Actualizado: 20/04/2019 14:23
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Moscú, Putin, Lourdes

Los rumores y amenazas vienen del frío

Que Rusia esté considerando reinstalar sus bases militares en Cuba y Vietnam no es noticia. Lo importante es el entorno cambiante en que vuelven ahora tales declaraciones

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Rusia está considerando reinstalar sus bases militares en Cuba y Vietnam. Al menos eso es lo que dijo el viernes el viceministro ruso de Defensa, Nikolai Pankov, en la Duma del Estado (cámara baja del Parlamento).

Pankov ha explicado que el ministerio ruso está “repensando” una posible reapertura del centro radioelectrónico de escuchas de Lourdes, Cuba, y de la base naval de Cam Ranh, Vietnam, si bien no ha ofrecido más detalles al respecto.

Nada nuevo hasta aquí en la noticia.

En febrero de 2014 el ministro de Defensa ruso, Sergei Shoigú, dijo que Rusia estaba negociando el establecimiento de bases militares en Venezuela, Nicaragua y Cuba.

“Planeamos aumentar la cantidad de las bases militares. Además de Vietnam y Cuba, planeamos ampliar su número con otros países como Venezuela, Nicaragua, islas Seychelles y Singapur”, dijo el ministro, según la agencia de noticias RIA Novosti.

Shoigú subrayó entonces que las conversaciones ya estaban en marcha y que Rusia estaba cerca de la firma de los acuerdos respectivos. Pero hasta ahora dichos acuerdos no se han firmado. Así que en realidad la noticia no sería la propuesta sino la demora.

Como parte de una reducción de la presencia militar rusa en todo el mundo, tras la desaparición de la URSS, Moscú decidió arriar su bandera en las mencionadas bases militares, tras usarlas durante la Guerra Fría. La base de Lourdes, cerca de La Habana fue el mayor centro soviético de espionaje radioelectrónico fuera del territorio nacional y, según los expertos, hacía transparente para la URSS todo el hemisferio occidental.

Tras el reciente anuncio del viceministro, el Kremlin también se ha pronunciado al respecto, indicando que en un mundo cambiante cada país toma las medidas pertinentes para defender sus intereses.

“La situación internacional no es estática, sino cambiante. Los últimos dos años han introducido correctivos sustanciales en los asuntos internacionales y en el régimen de seguridad internacional y, lógicamente, cada país evalúa estos cambios en función de sus intereses nacionales y toma ciertas medidas en el cauce que considera oportuno”, ha argumentado el portavoz de la presidencia rusa, Dmitri Peskov.

Pero tampoco aquí hay nada nuevo. Cuando en mayo de 2014 el Consejo de Seguridad de la Federación Rusa y el Consejo de Defensa Nacional de Cuba rubricaron un memorando de colaboración, quien firmó el documento por la parte rusa, el secretario de la entidad de seguridad nacional, Nikolai P. Patrushev, afirmó:

“La situación en el mundo está cambiando rápidamente y es dinámica, por eso vamos a tener la posibilidad de reaccionar con rapidez”.

Patrushev, que tiene el grado de general de Ejército, fue coronel de la KGB y sustituto de Putin, en 1999, al frente del Servicio Federal de Seguridad (FSB) de Rusia.

Es por ello que estas dos declaraciones recientes no resultan nuevas ni sorprendentes. Desde hace algún tiempo Moscú viene jugando la carta de utilizar este tipo de comentario, o filtrar supuesta información a los medios de prensa rusos, para crear una atmósfera de inquietud mundial y lanzar amenazas más o menos veladas.

Sin embargo, este tipo de pronunciamiento cobra una nueva importancia tras la escalada de las tensiones entre Moscú y Washington por el conflicto en Siria, en un panorama ya de por sí enrarecido a raíz de la crisis ucraniana.

Las palabras no han cambiado, pero el contexto en que se producen sí. Y eso es lo preocupante.

  • Rusia suspendió el lunes 3 de octubre un acuerdo con Estados Unidos sobre la eliminación de los excedentes de plutonio apto para fabricar armas nucleares. En un decreto, el presidente Vladimir Putin acusó a EEUU de crear “una amenaza para la estabilidad estratégica, como resultado de acciones hostiles” hacia Rusia.
  • También el lunes EEUU dijo que suspendía las conversaciones con Rusia sobre la crisis de Siria por considerar incumplido el alto al fuego.
  • A principios de febrero de este año, el primer ministro ruso, Dmitri Medvédev, señaló ante más de un centenar de ministros y jefes de Estado que el mundo se había desplazado hacia una nueva Guerra Fría. “A veces me pregunto si estamos en 2016 o en 1962”, dijo Medvédev en la Conferencia de Seguridad de Múnich, considerada como el “Davos de la Defensa”, que tuvo al conflicto de Siria como tema principal.
  • En la actualidad EEUU está enfrascado en una renovación multimillonaria de su arsenal nuclear.
  • La participación de Rusia en el conflicto en Siria ha contribuido a reafirmar la imagen de Putin como un peligroso adversario. Los observadores occidentales han quedado impresionados con el despliegue militar ruso en ese país; con el moderno armamento y con la capacidad que han demostrado para planificar, ejecutar y sostener una operación tan compleja; así como también por su habilidad logística para mantener el suministro de sus fuerzas localizadas a una gran distancia de Rusia.
  • Luego de meses manifestando sus sospechas, el viernes el Gobierno de EEUU acusó formalmente a Rusia de estar detrás de los ciberataques a organizaciones políticas de ese país, con el objetivo de “intervenir en el proceso electoral estadounidense”. El Departamento de Seguridad Interior y la oficina del Director Nacional de Inteligencia dijeron, en una declaración conjunta sobre la seguridad electoral, que están casi seguros de que altos funcionarios del Kremlin estaban involucrados en esos ataques.

No hemos vuelto aún a la época de la Guerra Fría como dijo Medvédev, pero diariamente nos acercamos a una situación donde el pasado regresa con nuevas fuerzas y viejas actitudes: lo suficiente para que los dictadores se estén frotando las manos y quizá hasta asegurando a sus descendientes para que los continúen en el poder. Así parece ser el caso de Cuba.

El problema es que no hay siquiera una línea tenue entre la simple propaganda y las verdaderas intenciones. Ambas se mezclan y conspiran para un fin común. Si algo ayer nos pareció una pura fanfarronada o un comentario que buscaba lanzar una sonda de opinión, hoy comprobamos que las palabras respondían a intenciones muy concretas. Un nombramiento que ayer asombró y produjo múltiples análisis, ahora se perfila como una simple mascarada. Nada parece ser insignificante y todo puede pasar a un plano secundario mañana. La incertidumbre es lo único que impera.

El incremento de las tensiones entre Rusia y EEUU puede tener múltiples consecuencias. Si como parte de ese proceso se añade el reacondicionamiento y apertura del centro de escuchas de Lourdes, tal decisión podría influir no solo en el proceso de “deshielo” entre Washington y La Habana, sino incluso en el tan mencionado traspaso de poder de los hermanos Castro.

En este sentido, no hay que olvidar que quien firmó el mencionado memorando de cooperación militar entre Moscú y La Habana, por la parte cubana, fue el coronel Alejandro Castro Espín.

El Consejo de Defensa Nacional de Cuba es la institución encargada de prepararse, en tiempos de paz, para dirigir el país si estalla una guerra. Así lo establece la Constitución de la República de Cuba.

Putin ha demostrado, hasta a los más escépticos, que su objetivo es la reinstauración del imperio ruso. Si la anexión de Crimea fue la señal última y más evidente, no ha sido la única, y tampoco una decisión de último momento.

Desde hace años, Putin viene restableciendo la capacidad rusa para dialogar o confrontar desde una posición de gran potencia, algo que se había visto reducido a mínimos durante la época de Boris Yeltsin.

Para lograr ese objetivo, Cuba y Venezuela son fundamentales. Brindan la opción de contraparte tan necesaria a Moscú, que lo que siempre ha temido más es verse rodeada por países pertenecientes o cercanos a la OTAN.

Para el Kremlin, más allá de una cuestión de poderío y seguridad nacional, hay en juego una forma de permanencia en el poder. Y en esto Moscú y La Habana coinciden.

Hay países cuyos gobiernos necesitan, además de los servicios imprescindibles para la seguridad nacional, llevar a cabo múltiples actividades secretas y con un potencial subversivo, hacia aliados y enemigos, que incluyen desde labores de espionaje hasta diversas triquiñuelas internacionales. De lo contrario, les resultaría imposible a los miembros de la clase gobernante sobrevivir en el mando.

La Rusia de Putin es un buen ejemplo de ello. Otro es la Cuba de los hermanos Castro.

Pactos entre dictadores; actividades de obstruccionismo en foros internacionales; movimientos más o menos sutiles, bajo el disfraz de las buenas intenciones, destinados a la injerencia externa; grupos y alianzas creadas para destruir o minar otras existentes, u otorgarle mayor poder a un sector determinado dentro de una zona geográfica o política.

Estas y otras actividades —algunas ilegales, otras condenables en diversos sentidos— se llevan a cabo bajo las apariencias más dispares, en ocasiones retomando tácticas de la Guerra Fría y en otras transitando nuevos caminos.

En la actualidad Rusia tiene bases militares en Armenia, Tayikistán, Kirguizistán y Siria. Además, en la ahora anexada península de Crimea tiene la base de su Flota del Mar Negro.

La Rusia de Putin vive de dos producciones: gas y petróleo y los armamentos. Pese a las limitaciones económicas del país, una expansión de sus bases militares jugaría acorde a su economía. El Kremlin sirve como una especie de espejo mágico para avizorar un posible destino para Cuba. Cierto, no es más que uno de los rumbos posibles, pero también hay que considerar que se encuentra entre los más probables.


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