Actualizado: 24/05/2018 9:18
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Fidel Castro, Literatura, Periodismo

El poder y el escritor

Fidel Castro declaró en una ocasión que, de reencarnar, preferiría nacer como escritor

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Stalin consideraba a los escritores y artistas tipos impredecibles. Gente voluble, de una naturaleza sumamente peligrosa. Prisioneros que admiten demasiado fácil las culpas inventadas, pero que de igual forma luego se retractan. Por ello siempre prefirió matarlos en forma callada.

Demasiados revolucionarios en Cuba han añorado ser escritores. Memorias, testimonios y diarios de combate terminaron por llenar los estantes de las bibliotecas y por crear una bibliografía que consume una enorme cantidad de tiempo. Encontrar un dato o una cita que merezca la pena es una labor cada vez más ardua.

Primero fue Ernesto Che Guevara, con ataques sin tregua —“El pecado original de los intelectuales cubanos es que no son verdaderos revolucionarios”— y una vocación a veces frustrada por convertir en literatura sus recuerdos de guerras. La realidad ha terminado por superar la frase del guerrillero: lo peor de muchos revolucionarios cubanos es que han pretendido ser intelectuales. Pero el Che era un hombre altanero.

Fidel Castro se apropió de un libro ajeno durante varias semanas de su convalecencia, cuando ya había superado el peligro de muerte de su enfermedad repentina, y convirtió a una larga entrevista y un montón de declaraciones en una especie de testamento literario. Ordenó una segunda edición de la obra y se dedicó a firmarla y regalarla a invitados extranjeros. De pronto el libro era suyo, lo había “nacionalizado”, intervenido, incorpora do al patrimonio de la Isla.

Ya antes, en 2002, había hecho realidad la afirmación anterior. Fue al salir publicada la autobiografía de Gabriel García Márquez que confesó su envidia literaria. El entonces gobernante cubano dijo que de reencarnar preferiría nacer como escritor.

Aquella declaración fue un desprecio más a la nación cubana. Con ella echó por la borda su labor de lucha y cambios sociales. Reconoció que todo lo hubiera cambiado por una labor más íntima: una novela bien escrita, un verso logrado, el cuento que se vuelve a leer con agrado varias semanas después de hecho.

En sus últimos años se limitó al deseo de esa tarea no emprendida. Culpó a la historia de ser un gobernante por tantas décadas. Ya enfermo, quiso reparar ese error del destino. Se dedicó a apoderarse de la labor del periodista, para ilusionarse con una vocación que nunca desarrolló. Quizá fue en aquel momento, encerrado y enfermo, que pudo al fin tratar de imaginar poemas que nunca escribiría.


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