Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Escasez, Economía, Caos

¿Está en ruinas el carácter del cubano?

Los peligros que engendra, en lo personal, un sistema que actúa con fuerza omnipotente sobre el individuo y le crea un sentimiento de incapacidad para regir su vida

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Conocer cómo piensan y actúan las personas que por demasiado tiempo han sobrevivido en un país en ruinas abarca un universo más amplio que las discusiones políticas.

Los cubanos han evolucionado en dos grupos, con diferencias y semejanzas significativas a lo largo de 45 años: un grupo —la mayoría— ha permanecido en el país. Otro ha creado una nueva forma de vida en el exilio.

Desde hace años La Habana viene repitiendo que los exiliados abandonan Cuba por motivos económicos. El argumento ha encontrado eco en Miami. En esa ciudad se proclama a diario que quienes han llegado en los últimos años lo hacen en busca de una mejor vida y no por razones ideológicas.

Por esa paradoja que siempre crea la convergencia de los extremos, se alza ahora un discurso repetido en ambas costas —divididas por el estrecho de la Florida—, que proclama el surgimiento de una inmigración solo interesada en el bienestar y no en un ideal de libertad.

La diferencia más significativa es que quienes han emigrado a Estados Unidos y otros países, habitan en lugares donde rige un sistema capitalista de libre comercio y gobierno democrático. Los que por voluntad o causas ajenas han permanecido en Cuba se ven obligados a regirse por las circunstancias imperantes en una sociedad totalitaria de corte comunista —aunque en la práctica esta nominación ideológica ha evolucionado, y el sistema imperante es la fachada de un sistema solo preocupado en sobrevivir a cualquier precio.

Más allá de poder expresarse libremente en el capitalismo ―aunque por lo general sin muchas consecuencias―, y la censura generalizada en un sistema que se llama socialista, lo que actúa con mayor fuerza sobre el individuo es el sentimiento de incapacidad para regir su vida.

Esto puede tener como consecuencia una existencia encerrada en el desencanto y la apatía o una salida violenta en determinado momento.

Lo que se ha estado fraguando durante los últimos años en Cuba es un escenario extremadamente volátil, que hasta ahora el Gobierno de la Isla ha logrado controlar con represión y promesas.

Pese a ser generalizada, la represión se manifiesta de forma más visible contra la disidencia. El régimen aún cuenta con la capacidad de mantener fragmentada no solo a la disidencia ―ello no es noticia desde hace años― sino en lograr que las pequeñas protestas y actos de desacato que ocurren a diario no alcancen una dimensión mayor.

Ni la disidencia guía o logra aglutinar el sentimiento de descontento nacional ni el Gobierno ha logrado grandes avances en un programa destinado a paliar en alguna medida la pobreza imperante. Hay más bien un estancamiento, tanto en la oposición como en el Gobierno.

Todo ello lleva a un aumento de las posibilidades de un estallido social. De producirse esta fragmentación violenta ―y con independencia del resultado de la misma― el uso del caos y la fuerza como solución de los problemas se convertiría en un patrón de conducta adoptado por una parte de la población de la Isla, que limitaría o impediría el avance social, al igual que ocurre actualmente en Haití.

En caso de ocurrir un estallido social ―y hay que repetir que las condiciones de la realidad cubana se asemejan mucho a una caldera que cada vez adquiere una mayor presión― la gente no va a lanzarse a la calle pidiendo libertades políticas —ya ese momento pasó—, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.

Es posible que un estallido popular ocurra primero fuera de La Habana que en la capital. De ocurrir así, obedecería a factores económicos: la pobreza es mayor en el campo que en la capital. Sin embargo, es un error hacer depender cualquier protesta de un empeoramiento absoluto del nivel de vida de la población. Más bien sería todo lo contrario.

Por otra parte, desde el punto de vista económico —y contrario a lo que podría pensarse inicialmente—, un agravamiento general de la situación económica no tiene que ser necesariamente el detonante de protestas más o menos generalizadas. Son las diferencias sociales, que se intensifican a diario, las que más fácil prenden la mecha.

Pese a las limitaciones que han caracterizado a su labor ―determinadas en primer lugar por la fuerte represión que enfrenta― la disidencia se ha caracterizado no solo por alertar, sino por tratar de evitar que se llegue a esa situación caótica, tras la cual será muy difícil llevar a cabo la tarea de reconstrucción del cubano, no solo en lo que se refiere a cubrir las necesidades básicas sino también en cuanto al carácter, personalidad y patrones de conducta adecuados. Mientras tanto, el Gobierno de los hermanos Castro continúa empeñado en extender indefinidamente el presente de escasez y espera.


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