Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Reportaje

Miles de cubanos siguen arriesgando sus vidas para poner pie en Estados Unidos

Desde 1995, unos 21.000 balseros han sido interceptados en el mar por las autoridades.

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Quince años después de que unos 37.000 cubanos se lanzaron al mar en precarias balsas, miles como Amigó, quien sobrevivió a siete horas de naufragio aferrado a una boya, persisten en arriesgar sus vidas para poner pie en Estados Unidos, reportó AFP.

Sentado en el portal de su humilde casa en Cabañas, un pueblo pesquero a 55 kilómetros de La Habana, Alexander Amigó recuerda que tenía 15 años cuando convenció a sus padres de no seguir "el tropelaje" de botecitos que desafiaron las aguas infestadas de tiburones, en lo peor de la crisis económica que sufrió Cuba por la caída del bloque soviético.

Doce años después, el 23 de diciembre de 2006, tras atravesar 9 kilómetros de manglar, se embarcó en la oscuridad de la noche, con su esposa Yunié, otros diez hombres y la esperanza de dejar atrás una vida de carencias.

"Tenía 27 años y oía hablar mucho de aquello (EE UU). No tenía trabajo y quería probar suerte", explica espantando los mosquitos, tras un aguacero diluviano.

A 10 kilómetros de la costa la pequeña barca zozobró. Sólo Yunié llevaba salvavidas. "Quedé en calzoncillos, en el agua me pesaba todo. Vomité mucho y me deshidraté. Creí que iba a morir, pero nos decíamos: ¡Vamos a aguantar, caballero!", narra compungido.

Se salvaron aferrados a unas boyas, pero sólo volvieron diez. Dos nunca aparecieron. "Nos rescataron de mañana. Me acuerdo cada día del horror de esa noche como si la viviera hoy", dice Amigó, como lo llaman en su pueblo.

Cerca del puerto de Mariel, por donde salieron unos 125.000 cubanos en 1980, Cabañas fue uno de los principales puntos de salida en la "crisis de los balseros", que estalló tras la protesta del 5 de agosto de 1994 en el Malecón de La Habana.

El apacible Cabañas, rememora Antonia Falcón, se volvió "un hervidero" luego de que Fidel Castro ordenó el 12 de agosto a los guardacostas permitir las salidas ilegales, tras acusar a Washington de promoverlas.

"Era una locura, gente de aquí para allá buscando irse. Se vendía agua, comida, sogas, brújulas. Era una danza de los millones: cambiaban motos, carros y casas por una lancha", dice esta jubilada de 66 años.

Barriles, neumáticos de tractor, redes, láminas de poliuretano, todo cuanto sirviera para cruzar los 150 kilómetros que separan la Isla de Estados Unidos.

"Algunos botes eran como cascaritas de nuez", ilustra la mujer.

Su esposo Pedro, de 70 años, se queja de "que esos aventureros se olvidaron de lo que la revolución les dio, muchos llegaron al otro lado, pero muchos están en el fondo del mar".

O fueron llevados a Estados Unidos o devueltos a Cuba tras permanecer en la base naval de Guantánamo, adonde Washington albergó a miles de balseros.

"Si pudiera virar el tiempo, no me tiro al mar. Estaba en la cárcel, huí, llegué a Cabañas, subí a la lanchita de remos y me lancé. Pero el mal clima no me dejó navegar y los americanos me interceptaron", cuenta uno que estuvo ocho meses en Guantánamo.

De allí escapó atravesando el campo minado que separa la base del territorio de jurisdicción cubana. "Como no pude llegar, entonces quería regresar. ¿Cruzar las minas? No se piensa, se hace. ¡Al que tocó le tocó, hay que echar pa'lante!", dice impávido el hombre, de 42 años.

Para resolver la crisis, Washington y La Habana firmaron en septiembre de 1994 un acuerdo para ordenar la migración, según el cual Estados Unidos entrega 20.000 visas al año.

Pero el éxodo sigue y unos 21.000 han sido interceptados en el mar desde 1995. El régimen cubano acusa a Estados Unidos de animarlo al dar residencia a los cubanos que tocan su territorio. Washington dice que emigran buscando mejor vida y libertad.

El Moro trató de irse en 2006, 2007 y 2008. "Quiero irme a Miami a trabajar. Aquí el salario es de 15, 20 dólares, y todo carísimo. Me siento preso y deseo una vida normal. Hay que huir. Con Fidel o Raúl Castro nada va a cambiar", expresa este habanero de 33 años.

Desde febrero construye una balsa para hacer el intento por cuarta vez.

Amigó dice trabajar tranquilo de cantinero. "No me fui por política. Pero me queda la duda de si en verdad mi vida hubiera cambiado. No sé, tal vez volvería...", se detiene pensativo.


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