Actualizado: 08/03/2021 9:57
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País, Exilio, Miami

La inercia y sus males

La Cuba que no es, la rebelión que no existe, el acomodo diario… ¿Cuál es la realidad que cada vez se impone más entre los cubanos que viven en exterior?

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Una de las razones fundamentales para el fracaso de cualquier plan destinado a buscar un cambio de régimen en Cuba —o al menos iniciar un tránsito hacia la democracia— por lo general despierta la controversia en el exilio: la falta de motivación de la población en la Isla para quitarse de arriba a los Castro.

Cierto. El mecanismo represivo es muy fuerte y ha logrado crear un terror que se adelanta a cualquier intento de cambio político. Pero la frustración que ese mecanismo establece casi siempre no se canaliza en rencor sino en espera. La situación imperante en la Isla no muestra un futuro pero sí un escape. Y ese escape es Miami, la salida, el viaje al extranjero o incluso una simple remesa familiar.

El exilio cubano, por otra parte, vive entre la realidad y el espejismo. El espejismo es lo que se lee, ve y escucha en los medios, ya sea los centros de poder del propio exilio (Miami) o en aquellos que responden a intereses nacionales (Nueva York, Washington). Estos en muchos casos se limitan a ofrecer una visión tergiversada, de lo que en muchos casos desconocen quienes las escriben: una visión edulcorada o facilista de lo que ocurre en la Isla y un anecdotario que si bien reproduce una parte ínfima de la realidad, oculta aspectos fundamentales (las historias repetidas de “paladares”, pequeños emprendedores y cubanos sentados en las aceras pendientes de los celulares, en los puntos WiFi), u otras veces a cumplir una función de ensueño, con declaraciones de disidentes que encuentran un eco, a veces forzado, en el exterior. A todo esto se une los recuentos semanales de balseros —capturados o no por los guardacostas estadounidenses—, quienes intentan el tránsito por la cada vez más difícil ruta centroamericana y los deportistas que abandonan a sus delegaciones. La otra realidad, por su parte, no llega en muchas ocasiones a los titulares, y se circunscribe en un ámbito familiar, doméstico: peticiones, necesidades, esperanzas tras una llamada o un mensaje que llega del pariente en Cuba.

Lo primero que se desconoce o se pasa por alto es al cubano actual. El mayor número, entre quienes viven en la Isla y han llegado en los últimos años al exterior, nacieron no solo tras el 1 de enero de 1959, sino en muchos casos en una sociedad establecida y fuertemente cimentada por un régimen que no brinda alternativas.

Si quienes eran niños al triunfo de la revolución; o crecieron durante el proceso de cambios institucionales que han degenerado en la Cuba actual; padecieron un deterioro progresivo de sus libertades individuales; una creciente carencia para la satisfacción de sus necesidades personales y un aislamiento paulatino; y los que nacieron posteriormente —y en particular los “hijos del Período Especial”—, llegaron a un mundo donde lo natural era la falta, no el despojo: no fueron perdiéndolo todo: nacieron sin nada.

De ahí que se pueda establecer pautas nacionales y momentos definitorios que marcan generaciones y grupos, tanto en la Isla como en el exilio.

Por ejemplo, esa urgencia de libertad y anticastrismo furibundo se agota en buena medida tras el éxodo del Mariel. Basta recorrer las discusiones que aún hoy persisten sobre las posiciones políticas de escritores y artistas de aquí y de allá, y encontrar muchas de los argumentos más enconados en quienes aprovecharon la oportunidad de salida que brindó el Mariel para desarrollar una obra en el exterior.

En el caso de quienes decidieron permanecer en Cuba o no pudieron irse, la Primavera Negra de 2003 es el canto del cisne de una disidencia que debe ser catalogada como tal —en cuanto al significado primordial de la palabra, no como negación de la existencia de una oposición posterior— y en la cual buena parte de sus miembros rondaban entre los 40 y 50 años de edad al momento de su detención o no. Es hasta esos individuos, hombres y mujeres —que casi constituyen un genotipo— que llega la caracterización y el imaginario de un exilio tradicional, que indudablemente ha ampliado sus fronteras respecto al limitado alcance de su composición primaria.

Lo demás son casos aislados, asideros a los que se agarra ese establishment del exilio en su afán por perpetuarse. Solo que los tiros van por otra parte, y el cubano “recién” llegado no tiene nada que ver con ese “hombre viejo”; el exiliado tradicional continúa su camino en extinción y el americanocubano —nacido en Miami, porque a estas alturas cubanoamericanos son muchos— tiene poco o nada que ver con alguno de los dos grupos anteriores.

Queda entonces poco para la definición de un país —de un “nuevo país” o del resurgimiento de la “Cuba de ayer”— cuando se carece de una voluntad fundacional. Y es que si algo logró transmitir a la psique del cubano el régimen establecido por Fidel Castro no fue un espíritu nacionalista —como se repite tontamente hasta por periodistas internacionales que cubren su destino escribiendo desde Cuba o sobre Cuba— sino todo lo contrario: una mentalidad colonialista.

Solo que con una peculiaridad: colonia no para ser explotada sino para explotar a la metrópolis de turno. En eso Castro creó un modelo digno de un buen estudio histórico.

La dependencia del otro para la subsistencia está tan fuertemente arraigada entre los cubanos que anula o debilita cualquier motivación independentista. La desaparecida Unión Soviética en su momento, Venezuela mientras dure y Miami ahora y mañana.

Lo demás se acomoda de acuerdo a las circunstancias del momento, y para aquellos que nacieron durante el Período Especial, o pocos años antes, es indudable que en la actualidad ellos disfrutan de mayores posibilidades —económicas y hasta de expresión— que al momento de su nacimiento. ¿Cuál es el motivo entonces para rebelarse?

Mencionado el espejismo —la Cuba que no es, la rebelión que no existe, el acomodo diario— falta entonces hablar de la realidad que cada vez se impone más entre los cubanos que viven en exterior, y especialmente en Miami, y esta se define por un acto: el viaje a la Isla cada seis meses. En ello también hay una inversión fabulosa. Ya no es el viaje a las Indias ni ese ansiado a la Madre Patria, que muchos inmigrantes españoles en Cuba soñaban realizar al menos una vez en su vida y pocos conseguían. Ahora las cosas son más fáciles. Trabajar y dos veces al año pasar una semana allá. Una patria para vacacionar, ver a familiares y amigos. Razones válidas, pero que también prolongan el alarde y el recuerdo a solo 90 millas de distancia.


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