentan su discurso en la pobreza y la injusticia social, pero los cuales terminan casi siempre por mostrar una peligrosa vocación favorable al establecimiento de un régimen totalitario.

El populismo —un mal latinoamericano casi endémico— se ha paseado de derecha a izquierda, lo que impide adjudicarlo simplemente a un polo político.

El aporte de Chávez a este cuadro político complejo fue la posibilidad de tratar de difundir un esquema que parecía agotado —la revolución social al estilo cubano— no mediante la violencia guerrillera, sino empleando la otra arma tradicional necesaria para hacer la guerra: el dinero. El poder de los petrodólares convertido en un recurso antiimperialista.

La paradoja es que Chávez actuó como un factor de discordia en Latinoamérica, en lugar del aglutinador que aspiraba a ser, como autoproclamado seguidor de la idea bolivariana de una América Latina unida.

Más allá de sacar provecho a los elevados precios del petróleo, la Caracas chavista siempre ha carecido de un proyecto económico viable para la región.

¿Qué ofrece la ALBA? Declaraciones, reuniones y algunos proyectos de alcance limitado en el momento de mayor alza del crudo, pero que por lo general terminaron en fracaso. Por lo demás, Chávez y los gobernantes de las naciones del ALBA —un hatajo de pillos que en algunos casos estarían mejor tras el mostrador de un bar perdido en el desierto— insisten en revivir el pasado, sea mediante una exaltación trasnochada e ignorante de la figura de Ernesto “Che” Guevara y su estulticia sangrienta de la guerrilla, como ha ocurrido en Ecuador y Bolivia, o mediante el viejo expediente de sacar a los militares de los cuarteles, como ha sucedido en Caracas, mientras los sueños de la dominación en la zona continuaban produciendo monstruos. A la recordación de dos de esos monstruos —Fidel Castro y Hugo Chávez— se dedicó anoche el acto en La Habana.


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