Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Represión, Disidencia, Oposición

Nueva y vieja represión

Mientras el espectro amplio del sector más inconforme con la realidad cubana se transforma y no se limita a la oposición activa, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas

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Un joven sale de su casa, a comprar cigarrillos a la esquina, y un auto policial se le acerca, lo detienen y por 24 horas permanece en el calabozo, sin formularle encausamiento alguno. Transcurrido ese tiempo lo ponen en libertad. Del totalitarismo de Fidel Castro al autoritarismo de Raúl, la represión en Cuba transita esa cuerda floja entre el control gubernamental extremo y la abulia y desesperanza de la población. Además de perpetuar un patrón al mismo tiempo miserable y de miseria, destruye o al menos aleja las posibilidades de un civismo ciudadano.

No es que la agresión impune no se ejerciera en la Isla sistemáticamente, pero por lo general se recurría a ella en momentos de crisis —como durante el éxodo del Mariel. Ahora la crisis se ha vuelto permanente y ese sector soez de la población, donde el lumpen proletario ha recibido carnet de represor, y al resentido y envidioso le han dado carta libre para desahogar su frustración, ha sido seleccionado para llevar a cabo el trabajo sucio, ese donde la represión es más burda ⎯el golpe, el insulto y la humillación⎯ y visible.

Asistimos a una táctica con al menos dos objetivos claros: amedrentar y limpiarse las manos. Raúl Castro quiere mantener a las fuerzas armadas fuera del ejercicio cotidiano de amedrentar a la población, al tiempo que convierte al terror en una práctica cotidiana, pero sin una institucionalización aparente.

Así el aparato coercitivo del Gobierno se presenta como una institución protectora, que garantiza el orden, y no como una maquinaria destinada a crear miedo y hasta pánico. La policía y las fuerzas de seguridad están para “proteger” a las Damas de Blanco de la ira del pueblo. Los opositores no son sancionados con largas condenas ⎯a no ser que traspasen ciertas barreras, tras varias advertencias⎯ sino amenazados constantemente, detenidos unos pocos días, “desaparecidos” por unas cuantas horas.

Uno de los problemas con este tipo de táctica ⎯más allá, por supuesto, de la condena elemental⎯ es que llega el momento en que se torna difícil de controlar. No hay ocurrido hasta ahora en Cuba, pero es un peligro latente.

Esa mujer que insulta y araña, ese hombre que sale con una cabilla en un cartucho, aquellos que forman parte de las turbas que agreden a varios ciudadanos indefensos que realizan una protesta pacífica, constituyen un grupo hetereogéno, al que aparentemente se maneja fácilmente, tanto por medio de esos mismos mecanismos de terror, como con pequeñas prebendas y algún que otro beneficio monetario o emocional, y alimentando sus frustraciones y resabios, pero que al mismo tiempo resulta poco confiable, de gran inestabilidad emocional e irracional por naturaleza. Es decir, gente peligrosa que al tiempo que se alimenta y vive del caos es incapaz de comportarse con responsabilidad e independencia.

Hay que reconocer que hasta el momento el Gobierno cubano ha podido controlar a sus turbas, pero hasta cuándo ello será posible resulta difícil de predecir.

Lo que llama la atención es que mientras el espectro amplio del sector más inconforme con la realidad cubana se transforma de acuerdo a las características de la sociedad actual, y se podría hablar de una disidencia tradicional ―vertical en buena medida e ilustrada― y de un fenómeno post disidente —como son los blogueros y una oposición que proviene de las capas más desfavorecidas de la población, de baja escolaridad y bordeando o dentro de la marginalidad social⎯, la represión continúa anquilosada en sus formas más burdas.

En última instancia, el “recurso perfecto” para acallar cualquier voz independiente en Cuba son los actos de repudio.

En ese sentido, se podría afirmar que el Estado cubano se comporta con una tacañería extrema y no admite la menor manifestación de independencia.

Donde la función opositora ha evolucionado de un enfrentamiento radical al desacuerdo, la disidencia y la simple búsqueda de una vida propia, el Gobierno continúa plantado en no permitir la menor apertura de un espacio político.

Bajo una óptica represiva, es lógico que una negativa tan burda a cualquier tipo de reforma necesite de acciones y mecanismos igualmente burdos para sostenerse en el poder.

Del agente de seguridad sagaz y de mentalidad fría al matón de esquina, dispuesto siempre a golpear al indefenso, como la forma perfecta de demostrar su poder.

Ante el más leve temor de amenaza, el régimen cierra filas. El terror es el único instrumento en que confía. La turba que golpea y veja se apoya en el policía listo para encarcelar y en el tribunal sin decoro que condena.

Pero al mismo tiempo se asiste a un fenómeno de desgaste, en que la represión más elemental e inmediata va quedando cada vez más en manos de sujetos irresponsables y agresivos por naturaleza. La conducta de estos sujetos son la cara más turbia de un monstruo con varias cabezas, y no debe verse de forma aislada: constituye la esencia del sistema imperante en Cuba.


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