Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Intelectuales, Cambios, Economía

La transición Gotha a Gotha

En estos momentos, y en la mayoría de los casos, los intelectuales orgánicos cubanos han vuelto a ver reducido su discurso a la simple obediencia en su forma más burda

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Más allá de las lógicas diferencias individuales en las opiniones, entre los intelectuales orgánicos cubanos continúa imperando una visión envuelta en un fárrago dominado por la retórica y las cortapisas ideológicas.

Han aparecido trabajos que comentan en detalle la necesidad de que exista una menor centralización en todos los sentidos; que se desarrolle la esfera privada y se permita la existencia de un mercado regulado; que se incrementen las formas sociales de propiedad sobre los medios productivos —como cooperativas—, sin que estas impliquen estar en manos del Estado. También abundan los señalamientos de las deficiencias actuales y se enfatiza la necesidad de mejoras. Sin embargo, no hay una propuesta de proyecto de justicia social, donde se considere obsoleto en su esencia el modelo económico imperante en Cuba, y se rechace el mantenimiento de las vigentes normas de explotación estatal a los trabajadores.

Si bien en algunos casos hay aspectos alentadores, respecto a la existencia de una visión critica sobre la situación del país, estos se limitan a un señalamiento puntual y otros recurren a una retórica que se refugia en el nacionalismo o la socorrida cita martiana para mirar al pasado y desconocer presente y futuro.

Algunos por formación y otros por conveniencia, estos intelectuales parecen condenados al uso y abuso de los modos del pensamiento y la escritura que caracterizaron a los años durante los que en Cuba imperó un mal llamado análisis marxista o dialéctico de las situaciones, que en la mayoría de los casos se limitaba a las explicaciones de acomodo.

Ello es patente en el recurrir constante a las citas de autoridad, el no olvidar los socorridos pretextos y justificaciones internacionales, las alabanzas a Fidel y Raúl Castro regadas por las respuestas y el empleo sistemático de esquemas, opiniones y análisis pasados de moda, pero de ortodoxia comprobada: ¡Por favor, olvídense de la Crítica al Programa de Gotha!

El defender un modelo de justicia social —desaparecido en buena medida en Cuba— no implica el suscribir propuestas agotadas. Se puede estar a favor de la educación gratuita, servicios médicos a la población y renglones económicos de propiedad estatal, sin tener que andar con las obras de Marx y Engels bajo el brazo. Y mucho menos tener que salvar a Lenin y echarle toda la culpa a Stalin.

Muchos prefirieren matizar un conjunto de puntos de vista válidos en el análisis de la situación cubana, dentro de un conjunto retórico que aparentemente los libra de problemas. Otros se limitan a un ejercicio intelectual dentro de un sistema totalitario, sin mayores consecuencias.

Ese miedo al avance, a extender y profundizar unos cambios que son inevitables, resume la esencia del Gobierno de Raúl Castro, quien en más de una ocasión ha señalado que hay que “resistir a las presiones de quienes insisten en que debemos ir más rápido”.

Consideraciones políticas a un lado, y dentro de su propia línea de “actualización” del modelo, Castro se equivoca en asociar la lentitud con algo bien hecho, cuando suele ocurrir lo contrario: la demora no es más que un indicador de la torpeza.

Ese empeño en lentificar cualquier alternativa no es sinónimo de triunfo. Tampoco resulta una explicación adecuada el recurrir al pretexto de un imaginario conflicto entre fuerzas opuestas dentro del propio Gobierno, cuando se sabe que Raúl Castro tiene un poder absoluto sobre el aparato militar, que es en definitiva la garantía de control del país. La demora en avanzar en los necesarios cambios económicos solo se sostiene en un afán irracional de dilatarlo todo con la esperanza de que todo quede igual. También constituye una expresión de desprecio hacia las necesidades de la población.

Con anterioridad a que asumiera de forma oficial la presidencia de Cuba, Raúl Castro había formulado el mensaje de que consideraba que “la revolución y su continuidad” dependían de “hacer eficiente” la economía. Poco se ha avanzado en ese sentido.

Al principio de asumir Raúl Castro la administración del país, hubo la impresión de que se desarrollaban dos tendencias en pugna: una que favorecía darle prioridad a la producción, e introducir medidas de estímulo como un incremento en los pagos y sueldos, y otra preocupada por un férreo control ideológico de la gestión económica, con el supuesto objetivo de evitar o disminuir desigualdades. Tradicionalmente —y de forma esquemática—se identificó a Raúl con la primera y a Fidel con la segunda.

 Pero bajo el mando de Raúl p ronto se hizo evidente la distancia que existía entre el análisis de los problemas económicos y los remedios que se intentaban poner en práctica. Se estableció entonces un marcado contraste entre un diagnóstico claro y las soluciones tardías o a medias, llevadas a cabo por el gobernante.

Al tiempo que los intelectuales orgánicos aprovecharon la ocasión para enfatizar en el análisis, las soluciones quedaron en manos de los funcionarios.

 Esta división, lógica y normal en cualquier Estado, solo adquiere su significado pleno si esa intelectualidad —en un sentido amplio que abarca desde periodistas hasta investigadores científicos— ejerce a plenitud su función, que no se limita al análisis teórico sino incluye la crítica cotidiana de quienes desempeñan las labores de gobierno y no cumplen adecuadamente su función.

Para entonces el planteamiento real de los problemas, llevado a cabo por algunos órganos de la prensa oficial cubana, casi siempre estuvo acompañado por la omisión o la falta de énfasis en el corto alcance de las soluciones adoptadas hasta el momento. Pronto se hizo patente que no bastaba el planteamiento del problema cuando no se hacía la imprescindible labor de seguimiento hasta ver su eliminación o se constataba que todo seguía igual.

La “excusa perfecta”, que se mencionaba una y otra vez, ante la ineficiencia económica del Gobierno del general/presidente, era la presencia de su hermano mayor: un Fidel Castro que desde un ámbito semiprivado continuaba influyendo o determinando las decisiones.

Esa dependencia, que en ocasiones llevó a percibir a un Raúl Castro indeciso, adquirió un nuevo sentido tras el inicio del “deshielo” en las relaciones entre Washington y La Habana. Mientras el actual gobernante se mostró como la figura determinante, por parte de Cuba en la negociación, Fidel Castro se vio como una especie de “francotirador”, que sin dejar de apoyar lo que estaba ocurriendo brindaba una visión crítica y cautelosa del proceso. Todo cambió luego de la visita del presidente estadounidense Barack Obama a La Habana. Si bien el hecho fue un triunfo de la gestión raulista, la desconfianza de Fidel se impuso en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

A partir de ese momento, el papel de la intelectualidad orgánica ha sido servir de eco de las reservas fidelistas, o de salvaguardas de un discurso inspirado en la preservación del ideario “socialista”, “martiano” y “nacionalista”.

En la actualidad los propósitos declarados del Gobierno cubano enfatizan la tendencia de buscar las soluciones en el exterior y no en el remedio de las deficiencias económicas internas: de hablar del mejoramiento de las cosechas se pasó a priorizar un programa de atracción de inversiones. En lo que respecta a la situación política interna, el objetivo que pasó a tener precedencia fue desarrollar el rechazo al “enriquecimiento” individual.

En este sentido, se ha impuesto la visión de Fidel Castro.

Con Raúl existió la esperanza de que Cuba entraría en una nueva fase, que habría una diferencia marcada entre su Gobierno que se iniciaba y los largos años bajo el mando de su hermano mayor.

Donde Fidel Castro siempre vio supuestas limitaciones individuales, una ausencia de cualidades revolucionarias y un afán natural hacia la avaricia y el enriquecimiento que el Estado debía reprimir, daba la impresión que Raúl Castro veía una condición humana, un mecanismo y una forma de motivación que la sociedad debía aprovechar para su desarrollo: una paga sin restricciones, la posibilidad de tener más de un empleo y la existencia de estímulos económicos que permitieran la utilización del dinero como motor impulsor de una mayor productividad. En este sentido, parecía que Raúl Castro no solo apoyaba lo postulado por Marx en la Crítica del Programa de Gotha, sino la célebre frase de Bujarin a los campesinos rusos: ¡Enriqueceos! O aún más, que el menor de los Castro haría suya la frase atribuida a Deng Xiaoping: “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”.

Sin embargo, el actual discurso oficial cubano se caracteriza por su reclamo en contra de la riqueza individual, no importa que más o menos se permita o tolere, y que continúen desarrollandose las diferencias que llevan a hablar de una nueva clase media alta en la Isla, integrada no por funcionarios sino por trabajadores y empresarios por cuenta propia.

Esto es posible en un sistema totalitario en la mayor parte de sus aspectos, donde se mantiene un control férreo tanto político como económico, y en que solo a consecuencia del desempleo y una carencia total de recursos ha sido posible una menor centralización, pero limitada a renglones reducidos de una economía de subsistencia.

Todo ello ha llevado a un retroceso en los planteamientos de esa intelectualidad orgánica, que una vez más se visto limitada a su papel tradicional: obedecer.


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