Actualizado: 01/04/2020 15:47
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Juventud Rebelde, Prensa, Granma

¿Juventud? ¿Rebelde?

El diario de la juventud cubana no lo leen los jóvenes, según un estudio de la propia publicación

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Los medios de prensa, en todo el mundo, enfrentan tanto el problema de modificarse constantemente, en formato como en contenido, junto con la reducción constante de su número tradicional de lectores.

El fenómeno quizá se siente con mayor fuerza en Estados Unidos, pero Europa no está libre tampoco de este hecho. Basta montarse en cualquier metro o subway, tanto en una importante ciudad estadounidense como europea, para comprobar que quienes antes dedicaban el tiempo del viaje a leer un periódico ahora lo consumen con su teléfono celular o móvil. Es posible que ese teléfono les sirva también para enterarse de lo que pasa en el mundo, aunque no necesariamente a través de un medio de prensa tradicional, pero igualmente es muy probable que se dedique a otras formas de entretenimiento o información.

Hecha esta salvedad, lo que evidencia un estudio realizado por el diario oficial cubano Juventud Rebelde no es un fenómeno aislado, pero que en la realidad de la Isla asume características propias: los jóvenes no leen su periódico, al menos ese diario como propio nombre reclama pertenecerle. Veamos primero los datos que ofrece dicha publicación.

De acuerdo a Juventud Rebelde, la muestra del Estudio de Lectoría/2015 abarcó a 3.343 personas, según la suma de quienes participaron en las dinámicas grupales y de quienes respondieron la encuesta publicada, de las que recibieron 2.501 contestas, con una participación femenina del 49,3 %.

Entre quienes devolvieron la encuesta por vía correo ordinario y a través de la página web (recibieron 137 digitales), destaca la representación de las personas entre 46 a 65 años de edad, que fueron el 34,1 %. Les siguieron quienes tienen más de 65 años (25,9 %).

Los que declararon una edad entre 36 y 45 años fueron el 12,4 %; entre 18 a 25, 9 %; entre 26 a 35 años de edad, 8,6 %; entre 14 a 17 años, 7 %; y menores de 14 años, 3 %. Es decir, según los resultados del estudio realizado por el propio periódico, la mayoría de sus lectores no son jóvenes.

Cuando se desglosan los datos de acuerdo al nivel escolar, las cifras son más alarmantes: solo un13,8 % de sus lectores son estudiantes.

Aunque la publicación intenta reafirmar el criterio de que al menos en parte está dirigida a la juventud ―“verificamos que poco más de la cuarta parte de lectores jóvenes (menores de 35 años) siguen nuestro diario”― la realidad marcha por otro rumbo.

Como ya se especificó, los que declararon una edad entre 36 y 45 años fueron el 12,4 %; entre 18 a 25, 9 %; entre 26 a 35 años de edad, 8,6 %; entre 14 a 17 años, 7 %; y menores de 14 años, 3 %. O Sea, hay que enfatizarlo, los jóvenes lectores son realmente pocos.

El propio diario lo reconoce: “La tendencia respecto a la edad que se declara ratifica los datos de investigaciones anteriores de lectoría, en las que el comportamiento de lectura de nuestra publicación se mueve hacia personas mayores de 35 años”.

Más allá de los aspectos que la prensa oficial cubana comparte con la que se edite en el resto del mundo, hay otros propios que influyen en esa tendencia a ser de consumo solo entre las personas mayores y los jubilados.

Una prensa caduca

La prensa oficial en Cuba no cumple la función de informar, es más bien un órgano de orientación. Sólo que a la hora de desempeñar la función orientadora lo hace mal, tarde y por omisión.

No se aparta de otros ejemplos que existieron mientras duró la Unión Soviética y el campo socialista. Es por ello que luce tan anacrónica. Pero lo peor es que resulta inútil salvo por un aspecto: ocupa un lugar. No es que logre ocultar una carencia. Se trata de algo más simple: su ineficiencia contribuye a mantener el statu quo, y en ese sentido su desempeño es perfecto.

Desde hace algún tiempo se habla en Cuba de incrementar las denuncias de lo mal hecho, así como publicar y dar a conocer ineficiencias, sobre todo en el campo económico y administrativo. Si bien este esfuerzo —de llegar a producirse realmente— resultaría beneficioso, en el mejoramiento de algunas deficiencias administrativas locales y hasta nacionales, no deja de eludir el problema fundamental.

La noticia tiene un valor jerárquico en sí misma, dada por su importancia, las condiciones en que se produce, su singularidad, procedencia y otros factores. La lista podría ser larga, pero hay algo común en todos los elementos: el valor noticioso es intrínseco al hecho y no debe estar determinado o adulterado por factores externos.

Para decirlo de forma más simple: la noticia surge o se descubre, pero no se fabrica. Al incurrir en esto último se cae en la tergiversación y el engaño. En el mejor de los casos, se entra en el dominio de la publicidad y la propaganda, pero casi siempre se acaba en el fraude.

Distinciones de este tipo tienen un carácter político, y de inmediato puede surgir una contraparte que argumente que en los países democráticos, y en general en el capitalismo —desde las grandes cadenas noticiosas hasta los periódicos de provincias— sobran ejemplos de ocultamiento de informaciones, desplazamiento de noticias importantes a los lugares menos visibles y simple alteración de contenidos. También puede afirmarse que la llamada “objetividad” periodística y el balance informativo se han visto reducidos en los últimos años, en particular por la crisis que impera en la prensa escrita. Es cierto, pero lo que constituye un defecto o una limitación no crea una norma o precepto.

Por principio, y desde la época leninista, se estableció que la prensa en un país socialista, que avanzaba hacia el comunismo, tenía que orientar y cumplir una función ideológica. De ahí la asignación de grandes recursos a los periódicos partidistas.

Como ocurre en muchos otros aspectos en Cuba, el despilfarro ha sido enorme y los resultados de miseria. La prensa permitida en la Isla —un país con un sistema que a estas alturas no es ni un remedo de socialismo— permanece condenada al lastre de limitar la información a sus ciudadanos, de una forma torpe y con el mayor desprecio. Ni siquiera ha sido capaz de desempeñar esa labor orientadora que siempre ha asumido públicamente.

Salvo la divulgación de leyes y algunos discursos del gobernante, poco más de importancia dan a conocer los dos principales periódicos cubanos. Por otra parte, hablar de la función informativa de la radio y la televisión es un ejercicio estéril.

En un periódico de limitadas páginas como Juventud Rebelde y Granma, buena parte del contenido informativo no tiene actualidad y otra buena parte está referida a noticias baladíes —en que la intrascendencia del hecho pasa a un segundo plano frente a la conveniencia política de darlo a conocer— e informes que carecen de sustentación, simple repetición de datos ofrecidos por determinada instancia o funcionarios, a los que nunca se les cuestiona o se verifica si lo que dicen es cierto.

A esto se añade una carga de documentos y recopilaciones de lo ocurrido en los largos años del proceso revolucionario, o el relativo corto tiempo que necesitó Fidel Castro para derrotar militarmente al gobierno de Fulgencio Batista, que mejor tendrían cabida en una publicación especializada en temas históricos.

En este sentido, Granma y Juventud Rebelde actúan como biblioteca y mausoleo anticipado, no como un contenido noticioso.

La prensa de hoy, en todos sus formatos, es prensa del instante. Sin embargo, en buena medida, Juventud Rebelde ―y en especial Granma― no le dice al lector lo que está ocurriendo, sino le reafirma lo que pasó: es prensa del recuerdo.

Esto ha creado un tipo de prensa que más bien parece salida de una película de los hermanos Marx, donde el lector va de la inercia a una lectura entre líneas y por omisión: lo que no aparece cuenta más que lo que se publica.

Entramos así en un mundo torcido donde el eslogan perfecto para vender los periódicos Granma,Juventud Rebelde y otros similares: “Entérese aquí de lo que no está ocurriendo en el mundo; busque en los espacios en blanco la información de actualidad; manténgase al día de todos los asuntos sin importancia”.

No es un mal chiste, es la realidad cubana.


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